Ni siquiera miró a Kivrin, y ella se preguntó si en su prisa había olvidado la promesa que le hizo a lady Imeyne. Miró ansiosamente hacia la puerta, esperando que Imeyne estuviera todavía regañando a Roche y no apareciera de repente para recordárselo.
– Lamento que mi esposo no esté aquí -dijo Eliwys-, y que no pudiéramos daros una bienvenida mejor. Mi esposo…
– Debo ver a mis criados -la interrumpió él. Extendió la mano y Eliwys se arrodilló y le besó el anillo. Antes de que pudiera levantarse, el enviado del obispo ya se había encaminado hacia el establo. Eliwys le miró, preocupada.
– ¿Quieres verlo? -preguntó Agnes.
– Ahora no. Rosemund, debes despedirte de sir Bloet y lady Yvolde.
– Está frío -insistió Agnes.
Eliwys se volvió hacia Kivrin.
– Lady Katherine, ¿sabéis dónde está lady Imeyne?
– Se quedó en la iglesia -dijo Rosemund.
– Quizás esté rezando todavía -aventuró Eliwys. Se puso de puntillas y escrutó el patio abarrotado-. ¿Dónde está Maisry?
Escondida, pensó Kivrin, que es como debería estar yo.
– ¿Quieres que la busque? -se ofreció Rosemund.
– No. Despídete de sir Bloet. Lady Katherine, id a la iglesia y traed a lady Imeyne para que pueda despedirse del enviado del obispo. Rosemund, ¿por qué estás todavía ahí? Ve a despedirte de tu prometido.
– Encontraré a lady Imeyne -dijo Kivrin, pensando: atravesaré el portalón, y si está todavía en la iglesia, me esconderé entre las chozas e iré al bosque.
Dio media vuelta. Dos de los sirvientes de sir Bloet se debatían con un pesado cofre.
Lo soltaron de golpe ante ella, y se volcó a un lado. Kivrin retrocedió y los rodeó, intentando ocultarse tras los caballos.
– ¡Esperad! -llamó Rosemund, alcanzándola. La cogió por la manga-. Debéis venir conmigo a despediros de sir Bloet.
– Rosemund… -dijo Kivrin, mirando hacia el portalón.
Lady Imeyne lo atravesaría de un momento a otro, aferrada a su Libro de las Horas.
– Por favor -Rosemund parecía pálida y asustada.
– Rosemund…
– Sólo será un momento, y luego podréis traer a la abuela -arrastró a Kivrin hacia el establo-. Venga. Vamos ahora que su cuñada está con él.
Sir Bloet esperaba a que ensillaran su caballo y charlaba con la dama de la cofia sorprendente. No era menos enorme esta mañana, pero era evidente que se la había puesto demasiado deprisa. Estaba bastante inclinada a un lado.
– ¿Qué es ese asunto urgente del enviado del obispo? -preguntaba. Sir Bloet sacudió la cabeza, frunció el ceño, y entonces sonrió a Rosemund y avanzó un paso. Ella retrocedió, agarrando con fuerza el brazo de Kivrin.
La cuñada inclinó la toca ante Rosemund y continuó hablando.
– ¿Ha recibido noticias de Bath?
– No llegó ningún mensajero anoche, ni tampoco esta mañana.
– Si no ha recibido ningún mensaje, ¿por qué no comentó este urgente asunto cuando llegó? -preguntó la cuñada.
– No lo sé -replicó él, impaciente-. Esperad. Debo despedirme de mi prometida -cogió la mano de Rosemund, y Kivrin advirtió el esfuerzo que ella hizo para no retirarla.
– Adiós, sir Bloet -dijo, envarada.
– ¿De esta manera te despedirías de tu esposo? ¿No le darás un beso?
Rosemund avanzó y le estampó un rápido beso en la mejilla, luego retrocedió de inmediato y se puso fuera de su alcance.
– Os doy las gracias por vuestro regalo -dijo.
Bloet dejó de mirar su pálida carita y contempló el cuello de la capa.
– «Estás aquí en lugar del amigo que amo» -dijo, acariciando la joya.
Agnes llegó corriendo y gritando.
– ¡Sir Bloet! ¡Sir Bloet!
Él la cogió y la alzó en brazos.
– He venido para despedirme. Mi perro ha muerto.
– Te traeré un perro nuevo como regalo de bodas si me das un beso.
Agnes le rodeó el cuello con los brazos y le plantó un ruidoso beso en cada una de las rubicundas mejillas.
– No eres tan avara con tus besos como tu hermana -comentó él, mirando a Rosemund. Soltó a Agnes-. ¿O le darás a tu marido dos besos también?
Rosemund guardó silencio.
Él avanzó y acarició el broche.
– «Io suiicien lui dami amo» -dijo. Le colocó las manos sobre los hombros-. Piensa en mí cada vez que lleves el broche -se inclinó hacia delante y la besó en la garganta.
Rosemund no se apartó, pero el color desapareció de su rostro.
Él la soltó.
– Vendré a buscarte en Pascua -prometió, aunque sonó como una amenaza.
– ¿Me traeréis un perro negro? -preguntó Agnes.
Lady Yvolde llegó entonces, refunfuñando.
– ¿Qué han hecho tus criados con mi capa de viaje?
– Yo os la traeré -se ofreció Rosemund, y corrió hacia la casa. Kivrin la siguió.
– He de encontrar a lady Imeyne -dijo Kivrin, en cuanto estuvieron a salvo de sir Bloet-. Mira, están a punto de partir.
Era cierto. El grupo de sirvientes y cajas y caballos había formado una hilera, y Cob había abierto la puerta. Los caballos que los tres reyes habían montado la noche anterior estaban cargados de cofres y bolsas, las riendas atadas unas a otras. La cuñada de sir Bloet y sus hijas ya habían montado, y el enviado del obispo se encontraba de pie junto a la yegua de Eliwys, tensando la cincha.
Sólo unos cuantos minutos más, pensó Kivrin, que se quede en la iglesia unos cuantos minutos más, y ya se habrán ido.
– Tu madre me pidió que buscara a lady Imeyne.
– Primero debéis venir conmigo al salón -a Rosemund aún le temblaba la mano.
– Rosemund, no hay tiempo…
– Por favor. ¿Y si él entra en el salón y me encuentra?
Kivrin pensó en sir Bloet besándole la garganta.
– Te acompañaré, pero debemos darnos prisa.
Cruzaron corriendo el patio, atravesaron la puerta y estuvieron a punto de chocar con el monje gordo, que bajaba de la habitación de Rosemund y parecía furioso o con resaca. Salió al patio sin mirarlas siquiera.
No había nadie más en el salón. La mesa estaba todavía cubierta de copas y bandejas de comida, y el fuego humeaba, desatendido.
– La capa de lady Yvolde está en el desván -dijo Rosemund-. Esperadme.
Subió la escalerilla como si la persiguiera sir Bloet.
Kivrin se asomó a la puerta. No vio el pasaje. El enviado del obispo estaba de pie junto a la yegua de Eliwys, con una mano en el pomo de la silla, escuchando al monje, que le hablaba agitadamente. Kivrin miró las escaleras y la puerta cerrada de la habitación, preguntándose si sería verdad que el clérigo tenía resaca o si se había peleado con su superior. Los gestos del monje eran obviamente inquietos.
– Aquí está -dijo Rosemund, agarrando la capa con una mano y la escalerilla con la otra-. Tendré que llevársela a lady Yvolde. Sólo será un momento.
Era la oportunidad que Kivrin estaba esperando.
– Yo lo haré -dijo. Cogió la pesada capa y salió. En cuanto estuviera fuera, le daría la capa al sirviente más cercano para que se la entregara a la hermana de Bloet y se encaminaría directamente al pasaje. Que se quede en la iglesia unos cuantos minutos más, rezó. Así podré llegar al prado. Salió por la puerta y se topó con lady Imeyne.
– ¿Por qué no estáis preparada para marchar? -preguntó Imeyne, mirando la capa-. ¿Dónde está vuestra capa?
Kivrin observó al enviado del obispo. Tenía las dos manos sobre el pomo de la silla y se aupaba con la ayuda de Cob. El fraile ya había montado.
– Tengo la capa en la iglesia. La cogeré.