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– Padre le llamó Sarraceno porque tiene corazón de pagano.

– Sir Bloet se ofenderá cuando descubra que hemos estado aquí tan cerca de la Navidad y no le hemos hecho una visita -continuó lady Imeyne-. Pensará que el compromiso se ha roto.

– No podemos ir a Courcy para Navidad -replicó Rosemund. Estaba sentada en el banco frente a Kivrin y Agnes, cosiendo, pero ahora se levantó-. Mi padre prometió que vendría sin falta para Navidad. Se enfadará si viene y no nos encuentra aquí.

Imeyne se volvió y miró a Rosemund.

– Se enfadará cuando descubra que sus hijas son tan maleducadas que hablan cuando quieren e intervienen en asuntos que no les conciernen -se volvió de nuevo hacia Eliwys, que parecía preocupada-. Mi hijo seguramente tendrá el sentido común de buscarnos en Courcy.

– Mi esposo nos ordenó que esperáramos aquí hasta que llegara. Le complacerá que hayamos seguido sus órdenes -se dirigió al hogar y recogió la costura de Rosemund, zanjando claramente el asunto.

Pero no por mucho tiempo, pensó Kivrin, observando a Imeyne.

La anciana frunció los labios, enfadada, y señaló una mancha en la mesa. La mujer con las cicatrices de escrófula la limpió inmediatamente.

Imeyne no olvidaría el tema. Lo sacaría a colación una y otra vez, ofreciendo un argumento tras otro sobre por qué deberían ir con sir Bloet, que tenía azúcar y velas y canela. Y un capellán educado para decir las misas de Navidad. Lady Imeyne estaba decidida a no escuchar la misa del padre Roche. Y Eliwys estaba cada vez más preocupada. Podría decidir de repente ir a buscar ayuda a Courcy, o incluso a Bath. Kivrin tenía que encontrar el lugar de recogida.

Ató las rebeldes cintas de la gorra de Agnes y le colocó la capucha de la capa sobre la cabeza.

– Montaba a Sarraceno todos los días en Bath -prosiguió Agnes-. Ojalá pudiéramos ir a cabalgar allí. Me llevaría a mi perro.

– Los perros no montan a caballo -objetó Rosemund-. Corren al lado.

Agnes frunció el labio, testaruda.

– Blackie es demasiado pequeño para correr.

– ¿Por qué no podéis cabalgar aquí? -preguntó Kivrin, para evitar una discusión.

– No hay nadie que nos acompañe -contestó Rosemund-. En Bath nuestra aya y uno de los secretarios de nuestro padre cabalgaban con nosotras.

Uno de los secretarios de nuestro padre. Gawyn las acompañaría, y entonces ella podría preguntarle no sólo dónde estaba el lugar, sino que también le pediría que se lo mostrara. Gawyn estaba allí. Lo había visto en el patio esa mañana, y por eso había sugerido el viaje al establo, pero hacer que cabalgara con ellas era aún mejor idea.

Imeyne se acercó al lugar donde Eliwys estaba sentada.

– Si vamos a quedarnos aquí, debemos tener carne para el pastel de Navidad.

Lady Eliwys soltó su costura y se levantó.

– Le ordenaré al senescal y a su hijo mayor que vayan a cazar -dijo tranquilamente.

– Entonces no habrá nadie para recoger la hiedra y el acebo.

– El padre Roche ha ido a recogerlo hoy.

– Lo recoge para la iglesia -replicó lady Imeyne-. ¿No tendremos ninguno en el salón, entonces?

– Nosotras lo recogeremos.

Eliwys e Imeyne se volvieron a mirarla. Un error, pensó Kivrin. Estaba tan pendiente de buscar una forma de hablar con Gawyn que se había olvidado de todo lo demás, y ahora había hablado sin que le dirigieran antes la palabra y había «intervenido en asuntos» que obviamente no le concernían. Lady Imeyne estaría más convencida que nunca de que deberían ir a Courcy y encontrar una aya adecuada para las niñas.

– Lamento si he hablado de más, buena señora -dijo, inclinando la cabeza-. Sé que hay mucho trabajo y muy pocos para hacerlo. Agnes y Rosemund y yo podríamos cabalgar hasta el bosque para recoger el acebo.

– Sí -dijo Agnes ansiosamente-. Yo podría montar a Sarraceno.

Eliwys empezó a hablar, pero Imeyne la interrumpió.

– ¿No tenéis miedo al bosque, pues, aunque apenas habéis sanado de vuestras heridas?

Un error tras otro. Se suponía que la habían atacado y la habían dado por muerta, y ahora se ofrecía voluntaria para llevar a dos niñas pequeñas al mismo bosque.

– No pretendía que fuéramos solas -dijo Kivrin, esperando no estar empeorando las cosas-. Agnes me dijo que cuando cabalgaba, siempre iba uno de los hombres de vuestro esposo para protegerla.

– Sí -intervino Agnes-. Gawyn puede cabalgar con nosotras, y mi perro Blackie.

– Gawyn no está aquí -dijo Imeyne, y en el silencio que siguió se volvió rápidamente hacia las mujeres que frotaban las mesas.

– ¿Adónde ha ido? -preguntó Eliwys con suavidad, pero sus mejillas se habían vuelto de un rojo brillante.

Imeyne le quitó un trapo a Maisry y empezó a frotar una mancha en la mesa.

– Ha ido a cumplir un encargo para mí.

– Lo habéis enviado a Courcy -dijo Eliwys. Era una declaración, no una pregunta.

Imeyne se volvió hacia ella.

– No es digno de nosotros estar tan cerca de Courcy y no enviar un saludo. Él dirá que lo hemos ignorado, y en estos tiempos que corren no podemos de ningún modo permitirnos desairar a un hombre tan poderoso como…

– Mi esposo nos ordenó que no dijéramos a nadie que estamos aquí -cortó Eliwys.

– Mi hijo no nos ordenó que insultáramos a sir Bloet y perdiéramos su buena voluntad, ahora que tal vez le necesitemos más que nunca.

– ¿Qué le ordenasteis decir a sir Bloet?

– Le pedí que le enviara nuestros más cordiales saludos -dijo Imeyne, retorciendo el trapo en sus manos-. Le ordené decir que nos alegraría recibirlos para Navidad -alzó la barbilla, desafiante-. No podíamos hacer otra cosa, con nuestras dos familias a punto de unirse en matrimonio. Traerán provisiones para el banquete de Navidad, y criados…

– ¿Y al capellán de lady Yvolde para decir misa? -preguntó Eliwys fríamente.

– ¿Van a venir aquí? -preguntó Rosemund. Había vuelto a ponerse en pie, y su costura había resbalado hasta el suelo.

Eliwys e Imeyne la miraron sin expresión, como si hubieran olvidado que había alguien más en el salón, y entonces Eliwys se volvió hacia Kivrin.

– Lady Katherine -exclamó-, ¿no ibais a llevar a las niñas a recoger flores para el salón?

– No podemos ir sin Gawyn -adujo Agnes.

– El padre Roche puede cabalgar con vosotras -dijo Eliwys.

– Sí, buena señora -respondió Kivrin. Cogió a Agnes de la mano para sacarla de la habitación.

– ¿Van a venir aquí? -repitió Rosemund, y sus mejillas estaban casi tan arreboladas como las de su madre.

– No lo sé -dijo Eliwys-. Ve con tu hermana y lady Katherine.

– Voy a montar a Sarraceno -anunció Agnes, y se soltó de la mano de Kivrin y salió corriendo del salón.

Rosemund pareció a punto de decir algo y entonces cogió su capa del pasillo tras los tabiques.

– Maisry -dijo Eliwys-. La mesa ya está bien. Ve y trae el salero y las fuentes de plata del cofre del desván.

La mujer con las cicatrices de escrófula salió de la sala e incluso Maisry no se demoró en subir las escaleras. Kivrin se puso la capa y la ató rápidamente, temerosa de que lady Imeyne dijera algo más acerca de ser atacada, pero ninguna de las dos mujeres volvió a hablar. Permanecieron de pie, Imeyne todavía retorciendo el trapo entre las manos, esperando obviamente a que Kivrin y Rosemund se marcharan.

– ¿Van a…? -dijo Rosemund, y entonces echó a correr detrás de Agnes.

Kivrin corrió tras ellas. Gawyn no estaba, pero tenía permiso para ir al bosque y también medios de transporte. Y el sacerdote las acompañaría. Rosemund había dicho que Gawyn se había encontrado con él en el camino, cuando la traía a la casa. Tal vez Gawyn lo había llevado al claro.