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Kivrin bajó el resto de las escaleras y se dirigió de puntillas hacia los tabiques; sus pasos resonaban en la paja reseca esparcida por el suelo. Los tabiques formaban una división, una pared interna que aislaba la corriente de la puerta.

A veces formaban una habitación separada, con camas a cada lado, pero aquí sólo había un estrecho corredor, con ganchos donde colgar la ropa. Ahora no había ninguna. Bien, pensó Kivrin, se han ido todos.

La puerta estaba abierta. En el suelo había un par de viejas botas, un cubo de madera y el carrito de Agnes. Kivrin se detuvo en la pequeña antesala para recuperar el aliento, ya jadeante, deseando poder sentarse un instante, y luego se asomó con sumo cuidado a la puerta y salió.

No había nadie en el patio. Estaba enlosado con piedras planas amarillas, pero el centro, donde había una fuente, estaba cubierto de barro. Había huellas de cascos y de pisadas, y varios charcos de agua fangosa. Una gallina escuálida y de aspecto roñoso bebía intrépidamente en uno de los charcos. Las gallinas sólo se criaban por los huevos. Los palomos y pichones eran las principales aves comestibles del siglo XIV.

Y allí estaba el palomar junto a la puerta, y el edificio con tejado de paja de al lado debía de ser la cocina, y los otros edificios más pequeños los almacenes. El establo, con sus amplias puertas, se encontraba al otro lado, y luego había un estrecho pasaje, y el gran granero de piedra.

Probó primero con el establo. El cachorrito de Agnes salió trotando a recibirla, ladrando feliz, y ella tuvo que volver a meterlo dentro rápidamente y cerrar el pesado portón de madera. Evidentemente, Gawyn no estaba allí dentro. Tampoco estaba en el granero, ni en la cocina o los otros edificios, el mayor de los cuales resultó ser el lagar. Agnes había dicho que él no iba a ir a la procesión para cortar el tronco de Nochebuena como si fuera algo sabido, y Kivrin había supuesto que se quedaría para proteger la casa, pero ahora se preguntó si habría acompañado a Eliwys a visitar al campesino.

Si lo ha hecho, tendré que buscar yo sola el lugar del lanzamiento, pensó. Se dirigió de nuevo hacia el establo, pero a mitad de camino se detuvo. No podría subirse a un caballo ella sola, sintiéndose tan débil, y si llegaba a conseguirlo, estaría demasiado mareada para sostenerse. Y demasiado mareada para ir a buscar el lugar. Pero tengo que hacerlo, pensó. Todos se han ido, y va a nevar.

Miró hacia la puerta y luego al pasaje entre el granero y el establo, preguntándose qué camino debía tomar. Habían venido bajando por una colina, y habían dejado atrás una iglesia; recordaba el tañido de la campana. No se había fijado en la puerta ni en el patio, pero ése era probablemente el camino que habían seguido.

Cruzó el empedrado, haciendo que la gallina huyera frenéticamente al refugio del pozo, y contempló el camino desde la puerta. Cruzaba un estrecho arroyo con un puente de troncos y se perdía hacia el sur entre los árboles. Pero no había ninguna colina, ninguna iglesia, ninguna indicación de que ése fuera el camino hacia el lugar del lanzamiento.

Tenía que haber una iglesia. Había oído la campana cuando estaba tendida en la cama. Volvió a entrar en el patio y siguió el sendero fangoso. El sendero pasaba por una pocilga con dos cerdos sucios, y el excusado, inconfundible por su hedor, y Kivrin temió que el senderito fuera sólo el camino hacia el retrete, pero por suerte rodeaba el excusado y daba a un prado.

Y allí estaba la aldea. Y también la iglesia, al fondo del prado, tal como Kivrin la recordaba, y tras ella se encontraba la colina por donde habían bajado.

El prado no parecía tal. Era un espacio despejado con cabañas a un lado y el arroyo flanqueado de sauces al otro, pero había una vaca pastando lo que quedaba de hierba y una cabra atada a un gran roble sin hojas.

Las cabañas se alzaban entre pilas de heno y montones de barro, cada vez más pequeñas y deformes a medida que se alejaban de la mansión, pero incluso la más cercana a ella, que debía de ser la del senescal, no era más que una choza. Todo era más pequeño y sucio y destartalado que las ilustraciones de los vids de historia. Sólo la iglesia tenía el aspecto que se le suponía.

El campanario estaba separado, entre el patio de la iglesia y el prado. Era evidente que lo habían construido después que la iglesia, con sus ventanas normandas de medio punto y su piedra gris. La torre era alta y redonda, y la piedra de construcción era más amarilla, casi dorada.

Un sendero, no mucho más ancho que la trocha del lugar de lanzamiento, se perdía colina arriba, hacia el bosque.

Por ahí vinimos, pensó Kivrin, y cruzó el prado, pero en cuanto dejó atrás el granero, el viento la asaltó. Le atravesó la capa como si no llevara nada, y pareció apuñalarle el pecho. Se apretó la capa en torno al cuello, la sostuvo con la mano plana contra el pecho y continuó.

La campana del suroeste empezó a sonar otra vez. Se preguntó qué significaba. Eliwys e Imeyne habían hablado al respecto, pero eso fue antes de que Kivrin pudiera comprender lo que decían, y cuando comenzó a sonar de nuevo el día anterior, Eliwys actuó como si no la oyera. Tal vez tenía que ver con el Adviento. Se suponía que las campanas tenían que sonar al anochecer en Nochebuena y luego durante una hora antes de la medianoche, según sabía Kivrin. Tal vez sonaban también en otros momentos durante el Adviento.

El sendero estaba embarrado y resbaladizo. A Kivrin empezó a dolerle el pecho. Apretó la mano con más fuerza y continuó, intentando darse prisa. Distinguió movimiento más allá de los campos. Serían campesinos que volvían con el tronco de Nochebuena, o de recoger a los animales. No lo veía bien. Parecía que allí ya estaba nevando. Debía apresurarse.

El viento le agitó la capa y levantó hojas muertas a su paso. La vaca se marchó, la cabeza gacha, hacia el refugio de las chozas. No eran ningún refugio. Apenas parecían más altas que Kivrin, como si hubieran sido hechas con estacas y puestas en ese sitio, y no detenían al viento en absoluto.

La campana siguió sonando, un repique lento y firme, y Kivrin advirtió que había reducido el paso para seguir su compás. No debía hacer eso. Tenía que darse prisa. Pero correr hacía que el dolor fuera tan intenso que empezó a toser. Se detuvo, se dobló por la tos.

No lo conseguiría. No seas tonta, se dijo, tienes que encontrar el sitio. Estás enferma. Tienes que volver a casa. Llega hasta la iglesia y descansa dentro un momentito.

Reemprendió la marcha, deseando no toser, pero no le fue posible. No podía respirar. No podía llegar a la iglesia, mucho menos al lugar de recogida. Tienes que hacerlo, se gritó por encima del dolor. Esfuérzate.

Se detuvo otra vez, doblada de dolor. Antes le preocupaba que algún campesino saliera de una de las chozas, pero ahora deseaba que alguien lo hiciera para que la ayudara a volver a la casa. No había nadie. Todos estaban lejos, cogiendo el tronco de Nochebuena y reuniendo a los animales. Miró hacia los campos. Las distantes figuras de antes habían desaparecido.

Estaba frente a la última cabaña Tras ella había un puñado de cobertizos ruinosos donde no esperaba que viviera nadie. Debían de ser graneros y corrales, y tras ellos, seguramente no muy lejos, estaba la iglesia. Tal vez si voy despacio, pensó, y se encaminó hacia la iglesia de nuevo. Todo el pecho le dolía a cada paso. Se detuvo, tambaleándose un poco, pensando no debo desmayarme. Nadie sabe que estoy aquí.

Se volvió y miró hacia la mansión. Ni siquiera podría regresar al salón. Tengo que sentarme, pensó, pero no había ningún sitio donde hacerlo en el sendero embarrado. Lady Eliwys estaba atendiendo al campesino; lady Imeyne, las niñas y toda la aldea estaban cortando el tronco de Nochebuena. Nadie sabe que estoy aquí.