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– No queda tiempo. Ya se marchan.

Kivrin miró desesperada al patio, pero todos se hallaban fuera de su alcance: Eliwys estaba con Gawyn junto al establo, Agnes charlaba animadamente con una de las sobrinas de sir Bloet, y no se veía a Rosemund por ninguna parte. Posiblemente estaba todavía escondida en la casa.

– Lady Yvolde me pidió que le llevara su capa -adujo Kivrin.

– Maisry puede llevársela -replicó Imeyne-. ¡Maisry!

Que esté todavía escondida, rezó Kivrin.

– ¡Maisry! -gritó Imeyne, y Maisry salió cojeando de la puerta del lagar, cubriéndose la oreja. Lady Imeyne le quitó a Kivrin la capa y se la entregó a Maisry-. Deja de hacer el vago y llévale esto a lady Yvolde -ordenó.

Cogió a Kivrin por la muñeca.

– Venid -indicó, y se dirigió al enviado del obispo-. Santo Padre, habéis olvidado a lady Katherine, a quien prometisteis llevar con vosotros a Godstow.

– No vamos a Godstow -contestó él, y se aupó con esfuerzo a la silla-. Nos dirigimos a Bernecestre.

Gawyn había montado a Gringolet y lo dirigía hacia la puerta. Se va con ellos, pensó Kivrin. Quizás en el camino de Courcy logre persuadirlo de que me lleve al lugar. Quizá consiga convencerlo de que me diga dónde está, y tal vez pueda escaparme de ellos y encontrarlo yo sola.

– ¿No puede cabalgar con vosotros hasta Bernecestre y que luego un monje la escolte a Godstow? Quisiera que regresara a su convento.

– No hay tiempo -adujo él, mientras cogía las riendas.

Imeyne agarró su capa escarlata.

– ¿Por qué os marcháis tan repentinamente? ¿Os ha ofendido alguien?

Él miró al fraile, que sujetaba las riendas de la yegua de Kivrin.

– No -hizo un vago signo de la cruz sobre Imeyne-. Dominus vobiscum, et cum spiritu tuo -murmuró, mirando claramente a la mano en su capa.

– ¿Y el nuevo capellán? -insistió Imeyne.

– Dejo a mi clérigo para que os sirva de capellán.

Está mintiendo, pensó Kivrin, y lo miró. Él intercambió otra mirada de inteligencia con el monje, y Kivrin se preguntó si sus urgentes asuntos eran tan sólo librarse de aquella vieja pesada.

– ¿Vuestro clérigo? -preguntó lady Imeyne, complacida, y soltó la capa.

El enviado del obispo espoleó su caballo y cruzó galopando el patio; estuvo a punto de atropellar a Agnes, quien lo esquivó, salió corriendo hacia Kivrin y enterró la cabeza en su falda. El monje montó en la yegua de Kivrin y lo siguió.

– Id con Dios, Santo Padre -dijo lady Imeyne, pero él ya había atravesado la puerta.

Y entonces todos se marcharon. Gawyn salió el último, al galope, para que Eliwys se fijara en él. Kivrin se sintió tan aliviada de que no se la hubieran llevado a Godstow, que ni siquiera le preocupó que Gawyn se hubiera marchado con ellos. Había menos de medio día a caballo hasta Courcy. Seguramente volvería al anochecer.

Todo el mundo parecía aliviado, o tal vez era sólo la resaca de la tarde de Navidad y el hecho de que estuvieran despiertos desde el día anterior por la mañana.

Nadie hizo ningún movimiento para limpiar las mesas, que estaban aún cubiertas de bandejas sucias y cuencos medio llenos. Eliwys se hundió en el alto sillón, con los brazos colgando por los lados, y miró a la mesa sin ningún interés. Tras unos minutos llamó a Maisry, pero la criada no contestó y ella no volvió a llamarla. Apoyó la cabeza en el respaldo tallado y cerró los ojos.

Rosemund subió al desván para acostarse; Agnes se sentó al lado de Kivrin junto al hogar y apoyó la cabeza en su regazo, jugando ausente con la campanita.

Sólo lady Imeyne se resistía a dejarse vencer por el sopor de la tarde.

– Me gustaría que mi nuevo capellán diga las oraciones -dijo, y subió a llamar a la puerta de la habitación.

Eliwys protestó perezosamente, con los ojos todavía cerrados, alegando que el enviado del obispo había ordenado que no molestaran al clérigo, pero Imeyne llamó varias veces con fuerza, sin resultado alguno. Esperó unos minutos, volvió a llamar, y luego bajó las escaleras y se arrodilló al pie para leer su Libro de las Horas, manteniendo un ojo en la puerta para abordar al clérigo en cuanto saliera.

Agnes golpeó su campanita con un dedo y bostezó.

– ¿Por qué no subes al desván y te acuestas con tu hermana? -sugirió Kivrin.

– No estoy cansada -replicó Agnes, incorporándose-. Contadme qué le sucedió a la doncella que no podía ir al bosque.

– Sólo si te acuestas -dijo Kivrin, y comenzó la historia. Agnes no aguantó dos frases.

A última hora de la tarde, Kivrin recordó al cachorro de Agnes. Todo el mundo estaba ya dormido, incluso lady Imeyne, que había renunciado a despertar al clérigo y había subido al desván para acostarse. Maisry había llegado en algún momento y se había tumbado bajo una de las mesas. Roncaba ruidosamente.

Kivrin se levantó con cuidado para no despertar a Agnes y fue a enterrar al perrito. No había nadie en el patio.

Los restos de una hoguera aún humeaban en el centro del prado, pero no había nadie alrededor. Los aldeanos también debían de estar echando una siesta.

Kivrin cogió el cadáver de Blackie y entró en el establo a coger una pala de madera. Allí sólo estaba el pony de Agnes, y ella lo miró con el ceño fruncido, preguntándose cómo iba a seguir el clérigo al enviado del obispo hasta Courcy. Tal vez no mentía después de todo, y el clérigo sería el nuevo capellán de buen grado o por la fuerza.

Kivrin llevó la pala y el cuerpo ya rígido de Blackie a la parte norte de la iglesia. Soltó al cachorro y empezó a cavar en la nieve.

El terreno estaba literalmente duro como una piedra. La pala de madera ni siquiera hizo una mella, ni siquiera cuando se apoyó en ella con los dos pies. Subió la colina hasta la linde del bosque, cavó en la nieve en la base de un fresno, y enterró al perrito en la tierra húmeda.

– Requiescat in pace -dijo, para poder contarle a Agnes que el perrito había tenido una sepultura cristiana, y regresó.

Deseó que llegara Gawyn, para pedirle que la acompañara al lugar mientras todo el mundo dormía. Cruzó despacio el prado, prestando atención por si oía el caballo. Probablemente llegaría por el camino principal. Dejó la pala junto a la verja de zarzas de la pocilga y luego se dirigió a la puerta, pero no oyó nada.

La luz de la tarde empezaba a difuminarse. Si Gawyn no llegaba pronto, estaría demasiado oscuro para que la llevara al lugar de recogida. Faltaba media hora para que el padre Roche llamara a vísperas, y eso despertaría a todo el mundo. Pero Gawyn tendría que atender a su caballo, no importaba a qué hora volviera, y ella podría acercarse al establo y pedirle que la llevara al lugar por la mañana.

O tal vez él podría contarle simplemente dónde estaba, y dibujarle un mapa para que ella pudiera encontrarlo por su cuenta. De esa forma no tendría que ir al bosque con él a solas, y si lady Imeyne lo mandaba a otra misión el día del encuentro, Kivrin podría coger uno de los caballos y encontrar el sitio.

Esperó junto a la puerta hasta que le entró frío, y entonces volvió al patio siguiendo la pared de la pocilga. Todavía no había nadie en el patio, pero Rosemund estaba en la antesala, con la capa puesta.

– ¿Dónde habéis ido? Os he estado buscando por todas partes. El clérigo…

El corazón de Kivrin dio un brinco.

– ¿Qué pasa? ¿Se marcha?

Seguramente se había recuperado de la resaca y estaba dispuesto a marcharse, y lady Imeyne le había persuadido para que se la llevara con él a Godstow.

– No -contestó Rosemund, dirigiéndose al salón. Eliwys e Imeyne debían de estar en la habitación con él. La niña se quitó el broche de sir Bloet y la capa-. Está enfermo. El padre Roche me ha enviado a buscaros -subió las escaleras.