Libro tercero
Enterré con mis propias manos
a cinco hijos en una sola tumba…
No hubo campanas. Ni lágrimas.
Esto es el fin del mundo.
Agniola di Tura Siena, 1347
24
Dunworthy pasó los dos días siguientes llamando a la lista de técnicos de Finch y a guías de pesca escoceses, e instalando otro pabellón en Bulkeley-Johnson. Quince retenidos más habían caído con la gripe, entre ellos la señora Taylor, que se había desplomado cuando sólo faltaban cuarenta y nueve toques para completar un repique.
– Se desmayó y soltó la campana -informó Finch-. Dio la vuelta con un ruido infernal y la cuerda se agitó como si estuviera viva. Se me enrolló al cuello y por poco me estrangula. La señora Taylor quiso continuar cuando volvió en sí, pero naturalmente ya era demasiado tarde. Me gustaría que hablara usted con ella, señor Dunworthy. Está muy deprimida. Dice que nunca se perdonará por haber dejado tiradas a las otras. Le dije que no era culpa suya, que a veces las cosas escapan a nuestro control, ¿no le parece?
– Sí -dijo Dunworthy.
No había conseguido encontrar a un técnico, mucho menos convencerlo de que fuera a Oxford, ni había encontrado a Basingame. Finch y él habían telefoneado a todos los hoteles de Escocia, a todos los albergues y chalets de alquiler. William había conseguido los registros de las tarjetas de crédito de Basingame, pero no había compras de equipo de pesca ni alquileres en algún pueblo escocés perdido, como Dunworthy esperaba, ni entradas después del quince de diciembre.
El sistema telefónico era cada vez más precario. El visual se cortó otra vez, y la voz grabada, anunciando que debido a la epidemia todos los circuitos estaban ocupados, interrumpía casi todas las llamadas que intentaba hacer después de sólo dos dígitos.
No se preocupaba tanto por Kivrin, puesto que la llevaba consigo, una pesada carga, mientras marcaba una y otra vez los números, esperaba ambulancias, escuchaba las quejas de la señora Gaddson. Andrews no había vuelto a telefonear, o tal vez no había conseguido comunicar. Badri murmuraba incesantemente acerca de la muerte, y las enfermeras apuntaban todos sus delirios. Mientras Dunworthy esperaba a los técnicos, a los guías de pesca, a alguien que respondiera al teléfono, repasó las palabras de Badri, en busca de alguna pista. «Negra», había dicho Badri, y «laboratorio», y «Europa».
El sistema telefónico empeoró. La voz grabada interrumpía en cuanto marcaba el primer número, y varias veces no obtuvo línea. Decidió dejarlo de momento y trabajó en las listas de contactos. William había conseguido los archivos médicos confidenciales del Ministerio, y Dunworthy los repasó, buscando tratamientos de radiación y visitas al dentista. A uno de los primarios le habían examinado la mandíbula por rayos X, pero había sido el día veinticuatro, después de que comenzara la epidemia.
Fue al hospital para preguntar a los primarios que no deliraban si tenían animales de compañía o habían cazado patos últimamente. Los pasillos estaban atestados de camillas, cada una con un paciente. Se apoyaban contra las puertas de Admisiones y delante del ascensor. No había manera de pasar. Fue por las escaleras.
La estudiante de enfermería rubia se reunió con él en la puerta de Aislamiento. Llevaba una bata blanca y una mascarilla.
– Me temo que no puede entrar -dijo levantando una mano enguantada.
Badri ha muerto, pensó él.
– ¿Ha empeorado el señor Chaudhuri?
– No. Parece que descansa un poco mejor. Pero nos hemos quedado sin RPE. Londres prometió enviar equipo mañana, y el personal se las arregla con trajes de tela, pero no tenemos suficiente para las visitas -rebuscó en su bolsillo una tira de papel-. He anotado todo lo que ha dicho. Me temo que la mayor parte es ininteligible. Dijo su nombre y… ¿Kivrin?… ¿Es correcto?
Él asintió, mirando el papel.
– Y a veces palabras sueltas, pero casi todo carece de sentido.
Había intentado anotarlo fonéticamente, y cuando entendía una palabra, la subrayaba. Badri había dicho «no puedo», y «ratas», y «muy preocupado».
Más de la mitad de los retenidos había caído el domingo por la mañana, y todos los que no estaban enfermos los atendían. Dunworthy y Finch habían renunciado a ponerlos en pabellones, y en cualquier caso se habían quedado sin colchones. Los dejaban en sus propias camas, o los trasladaban, con cama y todo, a las habitaciones de Salvin, para que sus enfermeros improvisados no se agotaran.
Las campaneras fueron cayendo una por una, y Dunworthy ayudó a acostarlas en la vieja biblioteca. La señora Taylor, que todavía podía andar, insistió en ir a visitarlas.
– Es lo menos que puedo hacer -dijo, jadeando por el esfuerzo de cruzar el pasillo-, después de haberlas abandonado de aquel modo.
Dunworthy la ayudó a acostarse en el colchón hinchable que había traído William y la tapó con una sábana.
– El espíritu está dispuesto, pero la carne es débil -dijo.
Él mismo se sentía débil, agotado por la falta de sueño y las constantes decepciones. Mientras hervía agua para el té y limpiaba cuñas, por fin consiguió contactar con una de los técnicos de Magdalen.
– Está en el hospital -dijo su madre. Parecía triste y cansada.
– ¿Cuándo cayó enferma?
– El día de Navidad.
La esperanza brotó en él.
Tal vez la técnico de Magdalen era la fuente.
– ¿Qué síntomas tiene su hija? -preguntó ansiosamente-. ¿Dolor de cabeza? ¿Fiebre? ¿Desorientación?
– Apendicitis.
El lunes por la mañana las tres cuartas partes de los retenidos estaban enfermos. Como Finch había predicho, se les acabaron las sábanas limpias y las mascarillas, y algo mucho más urgente, también se quedaron sin temps, antimicrobiales y aspirinas.
– Intenté llamar al hospital para pedir más -dijo Finch, quien tendió una lista a Dunworthy-, pero los teléfonos están todos fuera de servicio.
Dunworthy fue caminando al hospital a buscar los suministros. La calle delante de Admisiones estaba abarrotada con un buen número de ambulancias, taxis y manifestantes con un gran cartel que proclamaba: «El primer ministro nos ha dejado para que muramos.» Mientras Dunworthy conseguía pasar entre ellos y llegaba a la puerta, Colin salió de allí corriendo. Iba mojado, como de costumbre, y con la cara y la nariz rojas de frío. Llevaba la chaqueta abierta.
– Los teléfonos no funcionan. Las líneas están saturadas. Estoy transmitiendo mensajes -del bolsillo de su chaqueta sacó un desordenado montón de hojas dobladas-. ¿Quiere que le lleve un mensaje a alguien?
Sí, pensó él. A Andrews. A Basingame. A Kivrin.
– No -respondió.
Colin se guardó en el bolsillo los papeles ya mojados.
– Pues me marcho. Si busca a mi tía Mary, está en Admisiones. Acaban de llegar cinco casos más. Una familia. El hijo menor estaba muerto.
Se internó corriendo entre el atasco de tráfico.
Dunworthy se abrió paso hasta Admisiones y mostró su lista a la encargada, quien le envió a Suministros. Los corredores seguían llenos de camillas, aunque ahora estaban alineadas a ambos lados, de modo que quedaba un estrecho pasillo entre ellas. Inclinada sobre una de las camillas había una enfermera con una mascarilla rosa y una bata leyendo algo a uno de los pacientes.
– «El Señor hará que la peste caiga sobre vosotros -decía, y de repente Dunworthy reconoció a la señora Gaddson. Estaba intensamente concentrada en su lectura y no levantó la cabeza-. Hasta que os haya hecho desaparecer de la tierra.»