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– Está dormido.

– Y tú deberías dormir también. No me refiero a ahora mismo -le palmeó el brazo-. No hay necesidad de esperar hasta las siete. Enviaré a alguien para que te extraiga sangre y te haga un PB, así podrás irte a dormir -le cogió la muñeca y miró el monitor temp-. ¿Escalofríos?

– No.

– ¿Dolor de cabeza?

– Sí.

– Eso es porque estás agotado -le soltó la muñeca-. Enviaré a alguien ahora mismo.

Miró a Colin, tendido en el suelo.

– Habrá que hacerle análisis a Colin también, al menos hasta que estemos seguros de que se transmite por vaporización.

Colin dormía con la boca abierta, pero todavía tenía el chicle en la mejilla. Dunworthy se preguntó si podría ahogarse.

– ¿Qué hay de tu sobrino? ¿Quieres que me lo lleve a Balliol?

Ella se lo agradeció sinceramente.

– ¿De verdad? Me sabe mal que tengas que cargar con él, pero dudo que pueda llegar a casa hasta que esto quede bajo control -suspiró-. Pobrecillo. Espero no estropearle demasiado las Navidades.

– Yo no me preocuparía demasiado al respecto.

– Bueno, te lo agradezco mucho. Me encargaré de las pruebas inmediatamente.

Se marchó. Colin se sentó en el suelo al instante.

– ¿Qué tipo de pruebas? -preguntó-. ¿Significa eso que tengo el virus?

– Sinceramente, espero que no -dijo Dunworthy, pensando en la cara roja de Badri, su respiración entrecortada.

– Pero podría ser.

– Las posibilidades son muy remotas. Yo no me preocuparía.

– No estoy preocupado -Colin extendió el brazo-. Creo que tengo un sarpullido -dijo ansiosamente, señalando una peca.

– Eso no es un síntoma del virus. Recoge tus cosas. Te llevaré conmigo a casa después de las pruebas -recogió la bufanda y el abrigo de las sillas donde los había colocado.

– ¿Cuáles son los síntomas, entonces?

– Fiebre y dificultad para respirar -dijo Dunworthy. La bolsa de la compra de Mary estaba en el suelo, junto a la silla de Latimer. Decidió que lo mejor sería llevársela.

Entró la enfermera, con su bandeja de muestras.

– Me noto caliente -dijo Colin. Se agarró la garganta dramáticamente-. No puedo respirar.

La enfermera dio un sobresaltado paso hacia atrás, haciendo tintinear la bandeja.

Dunworthy agarró a Colin por el brazo.

– No se alarme -le dijo a la enfermera-. Es sólo un caso de envenenamiento por chicle.

Colin sonrió y se levantó la manga intrépidamente para someterse al análisis de sangre, luego metió el jersey en la mochila y sacó la chaqueta, todavía mojada, mientras Dunworthy pasaba su análisis.

– La doctora Ahrens ha dicho que no tienen que esperar a los resultados -anunció la enfermera, y se marchó.

Dunworthy se puso el abrigo, recogió la bolsa de Mary y guió a Colin pasillo abajo. No vio a Mary en ninguna parte, pero había dicho que no tenían que esperar, y de pronto se sintió tan cansado que apenas se mantenía en pie.

Salieron. Empezaba a amanecer y todavía llovía. Dunworthy vaciló bajo el porche del hospital, preguntándose si debería llamar a un taxi, pero no tenía ganas de que Gilchrist apareciera para hacerse los análisis mientras ellos esperaban y tener que escuchar sus planes para enviar a Kivrin a la Peste Negra y la batalla de Agincourt. Sacó el paraguas plegable de Mary de su bolsa y lo abrió.

– Gracias a Dios que todavía está aquí -exclamó Montoya, que frenaba su bicicleta, salpicando agua-. Tengo que encontrar a Basingame.

Eso nos pasa a todos, pensó Dunworthy, preguntándose dónde había estado durante todas aquellas conversaciones telefónicas.

Se bajó de la bici, la colocó en la barra, y echó el candado.

– Su secretaria dijo que nadie sabe dónde está. ¿Se imagina?

– Sí. Llevo todo el día de hoy… de ayer, intentando localizarlo. Está de vacaciones en algún lugar de Escocia, nadie sabe exactamente dónde. Según su mujer, se ha ido a pescar.

– ¿En esta época del año? ¿Quién querría ir a pescar a Escocia en diciembre? Seguro que su mujer sabe dónde está o tiene un número donde se le podrá localizar.

Dunworthy sacudió la cabeza.

– ¡Esto es ridículo! ¡Me tomé la molestia de contactar con el Consejo Nacional de Salud para que me permitieran acceder a mi excavación, y Basingame está de vacaciones! -buscó bajo su impermeable y sacó un fajo de impresos de colores-. Accedieron a darme permiso si el decano de Historia firmaba una instancia declarando que la excavación era un proyecto necesario y esencial para el bien de la Universidad. ¿Cómo pudo marcharse así sin decírselo a nadie? -golpeó los papeles contra su pierna, y algunas gotas de lluvia salieron volando por todas partes-. Tengo que conseguir que firme esto antes de que toda la excavación se pierda. ¿Dónde está Gilchrist?

– Tiene que venir dentro de poco para hacerse los análisis de sangre -dijo Dunworthy-. Si consigue encontrar a Basingame, dígale que tiene que volver inmediatamente. Dígale que tenemos una cuarentena en marcha, no sabemos dónde está una historiadora, y el técnico está demasiado enfermo para decírnoslo.

– Pescando -bufó Montoya, disgustada, dirigiéndose a Admisiones-. Si mi excavación se echa a perder, tendrá que responder de muchas cosas.

– Vamos -le dijo Dunworthy a Colin, ansioso por marcharse antes de que apareciera alguien más. Levantó el paraguas para que cubriera también a Colin, y luego desistió. Colin caminaba rápidamente por delante, consiguiendo pisar casi todos los charcos, y luego se quedó rezagado para mirar los escaparates.

No había nadie en las calles, aunque Dunworthy no sabía si se debía a la cuarentena o a que era muy temprano.

A lo mejor todos estarán dormidos, pensó, y podremos entrar e ir directamente a la cama.

– Creí que pasarían más cosas -suspiró Colin, decepcionado-. Sirenas y todo eso.

– Y carros con cadáveres por las calles, y gritos de «Traed a vuestros muertos», ¿eh? -rió Dunworthy-. Tendrías que haber ido con Kivrin. Las cuarentenas en la Edad Media eran mucho más emocionantes que ésta, con sólo cuatro casos y una vacuna que ya está en camino desde Estados Unidos.

– ¿Quién es esa Kivrin? ¿Su hija?

– Mi alumna. Acaba de ir a 1320.

– ¿Viaje en el tiempo? ¡Apocalíptico!

Doblaron la esquina hacia Broad.

– La Edad Media -dijo Colin-. Eso es Napoleón, ¿no? ¿Trafalgar y todo eso?

– Es la Guerra de los Cien Años -explicó Dunworthy, y Colin puso cara de no enterarse de nada. ¿Qué enseñan en los colegios hoy en día? -pensó-. Caballeros, damas y castillos.

– ¿Las Cruzadas?

– Las Cruzadas son un poco antes.

– Ahí es donde quiero ir. A las Cruzadas.

Llegaron a la puerta de Balliol.

– Ahora, silencio -murmuró Dunworthy-. Todo el mundo estará dormido.

No encontraron a nadie en la portería, ni en el patio principal. Había luz en el salón; las campaneras desayunando, probablemente; pero no había luces en el comedor sénior, ni en Salvin. Si pudieran subir las escaleras sin que nadie los viera y sin que Colin anunciara que tenía hambre, podrían llegar a salvo a sus habitaciones.

– Shh -dijo Dunworthy, volviéndose para advertir al niño, que se había detenido en el patio para sacarse el chicle y examinar su color, que era ahora de un púrpura negruzco-. No queremos despertar a todo el mundo -susurró, con el dedo en los labios. Se volvió, y chocó con una pareja en la puerta.

Llevaban impermeables y se abrazaban entusiásticamente. El joven pareció ajeno a la colisión, pero la muchacha se soltó, asustada. Tenía el cabello corto y rojo, y llevaba un uniforme de estudiante de enfermería bajo el impermeable.