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– Agnes -reprendió Kivrin, las manos en las caderas-. ¿Qué haces levantada? Me dijiste que estabas cansada.

– Blackie está enfermo.

– ¿Enfermo? ¿Qué le pasa?

– Está enfermo -repitió Agnes. Cogió a Kivrin de la mano y la siguió hasta el granero y el altillo. Blackie yacía sobre la paja. Era un bultito sin vida-. ¿Le haréis una pócima?

Kivrin cogió al cachorro y lo soltó torpemente. Ya estaba rígido.

– Oh, Agnes, me temo que ha muerto.

Agnes se agachó y lo miró interesada.

– El capellán de la abuela murió -comentó-. ¿Tuvo Blackie fiebre?

Habían toqueteado demasiado a Blackie, pensó Kivrin. El animal había pasado de mano en mano, lo habían apretado, pisado, medio asfixiado. Muerto por un exceso de amabilidad. Y en Navidad, aunque Agnes no parecía especialmente afectada.

– ¿Habrá un funeral? -preguntó, tocando la oreja de Blackie.

No, pensó Kivrin. No había enterramientos en cajas de zapatos en la Edad Media. Los contemporáneos se libraban de los animales muertos tirándolos a los matorrales, o al río.

– Lo enterraremos en el bosque -dijo, aunque no tenía ni idea de cómo hacerlo, pues el suelo estaría congelado-. Bajo un árbol.

Por primera vez, Agnes pareció triste.

– El padre Roche tiene que enterrar a Blackie en el cementerio.

El padre Roche haría cualquier cosa por Agnes, pero Kivrin no podía imaginarlo accediendo a dar cristiana sepultura a un animal. La idea de que los animales de compañía eran criaturas con alma no se hizo popular hasta el siglo XIX, y ni siquiera los Victorianos exigieron enterramientos cristianos para sus perros y gatos.

– Yo diré las oraciones por los muertos -objetó Kivrin.

– El padre Roche debe enterrarlo en el cementerio -repitió Agnes, haciendo un puchero-. Y luego debe tocar la campana.

– No podemos enterrarlo hasta después de Navidad -dijo Kivrin rápidamente-. Después de Navidad le preguntaré al padre Roche qué hacemos.

Se preguntó dónde debería poner el cadáver de momento. No podía dejarlo allí tendido mientras las niñas dormían.

– Ven, llevaremos a Blackie abajo.

Cogió al cachorro, intentando no hacer muecas de desagrado, y lo llevó escaleras abajo.

Buscó una caja o una bolsa donde meter a Blackie, pero no encontró nada. Finalmente lo puso en un rincón bajo una hoz e hizo que Agnes llevara puñados de paja para cubrirlo.

Agnes lo cubrió con la paja.

– Si el padre Roche no toca la campana por Blackie, no irá al cielo -gimoteó, y se echó a llorar.

Kivrin tardó media hora en volver a calmarla. La meció y secó su cara llorosa.

– Shh, shh.

Había ruido en el patio. Se preguntó si la celebración de la Navidad se había trasladado allí, o si los hombres salían de caza. Oyó relinchar a los caballos.

– Vamos a ver qué ocurre en el patio. Tal vez tu padre esté allí.

Agnes se incorporó, frotándose la nariz.

– Le hablaré de Blackie -dijo, y se levantó del regazo de Kivrin.

Salieron. El patio estaba lleno de gente y caballos.

– ¿Qué están haciendo? -preguntó Agnes.

– No lo sé -respondió Kivrin, pero estaba claro lo que hacían. Cob sacaba del establo el corcel blanco del enviado, y los criados transportaban las bolsas y cajas que habían desempaquetado por la mañana temprano. Lady Eliwys estaba en la puerta, mirando ansiosamente el patio.

– ¿Se marchan? -preguntó Agnes.

– No -dijo Kivrin. No. No pueden marcharse. No sé dónde está el lugar.

El monje salió, vestido con el hábito blanco y la capa. Cob regresó al establo y volvió a salir, guiando a la yegua que Kivrin había montado cuando fueron a buscar acebo y cargado con una silla de montar.

– Se marchan -dijo Agnes.

– Lo sé. Ya lo veo.

23

Kivrin cogió a Agnes de la mano y comenzó a caminar de vuelta a la seguridad del granero. Debía ocultarse hasta que se hubiesen marchado.

– ¿A dónde vamos? -preguntó Agnes.

Kivrin esquivó a dos de los criados de sir Bloet, que cargaban un cofre.

– Al altillo.

Agnes se detuvo en seco.

– ¡No quiero acostarme! -gimió-. No estoy cansada.

– ¡Lady Katherine! -gritó alguien desde el patio.

Kivrin cogió a Agnes en brazos y corrió hacia el granero.

– ¡No estoy cansada! -chilló Agnes-. ¡No lo estoy!

Rosemund corrió junto a ella.

– ¡Lady Katherine! ¿No me oís? Madre os busca. El enviado del obispo se marcha -cogió a Kivrin por el brazo y la hizo volverse hacia la casa.

Eliwys estaba todavía en la puerta, mirándolas, y el enviado del obispo había salido y se encontraba junto a ella, con la capa roja. Kivrin no vio a Imeyne por ninguna parte. Probablemente estaba dentro, empaquetando la ropa de Kivrin.

– El enviado del obispo tiene asuntos urgentes en el priorato de Bernecestre -explicó Rosemund, mientras conducía a Kivrin a la casa-, y sir Bloet se va con ellos -sonrió feliz-. Sir Bloet dice que los acompañará a Courcy para que puedan descansan allí esta noche y llegar a Bernecestre mañana.

Bernecestre. Bicester. Al menos no era Godstow. Pero Godstow estaba de camino.

– ¿Qué asuntos?

– No lo sé -contestó Rosemund, como si eso careciera de importancia, y Kivrin supuso que para ella así era. Sir Bloet se marchaba, y eso era lo único que contaba. Rosemund se dirigió felizmente a través de la aglomeración de sirvientes, equipaje y caballos hacia su madre.

El enviado del obispo hablaba a uno de sus criados, y Eliwys le observaba, con el ceño fruncido. Ninguno de ellos la vería si se daba la vuelta y se metía rápidamente tras las puertas abiertas del establo, pero Rosemund seguía agarrándola de la manga y la empujaba hacia delante.

– Rosemund, debo volver al granero. He dejado mi capa…

– ¡Madre! -gritó Agnes. Salió corriendo hacia Eliwys y estuvo a punto de chocar con uno de los caballos. El animal relinchó y sacudió la cabeza, y un criado se lanzó para cogerle la brida.

– ¡Agnes! -gritó Rosemund y soltó la manga de Kivrin, pero ya era demasiado tarde. Eliwys y el enviado del obispo las habían visto y se dirigían hacia ellas.

– No debes correr entre los caballos -advirtió Eliwys, abrazando a Agnes.

– Mi perro ha muerto.

– Ésa no es razón para correr -la regañó Eliwys, y Kivrin comprendió que ni siquiera había oído lo que le dijo la niña. Eliwys se volvió hacia el enviado del obispo.

– Decidle a vuestro esposo que agradecemos que nos hayáis prestado vuestros caballos, para que los nuestros puedan descansar para el viaje a Bernecestre -dijo, y también parecía distraído-. Enviaré a un criado a buscarlos desde Courcy.

– ¿Quieres ver a mi perro? -preguntó Agnes, tirando de la falda de su madre.

– Silencio -exigió Eliwys.

– Mi clérigo no cabalgará con nosotros esta tarde. Me temo que se puso demasiado alegre ayer y ahora siente el dolor de tanta bebida. Apelo a vuestra indulgencia, buena señora, para que pueda quedarse y seguirnos cuando se haya recuperado.

– Por supuesto que puede quedarse. ¿Hay algo que podamos hacer para ayudarle? La madre de mi esposo…

– No. Dejadle tranquilo. No hay nada que pueda ayudar a una cabeza dolorida excepto un buen sueño. Estará bien por la noche -respondió. Parecía que también él había bebido demasiado. Se le veía nervioso, distraído, como si tuviera dolor de cabeza, y su rostro aristocrático tenía un tono grisáceo a la brillante luz de la mañana. Tiritó y se arrebujó en su capa.