Lo miró ansiosamente, preguntándose si había comprendido algo de lo que le había dicho, si podría comprenderlo. En el siglo XIV no se sabía nada de los gérmenes, ni cómo se propagaban las enfermedades. Los contemporáneos creían que la Peste Negra era un juicio de Dios. Pensaban que se propagaba por las brumas venenosas que flotaban por el campo, por la mirada de un muerto, por arte de magia.
– Padre -llamó el clérigo, y Roche trató de acercarse a él, pero Kivrin se lo impidió.
– No podemos dejarlo morir -objetó el sacerdote.
Pero ellos sí lo han hecho, pensó Kivrin. Huyeron y lo han dejado allí. La gente abandonaba a sus propios hijos, y los médicos se negaban a acudir, y todos los sacerdotes huían.
Se agachó y cogió una de las tiras de tela que lady Imeyne había rasgado para su pócima.
– Cubrios la nariz y la boca con esto -dijo.
Se la tendió y él la miró, frunciendo el ceño, y luego la dobló y se la llevó a la cara.
– Atadla -indicó Kivrin, y cogió otra tira. La dobló en diagonal y se la colocó sobre la nariz y la boca como si fuera la máscara de un bandido, y se la ató por detrás-. Así.
Roche obedeció y miró a Kivrin. Ella se hizo a un lado y el sacerdote se inclinó sobre el clérigo y le colocó la mano sobre el pecho.
– No le toquéis más de lo necesario -advirtió ella.
Contuvo la respiración mientras Roche lo examinaba, temiendo que se sobresaltara de nuevo y agarrara a Roche, pero el enfermo no se movió. De las bubas de la axila había empezado a manar sangre y un lento pus verdoso.
Kivrin cogió a Roche por el brazo.
– No le toquéis -dijo-. Debe de haberse reventado mientras luchábamos con él.
Secó la sangre y el pus con una tercera tira de tela de Imeyne y vendó la herida con otra, sujetándola con fuerza al hombro. El clérigo no se quejó, y cuando ella le miró vio que estaba contemplando el techo, inmóvil.
– ¿Está muerto? -preguntó.
– No -dijo Roche. Le colocó de nuevo la mano sobre el pecho, y Kivrin comprobó que se alzaba y caía lentamente-. Debo traer los sacramentos -dijo a través de la máscara, y sus palabras resultaron casi tan confusas como las del clérigo.
No, pensó Kivrin, presa de pánico otra vez. No vayas. ¿Y si se muere? ¿Y si vuelve a levantarse?
Roche se incorporó.
– No temáis. Volveré.
Salió rápidamente, sin cerrar la puerta, y Kivrin se acercó a cerrarla. Oyó sonidos procedentes de abajo: las voces de Eliwys y Roche. Tendría que haberle dicho que no hablara con nadie.
– Quiero ir con Kivrin -lloriqueó Agnes y Rosemund le contestó con furia, gritando por encima del llanto.
– Se lo diré a Kivrin -la amenazó la niña pequeña, furiosa, y Kivrin empujó la puerta y la cerró por dentro.
Agnes no debe entrar aquí, ni Rosemund, ni nadie. No deben quedar expuestos. No había cura para la Peste Negra. La única manera de protegerlos era impedir que la contrajeran. Intentó recordar frenéticamente lo que sabía acerca de la peste. La había estudiado en Siglo Catorce, y la doctora Ahrens habló sobre el tema cuando la vacunó.
Había dos tipos distintos, no, tres: uno iba directamente a la sangre y mataba a la víctima en cuestión de horas. La peste bubónica se propagaba por las pulgas de las ratas, y ésa era la que producía las bubas. El otro tipo era neumónica, y no tenía bubas. La víctima tosía y vomitaba sangre, y ese tipo se propagaba por el aire y era sumamente contagiosa. Pero el clérigo tenía la peste bubónica, y ésa no era tan contagiosa. No se contagiaría por simple contacto: la pulga tenía que saltar de una persona a otra.
Tuvo una vívida imagen del clérigo cayendo sobre Rosemund, arrastrándola al suelo. ¿Y si cae enferma?, pensó. No puede, no puede contraerla. No hay cura.
El clérigo se agitó en la cama, y Kivrin se acercó a él.
– Tengo sed -dijo, humedeciéndose los labios con la lengua hinchada. Kivrin le trajo un cuenco de agua, y él dio unos cuantos sorbos ansiosos, luego se atragantó y se la escupió encima.
Kivrin retrocedió y se arrancó la máscara empapada. Es la bubónica, se dijo, frotándose frenéticamente el pecho. Este tipo no se contagia por la saliva. Además, no puedes contraer la peste, te han vacunado. Pero también había recibido las antivirales y su potenciación de leucocitos-T. Tampoco tendría que haber contraído el virus ni haber aterrizado en 1348.
– ¿Qué ha pasado? -susurró.
No podía ser el deslizamiento. Al señor Dunworthy le preocupó que no hicieran comprobaciones, pero incluso en el peor de los casos, el lanzamiento sólo se habría desviado unas semanas, no años. Algo tenía que haber fallado en la red.
El señor Dunworthy dijo que Gilchrist no sabía qué estaba haciendo: algo había salido mal y ella había aparecido en 1348, ¿pero por qué no habían abortado el lanzamiento en cuanto advirtieron que la fecha estaba equivocada?
Él señor Gilchrist tal vez no tuviera el sentido común necesario para sacarla de allí, pero Dunworthy sí. Ni siquiera quería que hiciera el salto. ¿Por qué no había vuelto a abrir la red?
Porque yo no estaba allí, pensó. Habrían tardado al menos dos horas en conseguir el ajuste. Para entonces ya se había perdido en el bosque. Pero Dunworthy habría mantenido la red abierta. No la habría vuelto a cerrar y esperado al encuentro. La habría mantenido abierta para ella.
Casi corrió a la puerta y levantó la barra. Tenía que encontrar a Gawyn. Tenía que obligarlo a decirle dónde estaba el lugar.
El clérigo se incorporó y pasó la pierna desnuda por encima de la cama como si quisiera seguirla.
– Ayudadme -murmuró, y trató de mover la otra pierna.
– No puedo ayudaros -contestó ella, furiosa-. No pertenezco a este lugar -sacó la barra de sus huecos-. Debo encontrar a Gawyn.
Pero en cuanto lo dijo, recordó que no estaba allí, que había ido a Courcy con el enviado del obispo y sir Bloet.
Con el enviado del obispo, que tenía tanta prisa que por poco se lleva a Agnes por delante.
Soltó la barra y se volvió hacia él.
– ¿Tenían los otros la peste? -inquirió-. ¿La tenía el enviado del obispo?
Recordó su cara gris y cómo tiritaba cuando se arrebujó en su capa. Los contagiaría a todos: a Bloet y su regañona hermana y las muchachas charlatanas. Y también a Gawyn.
– Sabíais que estabais enfermo cuando llegasteis, ¿verdad? ¿Lo sabíais?
El clérigo le tendió los brazos, como un niño.
– Ayudadme -pidió, y cayó hacia atrás, con la cabeza y el hombro casi fuera de la cama.
– No merecéis ninguna ayuda. Habéis traído la peste aquí.
Llamaron a la puerta.
– ¿Quién es? -preguntó, airada.
– Roche -contestó él a través de la puerta, y Kivrin sintió una oleada de alivio, de alegría por su regreso, pero no se movió. Miró al clérigo, todavía tendido a medias en la cama. Tenía la boca abierta, y su lengua hinchada le ocupaba toda la boca.
– Dejadme entrar. He de oír su confesión.
Su confesión.
– No -dijo Kivrin.
Él volvió a llamar, esta vez con más fuerza.
– No puedo dejaros entrar. Es contagioso. Podríais caer enfermo.
– Está en peligro de muerte -insistió Roche-. Debe ser perdonado para poder entrar en el cielo.
No va a ir al cielo, pensó Kivrin. Ha traído la peste.
El clérigo abrió los ojos. Los tenía inflamados e inyectados en sangre, y había un leve rumor en su respiración. Se está muriendo, pensó ella.
– Katherine -rogó Roche.