Emana de él una aureola helada. ¿Qué te preocupa, Eli de mi corazón?
Hablamos un poco de todo, me sentía libre, ligero y de buen humor, como me había sentido los días anteriores, después que me expansioné contando mi historia de Julián y del otro Oliver en el regazo de Timothy. El hermano Javier sabía lo que hacía. Airearme de toda aquella basura era exactamente lo que necesitaba. Sacarlo todo a la luz del día, analizarlo, descubrir cuál era la parte de la historia que más daño hacía. Así que, con Eli, estaba de humor sosegado y expansivo, mi ligero sarcasmo habitual estaba ausente. No tenía ningún deseo de contrariarle, esperaba simplemente, más sereno que nunca, a que se aligerase de su confesión. Esperaba que se lanzara a un monólogo brusco, rápido, liberador del alma, pero no, con Eli la línea recta no es nunca el camino más corto. Quería hablar antes de otras cosas. ¿Cómo evaluaba yo nuestras posibilidades en la Prueba? Me encogí de hombros y le dije que raramente pensaba en estas cosas, que me limitaba a realizar la rutina cotidiana del jardín, de la meditación, de los ejercicios físicos y de los coitos, diciéndome a mí mismo que cada día, desde cualquier punto de vista, me acercaba un poco más a la meta. Sacudió la cabeza, le obsesionaba un presentimiento de derrota. Al principio, tuvo confianza en el éxito de nuestra Prueba, y le habían abandonado sus últimos vestigios de escepticismo. Creía implícitamente en el contenido de El Libro de los Cráneos, y creía también que la recompensa prometida nos sería dada. Ahora su fe en el Libro seguía intacta, pero su confianza en sí mismo se había roto. Estaba convencido de que se preparaba una crisis, que rebajaba todas nuestras esperanzas. El problema, decía, era Timothy. Eli estaba convencido de que estaba al límite de sus fuerzas, que no podía soportar más el permanecer en el monasterio, y que dentro de dos o tres días, se iría, dejándonos colgados con un Receptáculo incompleto.
—Pienso lo mismo que tú —le dije.
—¿Qué podemos hacer?
—No gran cosa. No podemos obligarle a quedarse.
—Si se va, ¿qué nos pasará?
—¿Cómo voy a saberlo, Eli? Pienso que tendremos problemas.
—¡No le dejaré irse! —exclamó con súbita vehemencia.
—¿No? ¿Y qué harás para impedírselo?
—Todavía no he decidido nada, pero no dejaré que se vaya.
Su rostro se transformó en una trágica máscara.
—¡Por Dios! ¡Ned! ¿No ves que todo se estropeará?
—Pensaba, por el contrario, que lo conseguiríamos.
—Al principio, al principio. Pero no ahora. No hemos tenido mucha influencia sobre Timothy; y ahora ni siquiera se molesta en ocultar su impaciencia, su desprecio… —Eli hundió la cabeza entre los hombros, como las tortugas—. Y esas orgías con las sacerdotisas. Estoy a punto de estropearlo todo, Ned. No consigo controlarme. Es agradable follar a todo pasto, sí, pero no consigo dominar las disciplinas eróticas.
—Te descorazonas muy pronto.
—No realizo ningún progreso, no he conseguido todavía llegar nunca a la tercera; dos, sí, algunas veces, pero tres, nunca.
—Es cuestión de práctica.
—¿Tú lo consigues?
—Perfectamente.
—Evidentemente. Es porque las mujeres no te interesan. Para ti es solamente un ejercicio físico, como balancearte en un trapecio. Pero yo, me siento «implicado» con esas chicas. Ned: las considero como objetos sexuales, lo que hago con ellas es enormemente importante para mí, y yo… y yo… ¡Por Dios! ¡Ned! Si no consigo franquear este obstáculo, ¿para qué matarme con el resto?
Un abismo de compasión hacia sí mismo le había engullido. Le prodigué los ánimos necesarios: «No te dejes llevar, tío, no abandones la lucha.» Luego, le recordé que, en principio, había venido a hacerme una confesión. Asintió silenciosamente. Durante uno o dos minutos se quedó callado, distante, balanceándose de adelante atrás, luego, de pronto, dijo, sin que tuviera nada que ver, de forma chocante:
—¿Sabías que Oliver era homosexual?
—Necesité unos cinco minutos para darme cuenta.
—¿Ya lo sabías?
—Hace falta serlo para reconocer a uno. ¿Nunca oíste decir eso? Lo vi en su cara la primera vez que le conocí. Me dije a mí mismo, ese tío es marica. Consciente o no, es uno de los nuestros. Mirada rígida, mandíbula apretada, ese aire de deseo reprimido, la ferocidad apenas disimulada de un alma apresada en vivo, que sufre porque no tiene derecho a hacer lo que desea con ardor. Todo en él lo proclama: el trabajo que se impone como autocastigo, su forma de considerar el deporte, incluso su forma de relacionarse con las mujeres. Es un caso típico de homosexualidad latente.
—No tan latente —dijo.
—¿Cómo?
—No es solamente homosexual en potencia, ya ha tenido una experiencia. Solamente una vez, es verdad, pero eso ha bastado para marcarle profundamente desde los catorce años. ¿Por qué crees que te pidió que vivieras con él? Era para probar el control que ejercía sobre sí mismo. Era una prueba de estoicismo, todos estos años en que no te ha dejado tocarle, pero te desea, Ned. ¿Nunca te habías dado cuenta? No es solamente latente, es consciente superficialmente.
Le lancé a Eli una extraña mirada, lo que me estaba diciendo era algo que yo podía aprovechar. Pero, aparte de esta esperanza de ganancia personal que me traía la revelación de Eli, estaba estupefacto y fascinado, como se está siempre cuando a uno le hacen una confidencia tan íntima. Me producía un extraño efecto. Me recordaba algo que pasó el verano que estuve en Southampton, durante una velada en que todo el mundo estaba borracho. Dos hombres que habían vivido juntos cerca de veinte años, se habían peleado violentamente, y uno de ellos arrancó con violencia la túnica de algodón rizado del otro, desvelando su desnudez ante todo el mundo, revelando un vientre fofo, unas entrepiernas casi sin vello, y unos órganos genitales sin desarrollar, como los de un niño de diez años, exclamando que había tenido que apañarse con aquello durante todos los años pasados. Aquel momento de la verdad, de desenmascaramiento catastrófico, había sido motivo de deliciosas conversaciones de salón durante semanas, pero a mí me asqueó, porque había sido testigo de los sufrimientos privados de otro, y sabía que lo que todo el mundo había visto esta tarde, no era solamente un cuerpo desnudo. No tenía necesidad de conocer lo que entonces me fue revelado. Y, ahora, Eli me había dicho algo que podía serme útil en cierto modo, pero que también me había forzado a introducirme sin pedirlo en el alma de otra persona.
—¿Cuándo lo has descubierto? —pregunté.
—Oliver me lo dijo ayer por la noche.
—¿En su conf…?
—En su confesión, sí. Todo sucedió en Kansas. Había ido a cazar al bosque con uno de sus amigos, un chico un año mayor que él, y se pararon para bañarse, y, cuando salieron del agua, el otro le sedujo, y a Oliver le gustó. No lo ha olvidado nunca, la intensidad de la situación, el placer físico que le produjo, pero se ha abstenido cuidadosamente de renovar la experiencia. Tienes mucha razón cuando dices que se puede explicar en gran parte la rigidez de Oliver, su carácter obsesionado, los continuos esfuerzos que hace para rechazar su…
—¿Eli?
—¿Sí, Ned?
—Eli, estas confesiones están consideradas como confidenciales.
Se mordió el labio inferior:
—Lo sé.
—Estás atentando contra la vida interior de Oliver al repetirlo, sobre todo a mí.