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«A lo largo de la semana que acaba de pasar», nos dijo, «habéis examinado vuestra vida, habéis pasado revista a vuestros más negros secretos. Cada uno de vosotros conserva en su corazón al menos un episodio que está seguro no poder revelar nunca a nadie. Sobre ese episodio crucial, y sobre ningún otro, debe versar vuestro trabajo».

Lo que nos pedía, era identificar el incidente más horrible, más vergonzante, de nuestra existencia, y revelarlo para purgarnos de nuestras malas vibraciones. Puso su colgante en el suelo y lo hizo girar para determinar quién se confesaría con quién. Timothy a mí; yo a Eli; Eli a Ned; Ned a Timothy. La cadena estaba completa con nosotros cuatro, no incluía a nadie del exterior. No entraba dentro de las intenciones del hermano Javier hacer de nuestros horrores más personales una propiedad común. No debíamos contarle ni a él ni a nadie lo que aprendiéramos los unos de los otros a lo largo de las sesiones de confesión. Cada miembro del Receptáculo iba a convertirse en el guardián de los secretos de otro. Pero lo que confesáramos, no iría más allá de nuestro propio confesor. Lo que contaba era la purga, la liberación, más que la información desvelada.

Para que no contamináramos la pura atmósfera del monasterio liberando demasiadas emociones negativas a la vez, el hermano Javier decretó que sólo habría una confesión por día. De nuevo el colgante sirvió para decidir el orden de las sesiones. Esta noche, antes de la hora de acostarse, Ned iría donde Timothy. Mañana, Timothy vendría a verme; al día siguiente, iría donde Eli; y el cuarto día, Eli cerraría el círculo yendo a confesarse con Ned.

Esto me dejaba dos días y medio para decidir qué historia contarle a Eli. ¡Oh! Por supuesto, sabía muy bien cuál debía contarle. Era evidente. Pero me inclinaba por dos o tres débiles sustitutos, paneles que camuflaran la única válida, pretextos fútiles para disimular la única elección que se imponía realmente. A medida que se ofrecían las posibilidades, las descartaba. Sólo tenía una elección, un verdadero y único cobijo de culpabilidad vergonzante. No sabía cómo resistiría el dolor de decirlo, pero tenía que hacerlo y tal vez, no con demasiadas esperanzas en ello, el dolor huyera al ser revelado.

Ya me preocuparé, me decía a mí mismo, cuando llegue el momento. Y me impuse como un deber el olvidar el asunto de la confesión. Supongo que es un típico ejemplo de rechazo de la realidad. Llegada la noche, ya había olvidado por completo lo que nos dijera el hermano Javier. Sin embargo, a medianoche, me desperté sudando, soñando que se lo había contado todo a Eli.

35. TIMOTHY

Ned vino caracoleando y en plan zalamero, guiñando el ojo. Siempre que algo le preocupa realmente, se monta todo el espectáculo de marica. «Perdóneme, padre, he pecado», dijo canturreando. Esbozó un paso de baile. Desdibujó una sonrisa. Movió los ojos. Tiene bastante pase, me dije a mí mismo. Todo el asunto de la confesión le hacía el mismo efecto que una droga. Después de tanto tiempo, su natural condición de jesuita volvía a él. Quería vomitar y yo iba a servirle de blanco. De pronto, la idea de encontrarme allí, sentado frente a él, escuchando una sórdida historia de homosexuales, me puso enfermo. ¿Qué me obligaba a aceptar el pasar por estas repugnantes confesiones? ¿Quién era yo, después de todo, para servirle de confesor?

—¿Me vas a contar realmente el gran secreto de tu vida? —le pregunté. Pareció sorprendido.

—¡Por supuesto!

—¿Te sientes obligado a hacerlo?

—¿Si me siento obligado? Es lo que esperan de nosotros, Timothy. Y, además, quiero hacerlo.

En cuanto a aquello, era evidente que quería hacerlo. Estaba febril, tembloroso, a punto de explotar.

—¿Qué te pasa, Timothy? ¿No te interesa mi vida privada?

—No.

—¡Bueno! Es sólo para que nada humano te sea desconocido.

—No quiero tu confesión, Ned. No la necesito.

—Lástima, querido. Porque tengo que hacerla de todas formas. El hermano Javier dice que la confesión de nuestras faltas es necesaria para la prolongación de nuestra vida en la tierra, y tengo la intención de hacer un poco de limpieza, Timothy.

—Pues si es necesario… —dije resignado.

—Instálate confortablemente, Timothy. Abre bien los oídos. No puedes hacer otra cosa más que escucharme.

Y le escuché. Ned es, en el fondo de su corazón, un exhibicionista, como muchos de sus semejantes. Le gusta sumergirse en la autodelectación, en la autorevelación. Me contó su historia muy profesionalmente, poniendo de relieve los detalles como buen escritor que pretende ser, subrayando esto, dejando lo otro en la sombra. Su historia correspondía, exactamente, a lo que esperaba de éclass="underline" una historia de maricas.

—Todo sucedió —empezó— antes de que nos conociéramos, durante la primavera de mi primer año en la Facultad. Todavía no había cumplido dieciocho años. Tenía un piso fuera del campus, y lo compartía con otros dos hombres.

Naturalmente, los dos eran homosexuales también. De hecho, el piso era de ellos, y Ned fue a vivir con ellos después de los exámenes del primer trimestre. Tenían ocho o diez años más que él y vivían desde hacía tiempo juntos en algo parecido al matrimonio. Uno de ellos era rudo, masculino y dominante, era ayudante de literatura francesa y tenía también aptitudes de atleta —el alpinismo era su distracción—, el otro era una loca, más estereotipada, delicada, etérea y, casi, femenina. Un poeta sensible que se quedaba la mayor parte del tiempo en casa, ocupándose de la limpieza, regando las flores, y, probablemente, haciendo punto y ganchillo, supongo. Fuera como fuera, imaginad a aquellos dos maricas viviendo felices, y un día se encuentran a Ned en una discoteca para homosexuales y descubren que no le gusta demasiado el sitio en que vive, y le invitan a instalarse en su casa. Simplemente por hacerle un favor. Ned tendría su habitación privada, pagaría su estancia y una parte de las facturas de la tienda de ultramarinos, y no tendría ninguna relación sentimental con ninguno de ellos, que vivían sobre la base de una larga fidelidad.

Durante uno o dos meses, las cosas marcharon perfectamente. Pero la fidelidad no debe ser más fuerte entre los maricas, imagino, que entre el resto de la gente, y la presencia de Ned en la casa se convirtió en un factor de turbación, igual que la presencia de una joven bonita y de dieciocho años en un hogar normal.

—Consciente o inconscientemente —me explicó Ned—, mantenía la tentación. Me paseaba desnudo por el apartamento, flirteaba con ellos, y había algunas caricias por aquí y por allí.

La tensión aumentaba, y lo inevitable acabó por suceder. Un día que se habían peleado por alguna causa, tal vez por él, no estaba seguro, el que era masculino salió dando un portazo. El que era femenino, sobresaltado, fue a que Ned le consolara. La consoló acostándose con ella. Después, se sintieron culpables, pero aquello no les impidió volver a empezar algunos días más tarde, y, después, hacer una unión permanente. El poeta de Ned se llamaba Julián. El otro, se llamaba Oliver: ¿no es interesante que también se llamara Oliver? Por aquel entonces no se daba cuenta de nada, y empezaba a insinuársele a Ned. Pronto se acostaban también juntos.

De esta forma, durante varias semanas, Ned mantuvo una unión independiente con cada uno de ellos simultáneamente. «Era divertido», me dijo, «y, a la vez, crispante: todas las citas clandestinas, todas las pequeñas mentiras, el miedo a ser sorprendidos». La catástrofe era inevitable. Los dos estaban enamorados de Ned. Cada uno de ellos decidió que quería romper con su compañero original y vivir solamente con Ned. Este recibió proposiciones de ambos lados.

—No sabía cómo salir de aquella situación —confesó Ned—. Para entonces, Olíver sabía que yo tenía algo a medias con Julián, y Julián sabía que lo tenía con Oliver, pero todavía nadie había hecho acusaciones abiertas. Si hacía falta elegir realmente a uno de los dos, tenía una ligera preferencia por Julián, pero no tenía la intención de ser el responsable de este tipo de decisión crítica.