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La peste caerá sobre vosotros, dijo él en silencio, y pensó en Badri. «Fueron las ratas -había dicho-. Los mató a todos. Media Europa.»

Ella no puede estar en la Peste Negra, pensó mientras se dirigía a Suministros. Andrews había dicho que el deslizamiento máximo era de cinco años. En 1325 la peste ni siquiera había comenzado en China. Andrews había asegurado que las dos únicas cosas que no habrían abortado automáticamente el lanzamiento eran el deslizamiento y las coordenadas, y Badri, cuando podía contestar a las preguntas de Dunworthy, insistía en que había comprobado las coordenadas de Pulhaski.

Entró en Suministros. No había nadie en el mostrador. Llamó al timbre.

Cada vez que Dunworthy le preguntaba, Badri decía que las coordenadas del estudiante eran correctas, pero empezaba a mover los dedos nerviosamente sobre la sábana, tecleando, tecleando el ajuste. Esto no puede estar bien. Algo falla.

Volvió a llamar al timbre y una enfermera salió de entre los estantes. Era evidente que había abandonado la jubilación expresamente para la epidemia. Tenía al menos noventa años, y su uniforme blanco estaba amarillento, pero aún seguía tieso por el almidón. Crujió cuando cogió la lista.

– ¿Tiene una autorización?

– No.

Le tendió su lista y un impreso de tres páginas.

– Todas las órdenes deben ser autorizadas por la enfermera jefa del pabellón.

– No tenemos ninguna enfermera de pabellón -dijo él, controlando su mal genio-. No tenemos ningún pabellón. Tenemos cincuenta retenidos en dos dormitorios y ningún suministro.

– En ese caso el médico que está al cargo debe firmar la autorización.

– La médica al cargo está en un hospital atestado de enfermos. No tiene tiempo para firmar autorizaciones. ¡Estamos en plena epidemia!

– Soy bien consciente de ello. Todas las órdenes deben estar firmadas por el médico al cargo -dijo la enfermera gélidamente, y se marchó crujiendo entre los pasillos.

Dunworthy volvió a Admisiones. Mary ya no estaba allí. La encargada lo envió a Aislamiento, pero tampoco estaba allí. Jugueteó con la idea de falsificar la firma de Mary, pero quería verla, quería contarle su fracaso en localizar a los técnicos, su fracaso para encontrar una forma de esquivar a Gilchrist y abrir la red. Ni siquiera podía conseguir una miserable aspirina, y ya era tres de enero.

Finalmente encontró a Mary en el laboratorio. Hablaba por teléfono, que por lo visto volvía a funcionar, aunque en la visual sólo aparecía nieve. Mary no lo miraba. Contemplaba la consola, donde aparecían las gráficas de contactos.

– ¿Qué problema hay? -preguntó-. Ustedes dijeron que estaría aquí hace dos días.

Hubo una pausa mientras la persona perdida en la nieve ponía algún tipo de excusa.

– ¿Cómo que fue rechazado? -exclamó ella, incrédula-. Aquí hay mil personas con gripe.

Hubo otra pausa. Mary tecleó algo en la consola y apareció una gráfica diferente.

– Bien, pues vuelvan a enviarlo -gritó-. ¡La necesito ahora mismo! ¡Mis pacientes se están muriendo! Lo quiero aquí para… ¿oiga? ¿Está usted ahí?

La pantalla se volvió negra. Mary se volvió para pulsar el interruptor y vio a Dunworthy.

Le indicó que entrara en el despacho.

– ¿Está usted ahí? -dijo al teléfono-. ¿Oiga? -colgó-. ¡Los teléfonos no funcionan, la mitad de mi personal ha caído con el virus, y los análogos no han llegado porque algún idiota no los dejó pasar a la zona de cuarentena!

Se sentó ante la consola y se frotó los pómulos con los dedos.

– Lo siento -suspiró-. Ha sido un mal día. Hubo tres ingresos cadáveres esta mañana. Uno de ellos tenía seis meses.

Todavía llevaba la ramita de acebo en la bata. Tanto la bata como la ramita estaban completamente arrugadas, y Mary parecía exhausta. Las líneas alrededor de la boca y los ojos surcaban profundamente su cara. Dunworthy se preguntó cuánto tiempo llevaba sin dormir, y si lo sabría siquiera.

Se frotó los párpados con dos dedos.

– Nunca me acostumbraré a la idea de que no hay nada que hacer -dijo.

– Claro.

Ella le miró, casi como si no hubiera advertido que estaba allí.

– ¿Necesitabas algo, James?

Ella no había dormido, ni había recibido ninguna ayuda, y había visto tres ingresos cadáveres, uno de ellos un bebé. Ya tenía bastantes problemas sin preocuparse por Kivrin.

– No -dijo él, levantándose. Le tendió el impreso-. Únicamente tu firma.

Ella lo firmó sin mirarlo.

– Fui a ver a Gilchrist esta mañana -dijo al devolvérselo.

Él la miró, demasiado sorprendido y conmovido para hablar.

– Fui a verlo para ver si lograba convencerlo de que abriera la red antes. Le expliqué que no hay necesidad de esperar a que haya inmunización plena. Cierto porcentaje de inmunización reduce las posibilidades de contagio.

– Y ninguno de tus argumentos tuvo el más mínimo efecto.

– No. Está plenamente convencido de que el virus vino del pasado -Mary suspiró-. Ha dibujado gráficas de las pautas de mutación cíclica de los mixovirus tipo A. Según su teoría, uno de los mixovirus tipo A existente en 1318-1319 era un H9N2 -volvió a frotarse la frente-. No abrirá el laboratorio hasta que se haya completado la inmunización plena y se levante la cuarentena.

– ¿Y cuándo será eso? -preguntó él, aunque tenía una ligera idea.

– La cuarentena tiene que permanecer en efecto hasta siete días después de la inmunización total o cuarenta días después de la incidencia final -dijo ella, como si le estuviera dando malas noticias.

Incidencia final. Dos semanas sin ningún nuevo caso.

– ¿Cuánto tardará la inmunización a toda la nación?

– Cuando consigamos suficientes suministros de la vacuna, no mucho. La Pandemia sólo duró dieciocho días.

Dieciocho días. Después de que se fabricaran suficientes suministros de la vacuna. Finales de enero.

– Demasiado tarde -dijo él.

– Sí, lo sé. Debemos identificar positivamente la fuente, eso es todo -se volvió a mirar la consola-. La respuesta está ahí. Simplemente, no sabemos mirar en el lugar adecuado -recuperó una nueva gráfica-. He estado haciendo correlaciones, buscando estudiantes de veterinaria, primarios que vivan cerca de zoos, direcciones rurales. Ésta es de los secundarios que estuvieron en DeBrett, cazando pájaros y todo eso. Pero lo más parecido que tenemos a un ave son los que comieron ganso en Navidad.

Recuperó la gráfica de contactos. El nombre de Badri seguía apareciendo en cabeza. Se sentó y la contempló durante un largo rato, tan absorta como Montoya mirando sus huesos.

– Lo primero que tiene que aprender un médico es a no ser demasiado duro consigo mismo cuando pierde a un paciente -dijo, y Dunworthy se preguntó si se refería a Kivrin o a Badri.

– Tengo que abrir la red.

– Eso espero.

La respuesta no se encontraba en las gráficas de contacto ni en los encuentros comunes. Había que buscarla en Badri, cuyo nombre, a pesar de todas las preguntas que habían hecho a los primarios, a pesar de todas las falsas pistas, seguía siendo la fuente. Badri era el caso índice, y en algún momento de cuatro a seis días antes del lanzamiento había entrado en contacto con un portador.

Subió a verlo. Había un enfermero distinto ante la habitación, un joven alto y nervioso que no parecía tener más de diecisiete años.

– ¿Dónde está…? -empezó a preguntar Dunworthy, y entonces advirtió que no sabía el nombre de la enfermera rubia.

– Lo ha pillado. Ayer. Ya hay veinte enfermos entre el personal, y se han quedado sin sustitutos. Pidieron a los estudiantes de tercero que ayudaran. Yo sólo estoy en primero, pero he recibido formación en primeros auxilios.