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Lo hizo, hincando una rodilla delante del banco donde yo me sentaba.

– Buena señora -dijo-, me alegra ver que habéis mejorado.

Yo no tenía ni idea de lo que era apropiado decir, si es que había algo que decir. Bajé aún más la cabeza.

Él permaneció de rodillas, como un servidor.

– Me han dicho que no recordáis nada de vuestros atacantes, lady Katherine. ¿Es cierto?

– Sí -murmuré.

– ¿Ni de vuestros sirvientes, de adónde podrían haber huido?

Sacudí la cabeza, los ojos todavía bajos.

Él se volvió hacia Eliwys.

– Tengo noticias de los renegados, lady Eliwys. He encontrado su pista. Había muchos, y tenían caballos.

Temí que anunciara que había capturado a algún pobre campesino que recogía leña y lo había ahorcado.

– Os pido permiso para perseguirlos y vengar a la dama -prosiguió Gawyn, mirando a Eliwys.

Eliwys parecía incómoda, alerta, como había estado antes.

– Mi esposo nos ordenó que permaneciéramos aquí hasta que él regresara, y que vos os quedarais con nosotras para protegernos. No.

– No habéis cenado -señaló lady Imeyne, con un tono que zanjaba el asunto.

Gawyn se levantó.

– Os agradezco la amabilidad, señor -dije rápidamente-. Sé que fuisteis vos quien me encontró en el bosque -inspiré, y tosí-. Os lo suplico, ¿podéis decirme el lugar donde me hallasteis, dónde está?

Intenté decir muchas cosas y demasiado rápido. Empecé a toser, jadeé para tomar aliento, y me doblé de dolor.

Para cuando pude controlar la tos, Imeyne había colocado carne y queso en la mesa para Gawyn, y Eliwys había vuelto a coser, así que sigo sin saber nada.

No, eso no es cierto. Sé por qué Eliwys parecía tan alerta cuando él entró y por qué Gawyn inventó una historia acerca de una banda de renegados. Y también sé qué significaba toda aquella conversación acerca de «daltrisses».

Lo vi de pie en la puerta, contemplando a Eliwys, y no necesité un intérprete para descifrar la expresión de su rostro. Salta a la vista: está enamorado de la esposa de su señor.

14

Dunworthy durmió hasta el día siguiente.

– Su secretario quería despertarlo, pero no le dejé -dijo Colin-. Me pidió que le diera esto -le tendió un arrugado montón de papeles.

– ¿Qué hora es? -preguntó Dunworthy, sentándose en la cama con dificultad.

– Las ocho y media. Todas las campaneras y los retenidos están en el salón, desayunando. Gachas de avena -hizo un sonido de asco-. Fue absolutamente necrótico. Su secretario dice que debemos racionar los huevos con bacon por la cuarentena.

– ¿Las ocho y media de la mañana? -preguntó Dunworthy, parpadeando ciegamente ante la ventana. Estaba tan oscuro como cuando se quedó dormido-. Santo Dios, se suponía que debía haber regresado al hospital para interrogar a Badri.

– Lo sé -asintió Colin-. Tía Mary dijo que le dejara dormir, que no podría interrogarlo de todas formas porque le están haciendo pruebas.

– ¿Llamó por teléfono? -preguntó Dunworthy, buscando a tientas sus gafas en la mesilla de noche.

– Yo fui esta mañana para que me hicieran un análisis de sangre. Tía Mary me pidió que le dijera que sólo tenemos que ir una vez al día para los análisis.

Dunworthy se caló las gafas y miró a Colin.

– ¿Te dijo si han identificado el virus?

– Ah-ah -respondió Colin, alrededor de un trozo de chicle. Dunworthy se preguntó si lo había tenido en la boca toda la noche, y en ese caso por qué no había disminuido de tamaño-. Le envió las gráficas de contacto -le tendió los papeles-. La señora que vimos en el hospital también llamó. La de la bici.

– ¿Montoya?

– Sí. Preguntó si sabía usted cómo ponerse en contacto con la esposa del señor Basingame. Le dije que la llamaría usted. ¿Cuándo llega el correo?

– ¿El correo? -dijo Dunworthy, rebuscando entre los impresos.

– Mi madre no me compró los regalos a tiempo para que me los trajera en el metro. Prometió que me los enviaría por correo. La cuarentena no lo retrasará, ¿verdad?

Algunos de los papeles que le había tendido Colin estaban pegados, sin duda por los periódicos exámenes que el joven hacía de su chicle, y la mayoría de ellos no parecían gráficas de contacto, sino informes de Finch: uno de los conductos de calefacción de Salvin estaba estropeado.

El Ministerio de Sanidad ordenaba a todos los habitantes de Oxford y alrededores que evitaran el contacto con las personas infectadas. La señora Basingame estaba en Torquay durante la Navidad. Se estaban quedando sin papel higiénico.

– No lo cree, ¿verdad? ¿Piensa que lo retrasará? -preguntó Colin.

– ¿Retrasar qué?

– ¡El correo! -repitió Colin, disgustado-. La cuarentena no lo retrasará, ¿eh? ¿A qué hora se supone que debe llegar?

– A las diez -Dunworthy agrupó todos los informes en un montón y abrió un gran sobre marrón-. Normalmente llega un poco más tarde en Navidad, por todos los paquetes y tarjetas.

Las hojas grapadas del sobre tampoco eran las gráficas de contactos, sino el informe de William Gaddson sobre los paraderos de Badri y Kivrin, claramente mecanografiados y organizados según la mañana, tarde y noche de cada día. Parecía mucho más ordenado que ningún trabajo que hubiera entregado en su vida. Era sorprendente lo que la influencia de una madre podía conseguir.

– No veo por qué -prosiguió Colin-. Quiero decir que no es como si fueran personas, ¿eh? Así que no puede ser contagioso. ¿Adonde lo traen, al salón?

– ¿Qué?

– El correo.

– A la casa del portero -respondió Dunworthy, al tiempo que leía el informe sobre Badri.

Había vuelto a la red el martes por la tarde, después de estar en Balliol. Finch habló con él a las dos, cuando le preguntó dónde estaba el propio Dunworthy, y otra vez un poco después de las tres, cuando le dio la nota. Entre las dos y las tres, John Yi, un estudiante de tercer curso, le vio cruzar el patio hacia el laboratorio, al parecer buscando a alguien.

A las tres, el portero de Brasenose dejó entrar a Badri. Trabajó en la red hasta las siete y media, luego volvió a su apartamento y se vistió para el baile.

Dunworthy telefoneó a Latimer.

– ¿Cuándo estuvo usted en la red el martes por la tarde?

Latimer parpadeó asombrado desde la pantalla.

– El martes… -dijo, mirando alrededor como si hubiera pasado algo por alto-. ¿Eso fue ayer?

– El día antes del lanzamiento. Fue usted al Bodleian por la tarde.

Él asintió.

– Ella quería saber cómo se dice: «Socorredme, pues unos ladrones me han asaltado.»

Dunworthy supuso que se refería a Kivrin.

– ¿Se reunió Kivrin con usted en el Bodleian o en Brasenose?

Él se llevó las manos a la barbilla, reflexionando.

– Estuvimos trabajando hasta tarde, decidiendo la forma de los pronombres. En el siglo XIV la decadencia de las inflexiones pronominales estaba avanzada, pero no era completa.

– ¿Fue Kivrin a la red para reunirse con usted?

– ¿La red? -preguntó Latimer, dubitativo.

– Al laboratorio de Brasenose -estalló Dunworthy.

– ¿Brasenose? El servicio de Nochebuena no es en Brasenose, ¿verdad?

– ¿El servicio de Nochebuena?

– El vicario me dijo que deseaba que yo leyera la bendición. ¿Se celebra en Brasenose?

– No. Se reunió usted con Kivrin el martes por la tarde para trabajar en su pronunciación. ¿Dónde se reunió con ella?