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– ¿Qué tienen que encontrar? -dijo él, preguntándose si debían fiarse de la respuesta de Montoya o si estaba delirando.

– La excavación está medio sumergida -dijo ella.

– ¿Qué deben encontrar?

– El grabador de Kivrin.

Él recordó de repente a Montoya junto a la tumba, rebuscando en la caja de huesos en forma de piedra. Huesos de muñeca. Eran huesos de muñeca, y estaba examinando los bordes irregulares, buscando un espolón óseo que era en realidad una pieza del equipo grabador. El grabador de Kivrin.

– Aún no he excavado todas las tumbas -dijo Montoya-, y sigue lloviendo. Tienen que enviar a alguien enseguida.

– ¿Tumbas? -preguntó Mary, mirándolo sin comprender-. ¿De qué habla?

– Ha estado excavando en el cementerio de la iglesia medieval buscando el cuerpo de Kivrin -explicó él amargamente-, buscando el grabador que le implantaste en la muñeca.

Mary no estaba escuchando.

– Quiero las gráficas de contacto -pidió al encargado. Se volvió hacia Dunworthy-. Badri estuvo en la excavación, ¿verdad?

– Sí.

– ¿Cuándo?

– El dieciocho y el diecinueve.

– ¿En el cementerio?

– Sí. Montoya y él abrieron la tumba de un caballero.

– Una tumba -dijo Mary, como si ésa fuera la respuesta a una pregunta. Se inclinó hacia Montoya-. ¿De cuándo era la tumba?

– De 1318 -contestó Montoya.

– ¿Ha estado trabajando en la tumba del caballero esta semana?

Montoya intentó asentir, pero se detuvo.

– Me mareo mucho cuando muevo la cabeza… Tuve que trasladar el esqueleto. Entraba agua en la tumba.

– ¿Qué día trabajó en la tumba?

Montoya frunció el ceño.

– No lo recuerdo. El día antes de las campanas, creo.

– El treinta y uno -intervino Dunworthy. Se inclinó hacia ella-. ¿Ha trabajado en la tumba desde entonces?

Ella intentó sacudir la cabeza otra vez.

– Las gráficas de contacto están aquí -anunció el encargado.

Mary se acercó rápidamente al mostrador y cogió el teclado. Pulsó varias teclas, miró la pantalla, volvió a teclear.

– ¿Qué pasa? -preguntó Dunworthy.

– ¿Cómo está el cementerio?

– ¿El cementerio? Hay barro. Ella lo ha cubierto con toldos, pero entraba mucha lluvia.

– ¿Hacía calor?

– Sí. Al menos eso dijo ella. Tenía varios calefactores eléctricos conectados. ¿Qué ocurre?

Ella pasó el dedo por la pantalla, buscando algo.

– Los virus son organismos extraordinariamente resistentes. Pueden permanecer latentes durante largos períodos de tiempo y revivir. Se han encontrado virus vivos en las momias egipcias -su dedo se detuvo en una fecha-. Lo que sospechaba. Badri estuvo en la excavación cuatro días antes de contraer el virus.

Se volvió hacia el encargado.

– Quiero que un equipo vaya a la excavación inmediatamente. Consiga permiso del Ministerio. Dígales que tal vez hayamos encontrado la fuente del virus -recuperó una nueva pantalla, pasó el dedo por los nombres, tecleó algo más y se echó hacia atrás, contemplando la pantalla-. Teníamos cuatro primarios sin ninguna conexión positiva con Badri. Dos de ellos estuvieron en la excavación cuatro días antes de pillar el virus. El otro visitó el lugar tres días antes.

– ¿El virus está en la excavación? -preguntó Dunworthy.

– Sí -Mary sonrió tristemente-. Me temo que, después de todo, Gilchrist tenía razón. El virus vino del pasado: de la tumba del caballero.

– Kivrin estuvo en la excavación.

Ahora fue Mary quien le miró sin comprender.

– ¿Cuándo?

– La tarde del domingo antes del lanzamiento. El diecinueve.

– ¿Estás seguro?

– Sí, me lo dijo antes de marcharse. Quería estropearse un poco las manos para que no parecieran tan cuidadas.

– Oh, Dios mío. Si estuvo expuesta cuatro días antes del lanzamiento, no había recibido aún su potenciación de leucocitos-T. Es posible que el virus se replicara e invadiera su sistema. Puede que lo haya pillado.

Dunworthy la agarró por el brazo.

– Pero eso es imposible. La red no la habría dejado pasar si hubiera el menor peligro de contagiar a los contemporáneos.

– No habría nadie a quien contagiar si el virus salió de la tumba del caballero -objetó Mary-. No si éste murió en 1318. Los contemporáneos ya lo habrían tenido. Serían inmunes -se acercó rápidamente a Montoya-. Cuando Kivrin visitó la excavación, ¿trabajó en la tumba?

– No lo sé, yo no estaba. Tuve una reunión con Gilchrist.

– ¿Quién podría saberlo? ¿Quién más estuvo allí ese día?

– Nadie. Todo el mundo se fue a casa por vacaciones.

– ¿Cómo sabía Kivrin lo que tenía que hacer?

– Los voluntarios se dejan notas unos a otros cuando se marchan.

– ¿Quién estuvo allí esa mañana? -intervino Mary.

– Badri -respondió Dunworthy, y se dirigió a Aislamiento.

Entró directamente en la habitación de Badri. Pilló desprevenida a la enfermera, que tenía los pies sobre las pantallas.

– No puede entrar sin RPE -advirtió.

Le siguió, pero Dunworthy ya estaba dentro.

Badri yacía reclinado en una almohada. Parecía débil y muy pálido, como si la enfermedad le hubiera quitado todo el color de la piel, pero levantó la cabeza cuando entró Dunworthy y empezó a hablar.

– ¿Trabajó Kivrin en la tumba del caballero? -le preguntó Dunworthy.

– ¿Kivrin? -su voz era tan débil que apenas se oía.

La enfermera llamó a la puerta.

– Señor Dunworthy, no puede entrar aquí…

– El lunes -insistió Dunworthy-. Fuiste a dejarle un mensaje donde le especificabas qué debía hacer. ¿Le pediste que trabajara en la tumba?

– Señor Dunworthy, se está usted exponiendo al virus…

Mary entró, poniéndose un par de guantes.

– No puedes estar aquí sin RPE, James.

– Se lo he dicho, doctora Ahrens, pero no me hizo caso y…

– ¿Le dejaste a Kivrin un mensaje en la excavación para que trabajara en la tumba? -insistió Dunworthy.

Badri asintió débilmente.

– Estuvo expuesta al virus -dijo Dunworthy a Mary-. El domingo. Cuatro días antes de partir.

– Oh, no -susurró Mary.

– ¿Qué ocurre? ¿Qué ha pasado? -preguntó Badri, e intentó incorporarse en la cama-. ¿Dónde está Kivrin? -miró de Dunworthy a Mary-. La sacaron, ¿verdad? Advirtieron lo sucedido y la rescataron, ¿no?

– Lo sucedido… -repitió Mary-. ¿A qué se refiere?

– Tienen que sacarla de allí -dijo Badri-. No está en 1320, sino en 1348.

25

– Eso es imposible -jadeó Dunworthy.

– ¿1348? -preguntó Mary, incrédula-. Pero qué dices. Ése es el año de la Peste Negra.

No puede estar en 1348, pensó Dunworthy. Andrews aseguró que el deslizamiento máximo era sólo de cinco años, y Badri confirmó las coordenadas de Puhalski.

– ¿1348? -repitió Mary. Dunworthy la vio mirar las pantallas tras Badri, como si esperara que estuviese delirando-. ¿Está seguro?

Badri asintió.

– Supe que algo fallaba en cuanto vi el deslizamiento… -parecía tan asombrado como Mary.

– No pudo producirse un deslizamiento tan importante como para que esté en 1348 -intervino Dunworthy-. Le pedí a Andrews que comprobara los parámetros. Dijo que el deslizamiento máximo era sólo de cinco años.

Badri sacudió la cabeza.