Debió de quedarse dormida. Cuando despertó, amanecía y Roche se había marchado. Miró hacia la cama. El clérigo yacía completamente inmóvil, con los ojos abiertos, y ella pensó ha muerto y Roche ha ido a cavar su tumba, pero vio que las mantas subían y bajaban sobre el pecho del enfermo. Le buscó el pulso. Era tan rápido y débil que apenas lo sintió.
La campana empezó a sonar y Kivrin advirtió que Roche debía de haber ido a decir maitines. Se puso la máscara sobre la nariz y se inclinó sobre la cama.
– Padre -dijo suavemente, pero él no dio ninguna muestra de oírla. Le puso la mano en la frente. La fiebre había vuelto a bajarle, pero el tacto de la piel no parecía normal. Estaba seca, como de papel, y las hemorragias de las piernas y brazos se habían oscurecido y extendido. Su lengua hinchada asomaba entre los dientes, horriblemente amoratada.
Olía fatal, un hedor nauseabundo que ella percibía incluso a través de la máscara. Kivrin se subió al asiento de la ventana y desató el lino encerado. El aire fresco olía maravillosamente, fresco y penetrante, y se asomó al alféizar e inhaló profundamente.
No había nadie en el patio, pero mientras se embebía del aire fresco y límpido, Roche apareció en la puerta de la cocina, con un cuenco humeante. Se dirigió a la puerta de la casa, y al hacerlo, apareció lady Eliwys. Le dijo algo a Roche, y él se dirigió a la dama y entonces se detuvo y se puso la máscara antes de responderle. Intenta mantenerse apartado de la gente por todos los medios, pensó Kivrin. Entró en la casa, y Eliwys se dirigió al pozo.
Kivrin ató la tela a un lado de la ventana y buscó algo para agitar el aire. Se bajó del alféizar, cogió uno de los trapos que había traído de la cocina y se subió de nuevo.
Eliwys estaba todavía junto al pozo, llenando el cubo. Se detuvo, agarrada a la cuerda, y se volvió a mirar hacia el portón. Gawyn estaba entrando, llevaba a su caballo de la brida.
Se detuvo al verla; Gringolet chocó con él y sacudió la cabeza, molesto. La expresión de Gawyn era la misma de siempre, llena de esperanza y anhelo, y Kivrin sintió un arrebato de furia porque no había cambiado, ni siquiera ahora. No lo sabe, pensó. Acaba de regresar de Courcy. Sintió piedad por él, de que tuviera que enterarse, de que Eliwys debiera decírselo.
Eliwys subió el cubo hasta el borde del pozo y Gawyn dio un paso más hacia ella, sujetando la brida de Gringolet, y entonces se detuvo.
Lo sabe, pensó Kivrin. Sí que lo sabe. El enviado del obispo ha caído, y él ha vuelto a casa para advertirlas. De pronto se dio cuenta de que no había traído los caballos consigo. El fraile tiene la peste, y los demás han huido.
Vio cómo Eliwys colocaba el pesado cubo en el borde de piedra del pozo, sin moverse. Gawyn haría cualquier cosa por ella, pensó Kivrin, cualquier cosa, la rescataría de un centenar de asesinos en el bosque, pero no puede salvarla de esto.
Gringolet, por llegar al establo, sacudió la cabeza. Gawyn le acarició el hocico para tranquilizarlo, pero era demasiado tarde. Eliwys ya lo había visto.
Soltó el cubo, que aterrizó con un golpe que incluso Kivrin oyó, y se arrojó en sus brazos. Kivrin se llevó la mano a la boca.
Llamaron a la puerta. Kivrin fue a abrirla. Era Agnes.
– ¿No me contaréis una historia ahora? -dijo. Estaba muy desaliñada. Nadie la había peinado desde el día anterior. El cabello le asomaba por debajo de la gorrita de lino, y era evidente que había dormido junto al hogar. Llevaba una mancha de ceniza en una manga.
Kivrin resistió la urgencia de limpiarla.
– No puedes entrar -advirtió, manteniendo la puerta apenas entreabierta-. Te pondrías enferma.
– No hay nadie para jugar conmigo. Madre ha salido y Rosemund todavía duerme.
– Tu madre sólo ha ido a buscar agua. ¿Dónde está tu abuela?
– Rezando -extendió la mano hacia su falda, y Kivrin se apartó.
– No me toques -ordenó bruscamente.
Agnes hizo un puchero.
– ¿Por qué estáis enfadada conmigo?
– No estoy enfadada contigo -dijo Kivrin, con más amabilidad-. Pero no puedes entrar. El clérigo está muy enfermo, y todos los que se acerquen a él pueden… -no había ninguna posibilidad de explicar el contagio a Agnes-…pueden enferman también.
– ¿Morirá? -preguntó Agnes, intentando asomarse a la puerta.
– Creo que sí.
– ¿Y vos?
– No -contestó, y advirtió que ya no estaba asustada-. Rosemund despertará pronto. Pídele a ella que te cuente una historia.
– ¿Morirá el padre Roche?
– No. Ve y juega con tu carrito hasta que despierte Rosemund.
– ¿Me contaréis una historia cuando se muera el clérigo?
– Sí. Vete abajo.
Agnes bajó tres escalones de mala gana, agarrándose a la pared.
– ¿Moriremos todos? -preguntó.
– No -respondió Kivrin. No si puedo evitarlo. Cerró la puerta y se apoyó contra ella.
El clérigo continuaba inconsciente, todo su ser volcado hacia el interior en una batalla con un enemigo completamente desconocido para su sistema inmunológico, y contra el que no tenía defensas.
Volvieron a llamar a la puerta.
– Vete abajo, Agnes -dijo Kivrin, pero era Roche, con el cuenco de comida que había cogido en la cocina y un puñado de ascuas. Las echó al brasero y se arrodilló para soplarlas.
Le tendió el cuenco a Kivrin. Estaba tibio y olía fatal. Se preguntó qué le había puesto para bajar la fiebre.
Roche se levantó y cogió el cuenco, y trataron de darle de comer al clérigo, pero el guiso le resbalaba por la lengua hinchada y por las comisuras de la boca.
Alguien llamó a la puerta.
– Agnes, te he dicho que no puedes entrar aquí -espetó Kivrin impaciente, tratando de limpiar las mantas.
– Abuela me envía para deciros que vayáis.
– ¿Está enferma lady Imeyne? -preguntó Roche. Se dirigió a la puerta.
– No. Es Rosemund.
El corazón de Kivrin empezó a latir desbocado.
Roche abrió la puerta, pero Agnes no entró. Se quedó en el rellano, mirándole la máscara.
– ¿Está enferma Rosemund? -preguntó Roche con ansiedad.
– Se ha caído.
Kivrin bajó corriendo las escaleras.
Rosemund estaba sentada en uno de los bancos junto al hogar, y lady Imeyne le hacía compañía.
– ¿Qué ha pasado? -demandó Kivrin.
– Me he caído -dijo Rosemund, atónita-. Me he hecho daño en el brazo -lo mostró. Tenía el codo extrañamente doblado.
Lady Imeyne murmuró algo.
– ¿Qué? -dijo Kivrin, y advirtió que la anciana estaba rezando. Buscó a Eliwys. No estaba allí. Sólo Maisry se agazapaba aterrada junto a la mesa, y Kivrin pensó que a lo mejor Rosemund había tropezado con ella.
– ¿Tropezaste con algo? -preguntó.
– No -contestó Rosemund, todavía aturdida-. Me duele la cabeza.
– ¿Te diste un golpe?
– No -se subió la manga-. Me golpeé el codo con las piedras.
Kivrin le subió la manga hasta el codo. Tenía una magulladura, pero no había sangre. Se preguntó si se lo habría roto. Lo sujetaba en un ángulo extraño.
– ¿Duele? -preguntó, moviéndolo con suavidad.
– No.
Dobló el brazo.
– ¿Y esto?
– No.
– ¿Puedes mover los dedos?
Rosemund los movió uno por uno, con el brazo todavía torcido. Kivrin frunció el ceño, asombrada. Podía ser una luxación, pero no creía que pudiera moverlo tan fácilmente.
– Lady Imeyne, ¿podéis llamar al padre Roche?
– No será de ninguna ayuda -despreció Imeyne, pero se encaminó hacia las escaleras.