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Parecía indignado, pero también cansado, preocupado. Dunworthy lo imaginó acechando en los pasillos y sentado en la sala de espera, aguardando noticias. No era extraño que pareciera mayor.

– Y ahora la señora Gaddson me dice que sólo le diga buenas noticias, porque las malas noticias pueden hacerle recaer, y si se muriera sería por mi culpa.

– Ya veo que la señora Gaddson sigue elevando la moral -sonrió Dunworthy-. Supongo que no hay ninguna posibilidad de que contraiga el virus, ¿no?

Colin pareció sorprendido.

– La epidemia ha acabado -dijo-. Van a levantar la cuarentena la semana que viene.

El análogo había llegado, después de todas las súplicas de Mary. Se preguntó si habría llegado a tiempo para ayudar a Badri, y entonces pensó cuáles serían las malas noticias que la señora Gaddson no quería que le dijeran. Ya me la han dicho. Se ha perdido el ajuste y Kivrin está en 1348.

– Dame alguna buena noticia -pidió.

– Bueno, nadie ha caído enfermo desde hace dos días, y los suministros por fin han pasado, así que ya tenemos algo decente para comer.

– Ya veo que llevas ropa nueva.

Colin miró la chaqueta verde.

– Es uno de los regalos de Navidad de mi madre. Los envió después… -se detuvo y frunció el ceño-. Me envió más vids, y un juego de máscaras también.

Dunworthy se preguntó si habría esperado a que la epidemia hubiera pasado efectivamente antes de molestarse en enviar los regalos de Colin, y qué habría dicho Mary al respecto.

– Mire -dijo Colin, incorporándose-. La chaqueta se cierra automáticamente. Sólo hay que tocar el botón, así. Ya no tendrá que volver a decirme que me abroche.

La enfermera llegó entre crujidos.

– ¿Le ha despertado? -demandó.

– ¿Lo ve? -murmuró Colin-. Yo no he sido, hermana. Estuve tan callado que ni siquiera se oía cómo pasaba las páginas.

– No me despertó, y no me está molestando -intervino Dunworthy antes de que ella pudiera hacerle la siguiente pregunta-. Sólo me está contando las buenas noticias.

– No tendrías que decirle nada al señor Dunworthy. Debe descansar -advirtió ella, y colgó una bolsa de líquido claro en el gotero-. El señor Dunworthy sigue demasiado enfermo para que lo molesten las visitas -empujó a Colin hacia la salida.

– Si le preocupan tanto las visitas, ¿por qué no impide que la señora Gaddson le lea la Biblia? -protestó Colin-. Eso pondría enfermo a cualquiera -se detuvo en la puerta, mirando a la enfermera-. Volveré mañana. ¿Quiere que le traiga algo?

– ¿Cómo está Badri? -preguntó Dunworthy, y se preparó para la respuesta.

– Mejor. Estaba casi recuperado, pero tuvo una recaída. Ahora está mucho mejor. Quiere verle.

– No -dijo Dunworthy, pero la enfermera ya había cerrado la puerta.

«No es culpa de Badri», había dicho Mary, y por supuesto tenía razón. La desorientación era uno de los primeros síntomas. Recordó que había sido incapaz de marcar el número de Andrews, que la señora Piantini cometía un error tras otro con las campanillas, y murmuraba «Lo siento» sin cesar.

– Lo siento -murmuró. No fue culpa de Badri. Fue suya. Le preocupaban tanto los cálculos del estudiante que contagió a Badri sus temores, tanto que Badri decidió volver a introducir las coordenadas. Colin había dejado su libro en la cama. Dunworthy lo acercó. Parecía imposiblemente pesado, tanto que el brazo le tembló por el esfuerzo de abrirlo, pero lo apoyó contra la baranda de la cama y pasó las páginas, casi ilegibles desde el ángulo en que se hallaba, hasta que encontró lo que buscaba. La Peste Negra había golpeado Oxford en Navidad. Por ello habían cerrado las universidades y los que pudieron huir a las aldeas vecinas llevaron la epidemia consigo. Los que no pudieron marcharse cayeron a miles, de modo que «no quedó nadie para hacerse cargo ni para enterrar a los muertos». Y los pocos que quedaron se atrincheraron en los colegios, escondiéndose y buscando a alguien a quien echar la culpa.

Se quedó dormido con las gafas puestas, pero cuando la enfermera se las quitó, se despertó. Era la enfermera de William, y le sonrió.

– Lo siento -dijo, guardándolas en el cajón-. No quería despertarlo.

Dunworthy la miró.

– Colin dice que la epidemia ha pasado.

– Sí -confirmó ella, sin perder de vista las pantallas que había tras él-. Descubrieron la fuente del virus y consiguieron el análogo al mismo tiempo; menos mal. Probabilidad estimaba una tasa de incidencia del ochenta y cinco por ciento y del treinta y dos por ciento de mortalidad incluso con antimicrobiales y potenciación de leucocitos-T, y eso sin tener en cuenta la escasez de suministros y el elevado número de miembros del personal enfermos. Tuvimos casi el diecinueve por ciento de mortalidad y un buen número de casos siguen siendo críticos.

Le cogió la muñeca y miró la pantalla.

– Le ha bajado un poco la fiebre -anunció-. Tiene mucha suerte, ¿sabe? El análogo no funcionó en todo el mundo que estaba ya infectado. La doctora Ahrens… -dijo, y entonces se interrumpió. Él se preguntó qué habría dicho Mary. Que la palmaría-. Tiene usted mucha suerte -repitió-. Ahora intente dormir.

Durmió, y cuando volvió a despertar, la señora Gaddson estaba junto a él, preparada para arremeter con su Biblia.

– «Caerán sobre ti todas las plagas de Egipto -leyó en cuanto Dunworthy abrió los ojos-. También cada enfermedad y cada epidemia, hasta que seas destruido.»

– «Y serás entregado a las manos del enemigo» -murmuró Dunworthy.

– ¿Qué? -preguntó la señora Gaddson.

– Nada.

Había perdido por dónde iba. Pasó las páginas de un lado a otro, buscando las pestes, y empezó a leer.

– … por eso Dios envió a Su único Hijo al mundo.

Dios nunca le habría enviado si hubiera sabido lo que sucedería. Herodes y la matanza de los inocentes y Getsemaní.

– Léame a san Mateo -pidió-. Capítulo 26, versículo 39.

La señora Gaddson se interrumpió, irritada, y luego buscó a Mateo entre las páginas.

– «Y avanzando un poco más, cayó sobre su rostro y oraba, diciendo: "Padre mío, si es posible, haz que pase de mí este cáliz."»

Dios no sabía dónde estaba Su Hijo, pensó Dunworthy. Había enviado a Su único Hijo al mundo, y algo había salido mal con el ajuste, alguien había desconectado la red, y no pudo recuperarlo; lo arrestaron, le pusieron una corona de espinas en la cabeza y lo clavaron en una cruz.

– Capítulo 27, versículo 46.

Ella frunció los labios y pasó la página.

– Realmente no creo que estas Lecturas sean apropiadas para…

– Lea.

– «Y hacia la hora nona, gritó Jesús con fuerte voz, diciendo: "Eloi, Eloi, lama sabacthani?", que quiere decir: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?"»

Kivrin no sabría lo qué había sucedido. Pensaría que había equivocado el lugar o el momento, que de algún modo había perdido la cuenta de los días durante la peste, que algo había ido mal con el lanzamiento. Pensaría que la habían olvidado.

– ¿Bien? -dijo la señora Gaddson-. ¿Alguna otra petición?

– No.

La señora Gaddson volvió al Antiguo Testamento.

– «Pues caerán por la espada, por el hambre y por la peste -siguió leyendo-. El mayor pecador morirá de peste.»

A pesar de todo, Dunworthy se durmió, y cuando despertó por fin ya no era la tarde interminable. Seguía lloviendo, pero ahora había sombras en la habitación y las campanas daban las cuatro. La enfermera de William le ayudó a ir al cuarto de baño. El libro había desaparecido y se preguntó si William había vuelto sin que lo recordara, pero cuando la enfermera abrió la puerta de la mesilla de noche para coger sus zapatillas, lo vio allí. Le pidió que le levantara la cama para estar más incorporado, y cuando ella se marchó se puso las gafas y sacó el libro.