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Fue a la puerta y la abrió.

– ¡Maisry! -llamó.

No obtuvo respuesta, pero eso no significaba nada. Maisry probablemente estaba dormida o escondida, y el clérigo tenía la peste bubónica, que se propagaba por las pulgas, no la neumónica. Era posible que no hubiera contagiado a nadie, pero en cuanto Roche regresó, lo dejó con el clérigo y llevó el brasero abajo para coger carbones calientes. Y para asegurarse de que todas seguían sanas.

Rosemund y Eliwys estaban sentadas junto al fuego, con el bordado en el regazo, y lady Imeyne estaba junto a ellas, leyendo el Libro de las Horas. Agnes jugaba con su carrito, empujándolo de un lado a otro sobre las losas de piedra y hablándole. Maisry dormía en uno de los bancos cerca de la mesa, con la cara enfurruñada incluso en sueños.

Agnes atropelló el pie de Imeyne con el carrito y la anciana la miró de mal talante.

– Te quitaré el juguete si no sabes jugar tranquila, Agnes -la regañó, y lo brusco de su reprimenda, la sonrisita rápidamente reprimida de Rosemund, el sano tono sonrosado de sus caras a la luz del fuego resultaron inefablemente tranquilizadores para Kivrin. Era como cualquier otro día en la mansión.

Eliwys no cosía. Cortaba el lino en largas tiras con las tijeras y miraba constantemente hacia la puerta. La voz de Imeyne, al leer el Libro de las Horas, tenía un tono de preocupación, y Rosemund, mientras rasgaba el lino, miraba ansiosamente a su madre. Eliwys se levantó y se dirigió a la puerta. Kivrin se preguntó si había oído llegar a alguien, pero un momento después volvió a su asiento y continuó su tarea con el lino.

Kivrin bajó las escaleras en silencio, pero no lo suficiente. Agnes abandonó su carrito y se le acercó corriendo.

– ¡Kivrin! -gritó, y se abalanzó hacia ella.

– ¡Cuidado! -advirtió Kivrin, manteniéndola a raya con la mano libre-. Son carbones calientes.

No estaban calientes, por supuesto. Si lo hubiesen estado, no habría bajado para cambiarlos por otros, pero Agnes retrocedió unos cuantos pasos.

– ¿Por qué lleváis una máscara? ¿Me contaréis una historia?

Eliwys se había levantado también, e incluso Imeyne se volvió a mirarla.

– ¿Cómo está el clérigo del obispo? -preguntó Eliwys.

En pleno tormento, quiso decir.

– La fiebre le ha bajado un poco -respondió en cambio-. Todas debéis manteneros apartadas de mí. La infección podría estar en mi ropa.

Las mujeres se levantaron, incluso Imeyne, que cerró el Libro de las Horas sobre su relicario, y se apartaron del hogar para observarla.

El tronco de Navidad estaba todavía en el fuego. Kivrin usó su falda para quitar la tapa del brasero y arrojó los carbones grises al borde del hogar. Se levantó ceniza, y uno de los carbones golpeó el tronco, rebotó y rodó por el suelo.

Agnes se echó a reír, y todas observaron cómo rodaba el carbón por el suelo hasta quedar bajo un banco, excepto Eliwys, que se había vuelto hacia la puerta.

– ¿Ha regresado Gawyn con los caballos? -preguntó Kivrin, y entonces se arrepintió de haberlo hecho. Ya sabía la respuesta por la expresión forzada de Eliwys, y la pregunta hizo que Imeyne se volviera a mirarla fríamente.

– No -contestó Eliwys sin volver la cabeza-. ¿Creéis que los otros miembros de la partida del obispo estaban también enfermos?

Kivrin pensó en la tez grisácea del obispo, en la expresión abotargada del fraile.

– No lo sé.

– El tiempo empeora -observó Rosemund-. Tal vez Gawyn prefirió pasar allí la noche.

Eliwys no respondió. Kivrin se arrodilló junto al fuego y agitó los carbones con el pesado atizador, sacando las ascuas a la superficie. Intentó pasarlas al brasero, usando el atizador, y luego renunció a ello y los recogió con la tapa del brasero.

– Tú nos has traído esto -la acusó Imeyne.

Kivrin levantó la cabeza. El corazón le latía con fuerza, pero Imeyne no se dirigía a ella. Miraba a Eliwys.

– Son tus pecados los que nos han traído este castigo.

Eliwys se volvió a mirar a Imeyne, y Kivrin esperó que en su rostro asomara la sorpresa o la furia, pero no fue así. Miraba a su suegra sin interés, como si su mente estuviera en otra parte.

– El Señor castiga a los adúlteros y a toda su casa -manifestó Imeyne-, y ahora te castiga -agitó el Libro de las Horas delante de su cara-. Es tu pecado lo que ha traído la peste.

– Fuisteis vos quien mandó llamar al obispo -adujo Eliwys fríamente-. No estabais contenta con el padre Roche. Fuisteis vos quien los trajo aquí, y a la peste con ellos.

Dio media vuelta y se dirigió a la puerta.

Imeyne permaneció en pie, envarada, como si hubiera recibido un golpe, y regresó al banco donde estaba sentada. Se puso de rodillas y sacó el relicario de su libro y se pasó la cadena por los dedos.

– ¿Me contaréis una historia ahora? -le preguntó Agnes a Kivrin.

Imeyne apoyó los codos en el banco y apretó la frente contra sus manos.

– Contadme una historia de la doncella valiente.

– Mañana. Te contaré una historia mañana -prometió Kivrin, y se llevó el brasero escaleras arriba.

Al clérigo le había vuelto a subir la fiebre. Deliraba, gritando los versículos de la misa de difuntos como si fueran obscenidades. Pedía agua incesantemente, y Roche primero, y luego Kivrin, fueron al patio para traer más.

Kivrin bajó de puntillas las escaleras, llevando el cubo y una vela. Esperaba que Agnes no la viera, pero todas estaban dormidas excepto lady Imeyne. Estaba de rodillas rezando, con la espalda recta e inmisericorde. Tú nos has traído esto.

Kivrin salió al oscuro patio. Sonaban dos campanas, levemente descompasadas, y se preguntó si eran vísperas o si anunciaban un funeral. Había un cubo medio lleno de agua junto al pozo, pero lo vació y sacó agua fresca. Dejó el cubo junto a la puerta de la cocina y entró a buscar algo de comer. Las gruesas telas que usaban para cubrir la comida cuando la transportaban a la casa yacían en un extremo de la mesa. Recogió en una pan y un trozo de carne fría y la ató por las esquinas, y después recogió el resto y lo llevó todo escaleras arriba. Comieron sentados en el suelo delante del brasero y al primer bocado Kivrin se sintió reconfortada.

El clérigo también parecía haber mejorado. Volvió a quedarse dormido, y luego lo asaltó un sudor frío. Kivrin lo lavó con uno de los burdos paños de cocina; él suspiró como si le sentara bien, y acabó durmiéndose. Cuando volvió a despertar, le había bajado la fiebre. Acercaron el cofre a la cama y colocaron una lámpara de sebo encima, y Roche y ella se sentaron junto al enfermo por turnos, y descansaron en el asiento de la ventana. Hacía demasiado frío para dormir, pero Kivrin se acurrucó contra el alféizar de piedra y echó una cabezada, y cada vez que despertaba el clérigo parecía algo más recuperado.

Había leído en Historia de la Medicina que si se abrían las bubas a veces se salvaba al paciente. A él ya no le supuraba la herida y tampoco hacía ruido al respirar. Tal vez no moriría después de todo.

Algunos historiadores pensaban que la Peste Negra no había matado a tanta gente como indicaban los registros. El señor Gilchrist opinaba que las estadísticas habían sido muy exageradas por el miedo y la ignorancia, e incluso si eran correctas, la peste no había matado a la mitad de cada aldea. Algunos lugares sólo tuvieron uno o dos casos. En algunas aldeas no había muerto nadie.

Habían aislado al clérigo en cuanto comprendió qué enfermedad era, y ella había conseguido que Roche no se acercara demasiado. Habían tomado todas las precauciones posibles. Y no se había convertido en neumónica. Tal vez con eso bastaría, y lo habían detenido a tiempo. Tenía que decirle a Roche que cerrara la aldea, que impidiera que entrara nadie, y tal vez la peste pasaría de largo. Había sucedido. Aldeas enteras habían quedado intactas, y en algunas partes de Escocia la peste no llegó jamás.