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El joven era William Gaddson.

– Su conducta es inapropiada tanto para el momento como para el lugar -dijo Dunworthy, muy formal-. Las muestras públicas de afecto están estrictamente prohibidas en el colegio. También es desaconsejable, puesto que su madre puede llegar de un momento a otro.

– ¿Mi madre? -exclamó él, tan angustiado como Dunworthy cuando la vio acercarse por el pasillo con la maleta-. ¿Aquí? ¿En Oxford? ¿Qué está haciendo aquí? Pensaba que había una cuarentena.

– La hay, pero el amor de una madre no conoce barreras. Le preocupa su salud, igual que a mí, considerando las circunstancias -frunció el ceño ante William y la muchacha, quien soltó una risita-. Sugeriría que acompañara a su pareja a casa y luego hiciera los preparativos para la llegada de su madre.

– ¿Preparativos? -dijo él, verdaderamente preocupado-. ¿Quiere decir que piensa quedarse?

– Me temo que no tiene más remedio. Hay una cuarentena en marcha.

Las luces se encendieron de pronto en las escaleras, y al instante apareció Finch.

– Gracias a Dios que está usted aquí, señor Dunworthy -suspiró.

Tenía también un fajo de impresos de colores, que agitó ante Dunworthy.

– El Ministerio de Sanidad acaba de enviar a otros treinta retenidos. Les dije que no teníamos sitio, pero no quisieron escuchar, y no sé qué hacer. No tenemos los suministros necesarios para tanta gente.

– Papel higiénico -dijo Dunworthy.

– ¡Sí! -exclamó Finch, agitando los impresos-. Y comida. Esta mañana ya acabamos con la mitad de los huevos y bacon.

– ¿Huevos y bacon? -se interesó Colin-. ¿Queda algo?

Finch miró interrogante a Colin y luego a Dunworthy.

– Es el sobrino de la doctora Ahrens -explicó Dunworthy, y antes de que Finch pudiera empezar de nuevo, añadió-: Se quedará en mis habitaciones.

– Bien, porque le aseguro que no puedo encontrar espacio para otra persona.

– Los dos hemos estado despiertos toda la noche, señor Finch, así que…

– Aquí hay una lista de los suministros de esta mañana -le tendió a Dunworthy un papel azulado-. Como puede ver…

– Señor Finch, aprecio su preocupación por los suministros, pero seguro que este asunto puede esperar a que…

– Esto es una lista de sus llamadas telefónicas, junto con las que tiene que contestar, marcadas con asteriscos. Esto es una lista de sus citas. El vicario desea que esté en St. Mary's mañana a las seis y cuarto para ensayar la ceremonia de Nochebuena.

– Responderé a todas esas llamadas, pero después de…

– La doctora Ahrens telefoneó dos veces. Quería saber si había averiguado algo acerca de las campaneras.

Dunworthy se rindió.

– Asigne los nuevos retenidos a Warren y Basevi, tres por habitación. Hay colchones extra en el sótano del salón.

Finch abrió la boca para protestar.

– Tendrán que soportar el olor a pintura.

Tendió a Colin la bolsa de la compra de Mary y el paraguas.

– Ese edificio de las luces encendidas es el salón -dijo, señalando la puerta-. Diles a los encargados que quieres desayunar y que uno te acompañe luego a mis habitaciones.

Se volvió hacia William, que hacía algo con las manos bajo el impermeable de la estudiante de enfermería.

– Señor Gaddson, encuentre un taxi para su acompañante; luego localice a los estudiantes que hayan estado aquí durante las vacaciones y pregúnteles si han viajado a América durante la semana pasada o han tenido contactos con alguien que haya estado allí. Haga una lista. Usted no ha ido recientemente a Estados Unidos, ¿verdad?

– No, señor -contestó William, retirando las manos de la enfermera-. He estado aquí todas las vacaciones, estudiando a Petrarca.

– Ah, sí, Petrarca. Pregúntele a los estudiantes qué saben acerca de las actividades de Badri Chaudhuri desde el lunes e interrogue al personal. Necesito averiguar dónde estuvo y con quién. Quiero el mismo tipo de informe sobre Kivrin Engle. Haga el trabajo a fondo, absténgase de nuevas muestras públicas de afecto, y yo me encargaré de que su madre reciba una habitación lo más lejos posible de usted.

– Gracias, señor -suspiró William-. Eso significaría mucho para mí, señor.

– Ahora, señor Finch, ¿quiere decirme dónde puedo encontrar a la señora Taylor?

Finch le tendió más impresos, donde aparecían las asignaciones de habitaciones, pero la señora Taylor no estaba allí, sino en la sala común júnior con sus campaneras y los retenidos que aún no tenían sitio donde alojarse.

Una de ellas, una mujer enorme con abrigo de pieles, le cogió del brazo en cuanto entró.

– ¿Usted es quien manda en este sitio? -barbotó.

Está claro que no, pensó Dunworthy.

– Sí -respondió.

– Bien, ¿qué piensa hacer para buscarnos un sitio donde dormir? Llevamos despiertos toda la noche.

– Yo también, señora -repitió Dunworthy, temeroso de que fuera la señora Taylor. Parecía más delgada y menos peligrosa por teléfono, pero los visuales podían ser decepcionantes y el acento y la actitud eran inconfundibles-. No será usted la señora Taylor, ¿verdad?

– Yo soy la señora Taylor -intervino una mujer sentada en una de las sillas. Se levantó. Parecía aún más delgada que por teléfono, y aparentemente menos furiosa-. Hablé con usted por teléfono antes -dijo, y por el tono en que se expresó podrían haber mantenido una agradable charla sobre las complicaciones de hacer redobles-. Ésta es la señora Piantini, nuestra tenor -dijo, indicando a la mujer del abrigo de pieles.

La señora Piantini parecía capaz de arrancar al Gran Tom de sus cimientos. Saltaba a la vista que no había sufrido ningún virus últimamente.

– ¿Podría hablar con usted en privado un momento, señora Taylor? -la condujo al pasillo-. ¿Pudieron cancelar su concierto en Ely?

– Sí. Y en Norwich. Se mostraron muy comprensivos -se inclinó hacia delante, ansiosa-. ¿Es verdad que es cólera?

– ¿Cólera? -se extrañó Dunworthy, aturdido.

– Una de las mujeres que estuvo en la estación dijo que era cólera, que alguien lo había traído de la India y que la gente estaba muriendo como moscas.

Por lo visto no había sido una buena noche de sueño lo que había operado el cambio en sus modales, sino el miedo. Si le decía que sólo había cuatro casos, era muy probable que exigiera que las llevaran a Ely.

– La enfermedad parece un mixovirus -dijo, con cuidado-. ¿Cuándo vino su grupo a Inglaterra?

Los ojos de ella se ensancharon.

– ¿Cree que somos quienes lo trajimos? No hemos estado en la India.

– Hay una posibilidad de que sea el mismo mixovirus que apareció en Carolina del Sur. ¿Alguna de sus miembros es de allí?

– No. Todas somos de Colorado, excepto la señora Piantini, que procede de Wyoming. Y ninguna de nosotras ha estado enferma.

– ¿Cuánto tiempo llevan en Inglaterra?

– Tres semanas. Hemos estado visitando todas las capillas del Traditional Council y hemos dado conciertos. Tocamos un Boston Treble Bob en St. Katherine's y Post Office Caters con tres de los campaneros de la capilla de St. Edmund's, pero por supuesto, nada de eso fue nuevo. Un Chicago Surprise Minor

– ¿Y llegaron ustedes a Oxford ayer por la mañana?

– Sí.

– ¿Ninguna de ustedes llegó antes, para ver las vistas o visitar a algún amigo?

– No -aseguró ella; parecía sorprendida-. Estamos de gira, señor Dunworthy, no de vacaciones.

– ¿Y dice que ninguna ha estado enferma?