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El año anterior hacía un frío helador.

– Sumamente auténtico -le susurró Kivrin-, igual que las Escrituras. «Entonces los políticos cargaron un censo a los contribuyentes» -dijo, citando al Común del Pueblo. Sonrió-. La Biblia de la Edad Media estaba escrita en una lengua que tampoco entendían.

Colin entró y se sentó sobre el abrigo y la bufanda de Dunworthy. El sacerdote de Santa Re-Formada se levantó y pasó entre las mesas de las campaneras hasta llegar al altar.

– Oremos.

Hubo un rumor de reclinatorios sobre el suelo de piedra, y todo el mundo se arrodilló.

– «Oh, Dios, que nos has enviado esta aflicción, dile a tu Ángel destructor: Detén tu mano y no dejes que la tierra sea aniquilada, y no destruyas a todos los seres vivos.»

Vaya con la moral, pensó Dunworthy.

– «Como en aquellos días en que el Señor envió una plaga a Israel y murieron del pueblo de Dan a Bersabee setenta mil hombres, ahora nos encontramos en medio de la aflicción y te pedimos que retires la plaga de Tu ira.»

Las tuberías de la antigua caldera empezaron a crujir, pero eso no inmutó al sacerdote. Continuó durante unos buenos cinco minutos, mencionando un montón de ejemplos en que Dios había aniquilado a los malvados y «llevado plagas entre ellos», y luego pidió a todo el mundo que se levantaran y cantaran God Rest Ye Merry, Gentlemen, Let Nothing You Dismay.

Montoya se sentó junto a Colin.

– He pasado todo el día en el Ministerio intentando que me concedan una dispensa -susurró-. Al parecer creen que pretendo ir por ahí corriendo y esparciendo el virus. Les dije que iría directa a la excavación, que allí no hay nadie a quien infectar, ¿pero creen que me hicieron el menor caso?

Se volvió hacia Colin.

– Si consigo la dispensa, necesitaré voluntarios que me ayuden. ¿Te gustaría desenterrar cadáveres?

– No puede -dijo Dunworthy rápidamente-. Su tía no le dejará -se inclinó sobre Colin y susurró-: Estamos intentando decidir el paradero de Badri Chaudhuri desde el lunes a mediodía hasta las dos y media. ¿Lo vio usted?

– Shh -dijo la mujer que había replicado a Colin.

Montoya sacudió la cabeza.

– Estuve con Kivrin, repasando el mapa y la situación de Skendgate -susurró.

– ¿Dónde? ¿En la excavación?

– No, en Brasenose.

– ¿Y Badri no estaba allí? -preguntó Dunworthy, pero no había ningún motivo para que Badri estuviera en Brasenose. Él no le había pedido a Badri que dirigiera el lanzamiento hasta que se reunió con él a las dos y media.

– No.

– ¡Shh! -siseó la mujer.

– ¿Cuánto tiempo estuvo con Kivrin?

– Desde las diez hasta que tuvo que presentarse en el hospital, a eso de las tres, creo -susurró Montoya.

– ¡Shh!

– Tengo que leer una «Oración al Gran Espíritu» -Montoya se levantó y avanzó por la fila de sillas.

Leyó su cántico indio americano, y después las campaneras, con sus guantes blancos y expresiones decididas, tocaron O Christ Who Interfaces with the World, que sonó muy parecido al golpeteo de las tuberías.

– Son absolutamente necróticas, ¿verdad? -susurró Colin tras su programa de actos.

– Es un atonal de finales del siglo XX -contestó Dunworthy-. Se supone que debe sonar fatal.

Cuando las campaneras parecieron terminar, Dunworthy subió al atril y leyó las Escrituras.

– «Y aconteció que por aquellos días se promulgó un edicto de César Augusto para que todo el mundo se empadronase.»

Montoya se levantó, se abrió paso hasta el pasillo lateral y salió por la puerta. Dunworthy hubiese deseado preguntarle si había visto a Badri el lunes o el martes, o si sabía de algún americano con quien pudiera haber tenido contacto.

Podría preguntárselo al día siguiente, cuando fueran a hacerse sus análisis de sangre. Había averiguado lo más importante: Kivrin no había visto a Badri el lunes por la tarde. Montoya había dicho que había estado con ella desde las diez hasta las tres, cuando se marchó al hospital. Para entonces Badri estaba ya en Balliol hablando con él, y no había llegado de Londres hasta las doce, así que no podía haberla contagiado.

– «Y el ángel les dijo: "No tengáis miedo, pues os traigo una gran alegría, que será para todo el pueblo"…»

Nadie parecía estar prestando atención. La mujer que había reprendido a Colin se desembarazó del abrigo; todo el mundo se había quitado ya el suyo y se abanicaba con los programas.

Dunworthy pensó en Kivrin durante la ceremonia del año anterior, arrodillada sobre el suelo de piedra, mirándole absorta mientras leía. Tampoco escuchaba. Imaginaba la Nochebuena en 1320, cuando las Escrituras eran en latín y las velas fluctuaban en las ventanas.

Me pregunto si es como ella lo imaginaba, pensó; y luego recordó que allí no era Nochebuena. Donde estaba Kivrin faltaban aún dos semanas. Si estaba realmente allí. Si estaba bien.

– «… María, por su parte, guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» -terminó Dunworthy, y regresó a su asiento.

El imán anunció las horas de las misas el día de Navidad en todas las iglesias, y leyó el boletín del Ministerio de Sanidad sobre evitar el contacto con las personas infectadas. El vicario empezó su sermón.

– Hay quienes piensan que las enfermedades son un castigo de Dios, y sin embargo Cristo se pasó la vida curando a los enfermos, y aquí estamos nosotros, y sin duda él también curaría a los afligidos por este virus, igual que curó al samaritano leproso -dijo, mirando fijamente al sacerdote de Santa Re-Formada, y se lanzó a un sermón de diez minutos sobre cómo protegerse de la gripe. Enumeró los síntomas y explicó la transmisión por el aire.

– Bebed mucho líquido y descansad -aconsejó, extendiendo las manos sobre el púlpito como si fuera una bendición-, y a la primera señal de alguno de los síntomas, telefonead al médico.

Las campaneras volvieron a ponerse los guantes blancos y acompañaron al órgano con Angels of the Realm of Glory, que sonó reconocible.

El ministro de la Iglesia Unitaria Convertida subió al púlpito.

– Esta misma noche, hace más de dos mil años, Dios envió a Su Hijo, Su precioso Hijo, a nuestro mundo. ¿Podéis imaginar qué clase de increíble amor fue necesario para ello? Esa noche Jesús dejó su hogar celestial y entró en un mundo lleno de peligros y enfermedades. Entró como un bebé ignorante e indefenso, sin saber nada del mal, de la traición que encontraría. ¿Cómo pudo Dios enviar a Su único Hijo, Su precioso Hijo, a tal peligro? La respuesta es amor. Amor.

– O incompetencia -murmuró Dunworthy.

Colin dejó de investigar el chicle y le miró.

Y después de dejarle ir, se preocupó por Él cada minuto, pensó Dunworthy. Me pregunto si intentó detenerlo.

– Cristo llegó a este mundo por amor, y por amor él estaba dispuesto, no, ansioso por venir.

Ella está bien, pensó Dunworthy. Las coordenadas eran correctas. Sólo había un deslizamiento de cuatro horas. No estaba expuesta a la infección. Se encontraba a salvo en Skendgate, con la fecha de encuentro determinada y su grabador medio lleno ya de observaciones, sana y nerviosa y maravillosamente inconsciente de todo esto.

– Fue enviado al mundo para ayudarnos en nuestras dudas y tribulaciones -prosiguió el ministro.

El vicario hacía señas a Dunworthy, que se inclinó sobre Colin.

– Acabo de enterarme de que el señor Latimer está enfermo -susurró el vicario. Le tendió a Dunworthy una hoja doblada-. ¿Quiere leer usted las bendiciones?

– … un mensajero de Dios, un emisario del amor -concluyó el ministro, y se sentó.