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—Eso podría arreglarse —me dijo.

¡Perfecto! Ya sólo queda buscar a todos los demás. Oliver hablaba sin cesar con una chica delgaducha con un traje negro, ojos demasiado brillantes. Probablemente drogada con anfetaminas. Tiré de él, le expliqué lo que había, y le encajé a la amiga de Bess, Judy, una chica de Nebraska, nada desdeñable. El asunto estuvo pronto arreglado y Judy y Oliver se embarcaron en una discusión sobre el precio de la comida para cerdos, o algo parecido. Después busqué a Ned. Se había ligado a una tía, ¡imaginad! De vez en cuando hace este tipo de cosas, supongo que para picarnos. En esta ocasión se trataba de un animal de concurso, grandes agujeros en la nariz, enormes pechos y una montaña de carne.

—Nos vamos —le dije—. Si quieres puedes traerla.

Después encontré a Eli. Debíamos estar en la semana internacional de la heterosexualidad: incluso Eli había hecho una conquista. Castaña, delgada, sólo piel sobre huesos, sonrisa nerviosa. Pareció atónita al notar que su Eli formaba equipo con un gran shegitz como yo.

—Donde vamos, cabe todo el mundo —le dije—. Vámonos.

Le faltó poco para besarme los pies.

Nos amontonamos ocho en el coche —nueve, pues la conquista de Ned valía por dos. Conducía yo. Las presentaciones no acababan nunca. Judy, Mickey, Mary, Bess; Eli, Timothy, Oliver, Ned; Judy, Timothy; Mickey, Ned; Mary, Oliver; Bess; Eli; Mickey, Judy; Mary, Bess; Oliver, Judy; Eli, Mary…

¡Vaya! Se pone a llover, una llovizna helada justo por encima del punto de congelación. Cuando entrábamos en Central Park, un coche decrépito que iba cien metros por delante de nosotros derrapó, resbaló por el bordillo de la acera y se estrelló contra un gigantesco árbol. El coche reventó, y por lo menos una docena de siluetas salieron corriendo en todas direcciones. Frené en seco, pues algunas de las víctimas estaban casi debajo de las ruedas de nuestro coche. Había cráneos aplastados y nucas abiertas, y gente gimiendo en español. Aparqué mientras le decía a Oliver:

—Vamos a ver si podemos echar una mano.

Oliver parecía aplanado. Es su reacción ante la muerte: atropellar a una ardilla le pone malo durante una semana. Un coche lleno de portorriqueños heridos es suficiente espectáculo para dejar a nuestro valiente estudiante de medicina en estado semicomatoso. Cuando estaba empezando a murmurar alguna respuesta, Judy de Nebraska asomó la cabeza por encima de su hombro y empezó a gritar histéricamente:

—¡No pares, Tim! ¡Continúa!

—Hay heridos —dije.

—Va a llegar la policía. Cuando vean ocho jóvenes en un coche, nos registrarán antes de ocuparse de ellos. ¡Y llevo encima, Tim! ¡Llevo! Nos detendrán a todos.

Estaba realmente al borde del pánico. ¡Mierda! No podíamos permitirnos el lujo de perder una parte de nuestras vacaciones dejándonos detener, simplemente, porque una imbécil necesita llevar su reserva de estimulantes encima a todos sitios, así que, apreté el acelerador y arranqué, sorteando cuidadosamente a los muertos y a los agonizantes. ¿La policía hubiera perdido el tiempo en registrarnos mientras que aquellos tipos se morían tirados en la carretera? No puedo creerlo, pero probablemente estoy condicionado a creer que tengo a la policía de mi parte. Tal vez Judy tenía razón. En nuestro tiempo, la histeria se contagia fácilmente. Así que nos fuimos, y sólo cuando llegamos a Central Park West, Oliver dijo que, en su opinión, no debíamos haber huido de aquel modo. La moral, con retraso, le hizo saber Eli, es peor que la ausencia de moral. Ned exclamó: «¡Bravo!» ¡Hay que ver lo pesados que son estos dos!.

Judy y Bess vivían a la altura de la Calle 100, en un enorme y vetusto inmueble que, hacia 1920, fue probablemente un palacio. Su piso era una continuidad de habitaciones y pasillos de techo alto, con rebuscadas molduras de escayola, agrietada y retocada decenas y decenas de veces a lo largo de los siglos. Más o menos un quinceavo piso: vistas sobre las miserias de New Jersey. Bess puso una pila de discos: Segovia, Stones, Sargent Pepper, Beethoven, cualquier cosa, y fue a buscar una botella de Ripple. Judy sacó la droga que causara su pánico en el parque. Un trozo de hasch del tamaño de mi nariz.

—¿Siempre llevas eso como amuleto? —le pregunté, aunque me aseguró que se lo habían vendido en la Plastic Cave.

Pasamos una pipa. Como siempre, Oliver pasó. Creo que piensa que todo tipo de drogas sólo sirven para contaminarle sus preciosos fluidos vitales. La lavandera irlandesa de Ned también se abstuvo; le hubiera gustado intervenir, pero no estaba preparada para llegar a aquello. «Venga», oí que le decía Ned. «Te ayudará a perder peso». Parecía aterrada. Sin duda temía que de un momento a otro Jesucristo apareciera por la ventana para llevarse su alma inmortal de su jadeante cuerpo pecaminoso. El resto de nosotros conseguimos colocarnos en un estado agradable, y cada uno se dirigió a las diferentes habitaciones.

Hacia la mitad de la noche, obedeciendo a las exigencias de mi vesícula, me dediqué a buscar los servicios por un verdadero laberinto de puertas cerradas y pasillos. Abrí algunas por equivocación. Por todas partes, montones de humanidad. En una de las habitaciones, ruidos apasionados, movimientos regulares y rítmicos, ruido de muelles. No hace falta abrir: debe ser Oliver, el toro, montando a su Judy por sexta o séptima vez. Cuando haya acabado con ella, andará con las piernas arqueadas durante una semana. En otra habitación, soplidos y ronquidos. ¡Dios mío! La dulce trucha de Ned en pleno sueño. Ned estaba dormido en el suelo del pasillo; supongo que todo tiene un límite. Por fin, encontré los servicios; estaban ocupados. Eli y Mickey estaban duchándose juntos. No quería molestarles, pero, ¡mierda!, Mickey tomó una graciosa postura de estatua griega, mano derecha cubriendo su negro vello, brazo izquierdo cruzado sobre sus rudimentarios pechos. Aparentaba unos catorce años, tal vez menos.

—Perdón —dije alejándome.

Eli, desnudo y chorreando, corrió tras de mí.

—Olvídalo —dije—, no lo he hecho a propósito.

Pero no era aquello lo que le preocupaba. Quería preguntarme si teníamos sitio para una persona más para el resto del viaje.

—¿Ella?

Asintió. Lo que faltaba. Habían conectado, habían encontrado la verdadera felicidad el uno dentro del otro… Y ahora quería que nos la lleváramos con nosotros.

—¡Por Dios! —exploté, y creo que casi desperté a toda la casa—. ¿No le habrás dicho que…?

—No, sólo le he dicho que vamos a Arizona.

—¿Y qué vas a hacer cuando lleguemos? ¿Llevarla con nosotros al Monasterio de los Cráneos?

No lo había pensado. Obnubilado por sus modestos encantos, nuestro lúcido Eli no veía más allá de sus narices. Evidentemente, resultaba imposible. Si la expedición se hubiera caracterizado por el aspecto erótico, yo me hubiera traído a Margo, y Oliver a LuAnn. No. Todo debía quedar entre hombres. Las mujeres sólo para las ocasiones que surgieran en el camino, y Eli obedecería las reglas como todos los demás. Sobre aquellas bases habíamos formado un cuarteto hermético. Y ahora él se negaba a adaptarse.

—Mientras estemos en el desierto, la dejaré en algún motel de Phoenix —insistió—. No tiene por qué enterarse ni de a dónde vamos ni para qué.

—¡Ni pensarlo!

—Además, Timothy, ¿por qué todo esto tiene que ser un misterio?

—¡Estás mal de la cabeza! ¿Quién insistió fundamentalmente en que hiciéramos aquel puñetero juramento de no revelar jamás ni una sola palabra de El Libro de los Cráneos?

—¡Tim, estás gritando! ¡Te van a oír!

—¿Y qué? ¡Que me oigan! Te molestaría, ¿no? Te molestaría que todo el mundo se enterase de tus proyectos estilo Fu-Manchú. Y, sin embargo, estás dispuesto a contarla todo. Eli, ¿por qué no lo entiendes de una vez?