La imagen de sí mismo que estaba pintándome era la de un niño ingenuo e inocente cogido en la trampa de un triángulo que no había contribuido a formar. Inexperimentado, impotente, peloteando entre las pasiones tempestuosas de Oliver y Julián, etcétera, etcétera. Pero, bajo la superficie, algo despuntaba, evocado, no con palabras, sino con guiños, con ademanes de marica y otras formas de comunicación no verbal. En cualquier momento dado, Ned funciona sobre seis niveles por lo menos, y cada vez que empieza a explicaros hasta qué punto es ingenuo e inocente, podéis estar seguros de que os dará qué pensar. El Ned que percibía bajo la superficie de su historia era siniestro, intrigante, manipulador. Jugaba con aquellos dos pobres maricas, separándolos y seduciéndolos uno por uno, forzándoles a una rivalidad que debía terminar mal.
—La crisis explotó un fin de semana de mayo —siguió—, cuando Oliver me invitó a un día de alpinismo en New Hampshire, sin Julián. Necesitábamos, decía, discutir seriamente, y el aire puro de la montaña nos daría un clima propicio. Acepté, lo que hizo que Julián se pusiera histérico.
Julián le amenazó llorando con matarse si se iba. Asustado por aquel chantaje, Ned le pidió que se calmara, era solamente para el fin de semana, no era tan importante como para eso, estarían de vuelta el domingo por la noche. Julián siguió llorando y hablando de suicidio. Sin prestarle atención, Ned y Oliver prepararon sus cosas de camping. «¡No me volveréis a ver vivo!», gritó Julián. Contándome aquello, Ned me hizo una talentuda imitación de sus gritos de pánico.
—Pensé que Julián no hablaba seriamente —dijo—, pero, por otro lado, sabía que era un error ceder a su histeria. Sin contar con que, secretamente, me sentía halagado al sentirme tan importante en la vida de alguien como para que pensara en suicidarse por mí.
Oliver le aconsejó que no se inquietara por Julián, que se tomaba las cosas un poco a lo trágico. Y aquel viernes se fueron juntos hacia New Hampshire. Al final de la tarde del sábado, estaban a mil trescientos metros de altitud en las laderas de una montaña cualquiera. Fue allí donde Oliver eligió para hacer su declaración. Vayámonos juntos y amémonos, dijo, y conoceremos todos los placeres de la vida. El momento de las tergiversaciones había terminado; quería una respuesta final e inmediata. Elige entre Julián y yo, le pidió a Ned, pero elige deprisa.
—Había decidido que no experimentaba tanta atracción por Oliver, que tenía unas cuantas tendencias tiranas y violentas, una especie de Hemingway homosexual —continuó Ned—. Y, aunque Julián tenía más atractivo para mí, pensaba que era demasiado dependiente y débil. Sin contar que, fuera cual fuera mi elección, estaba seguro de tener un montón de problemas con el otro: escenas de hogar de gran tradición, amenazas, golpes, qué sé yo qué.
Así que le dijo educadamente que no quería ser la causa de una ruptura entre Julián y él, cuya unión respetaba, y que más bien que aceptar una elección imposible, prefería simplemente irse a vivir a otra parte.
Oliver empezó a acusar a Ned de preferir a Julián, y de haber conspirado secretamente con ella para suplantarle. La discusión se volvió ruidosa e irracional, llena de toda clase de reproches, de recriminaciones y de denegaciones, hasta que Oliver gritó: «¡No puedo vivir sin ti, Ned! Prométeme que te irás conmigo, o me tiro al vacío.»
Llegando a esta parte de su narración, Ned empezó a tener una extraña mirada, con un brillo casi diabólico. Parecía deleitarse, fascinado por su propia elocuencia. A decir verdad, también yo lo estaba. Continuó:
—Estaba harto de todas aquellas amenazas de suicidio que me caían encima. Era abusivo que quisieran dictarme cada uno de mis gestos afirmando que iban a matarse por mí si no cedía.
»¿También tú vas a montarme el número del suicidio? —contesté a Oliver—. Me sacáis de quicio los dos. Tírate al vacío si te apetece, a mí me da igual.
»Pensaba que Oliver exageraba, como suele suceder normalmente cuando alguien habla así. Pero Oliver no bromeaba. No contestó, ni siquiera se tomó tiempo para pensarlo. Simplemente, dio un paso a un lado. Le vi suspendido en el vacío durante lo que me pareció unos diez segundos, con la cara vuelta hacia mí, tranquilo, sereno, después cayó desde quinientos metros, se enganchó en un saliente, rebotó como una desarticulada muñeca y se estrelló en el fondo. Todo sucedió tan rápidamente que no había empezado a comprender la amenaza, mi respuesta seca, innoble, el salto al vacío, un, dos, tres. Luego, reaccioné progresivamente. Empezó a temblarme todo el cuerpo. Gritaba como loco.
Durante algunos momentos, declaró Ned, pensó seriamente en tirarse también al vacío. Después se serenó y empezó a descender, con muchas dificultades ahora que Oliver no estaba para ayudarle, le hicieron falta horas para llegar abajo, la noche estaba cayendo ya. No tenía la menor idea de dónde estaría el cuerpo de Oliver. No había ni policía, ni teléfono, ni nada, y tuvo que andar dos kilómetros por la carretera antes de que un automovilista se detuviera a recogerle (no sabía conducir por aquella época y tuvo que dejar el coche de Oliver aparcado al pie de la montaña). —Estaba en un estado de pánico total —dijo—. Los automovilistas que me cogían mientras hacía dedo creyeron que estaba enfermo, y uno trató de llevarme a un hospital. Había matado a Oliver. Era tan responsable de su muerte como si lo hubiera empujado.
Igual que antes, las palabras de Ned me decían una cosa, y su mirada me decía otra. «Culpabilidad», proclamaba bien alto, y, telepáticamente, percibía «satisfacción». «Responsable de la muerte de Oliver», afirmaba, y tras eso, había que sobreentender: «Excitado por la idea de que alguien se hubiera matado por amor hacia mí». «Pánico», decía, y tras esas palabras triunfaba: «Maravillado por mi poder de manipular a los demás». Continuó su narración:
—Intentaba persuadirme de que no era culpa mía, de que no tenía ninguna razón para pensar que Oliver hablaba en serio. Pero no lo conseguía. Oliver era homosexual, y los homosexuales son, por definición, inestables, ¿no es así? Si Oliver me decía que iba a tirarse, no hubiera debido, virtualmente, desafiarle, porque era lo que estaba esperando para saltar.
Verbalmente, Ned se lamentaba: «Fui tonto, pero soy inocente.» Y yo recibía: «Soy un asqueroso asesino.»
Siguió:
—Me preguntaba qué iba a decirle a Julián. Había llegado a su casa un buen día, flirteé con ellos hasta que tuve lo que quería, me interpuse entre ellos, y ahora había causado la muerte de Oliver. Julián se quedaba solo. ¿Qué pensaba hacer yo? ¿Proponerme como sustituto de Oliver? ¿Cuidar del pobre Julián eternamente? Estaba en un asqueroso embrollo. Llegaba al piso a eso de las cuatro de la madrugada, y mi mano temblaba de tal forma que apenas sí podía meter la llave en la cerradura. Había preparado ocho explicaciones diferentes para Julián, toda clase de justificaciones, pero no tuve que utilizar ninguna de ellas.
—Julián se había largado con el conserje —sugerí.
—Julián se había abierto las venas al poco de irnos el viernes por la tarde —dijo Ned—. Le descubrí en la bañera, estaba muerto desde hacía un día y medio. ¿Te das cuenta, Timothy? Les había matado a los dos. Me querían y los destruí. Y llevo esta falta como una pesada carga desde entonces.
—¿Te sientes culpable por no haberles tomado en serio cuando te amenazaron con suicidarse?
—Me siento culpable de haber sentido un gran regocijo cuando lo hicieron —dijo.