– Hoy echaré un vistazo a mi nuevo hogar -comentó Jamison mientras tomaba una cucharada de miel.
Gretel apretó los labios y le sirvió otra ración de pastelitos. Despedía el mismo perfume que la prostituta y tenía rastros de maquillaje en el chaleco de satén verde.
A mediodía, mientras el pollo se cocía a fuego lento, Gretel fue a por agua al pozo comunitario. El joven Henry Burton, el hijo del carretero, se hallaba en la calle a la espera de ganarse unos peniques. Gretel le ofreció una moneda y el chico transportó los cubos a la casa.
Charity Woodstock, amiga de Gretel, había sido abuela hacía dos días. Ésta había preparado unas tortas dulces para ella y decidió llevárselas ese mismo día, aprovechando así para conocer al bebé. Gretel salió de casa a primera hora de la tarde; caminó por Broadway y luego atajó por el Common, donde había poca gente debido al frío. Las ramas desnudas de los árboles aparecían cubiertas por una capa de hielo, de modo que el viento las mecía, haciéndolas crepitar. Tras una visita rápida a la feliz aunque exhausta madre y a la abuela, regresó a casa, cortando de nuevo por el Common.
Para consternación de la mayoría, la zona oeste del Common se había convertido en el lugar de encuentro entre soldados y putas. La población de la ciudad casi se había doblado con la llegada de los soldados. Con la cabeza baja para protegerse del viento, Gretel caminó presurosa para llegar cuanto antes a casa. De pronto se encontró con un grupo de gente que gritaba y descubrió, detrás de los congregados, una hoguera.
Se le aceleró el pulso de miedo, y empezó a sudar. Aunque ya hacía mucho tiempo de aquello, las hogueras aún le producían pánico. Le traían a la memoria a su amado Kurt, muerto entre las llamas y el dolor de sus propias quemaduras.
– Ach -masculló.
Enseguida se recobró.
Gretel había conocido a dos hombres buenos en su vida: Kurt y el doctor Peter. Había perdido a ambos. Por fortuna volvía a tener a su Johnny, y la vida le sonreía de nuevo.
Ya más serena, Gretel descubrió que lo que ardía era sólo una efigie del rey que colgaba de un árbol.
– ¡Traición! -exclamó alguien.
Los reunidos empezaron a silbarle, insultarle y abuchearle. Varios jóvenes le rodearon y le dieron una paliza.
El sonido metálico de una campana anunció la llegada de los bomberos. Surgió un problema imprevisto; el agua del depósito se había helado.
Algunos soldados que paseaban por el Common acudieron a observar la operación y pronto empezaron a dar consejos; sin embargo, no se ofrecieron como voluntarios. Finalmente los bomberos encendieron una hoguera para calentar el agua del depósito y al cabo de un rato consiguieron apagar el fuego que había destruido por completo la efigie del rey.
Algunos ciudadanos se presentaron con cubos de agua y bolsas de tela; todos los habitantes de la ciudad estaban obligados a tenerlos en el vestíbulo de sus casas. Así, si se declaraba un incendio en cualquier zona de la ciudad, no tardarían en presentarse en el lugar del siniestro con cubos de agua para sofocar el fuego y bolsas de tela para salvar los efectos personales de las víctimas. En aquella ocasión, nada de eso hizo falta, pues el fuego ya había sido apagado.
Gretel decidió alejarse del tumulto y regresar a casa. De repente, distinguió al doctor Jamison, quien se volvió como si hubiese notado que alguien lo observaba. Vio a Gretel pero fingió no haberla visto. El ama de llaves se preguntó si estaría de nuevo con esa mujerzuela. Pronto averiguó que sí, pues vio que el doctor abrazaba a una mujer.
Caminaban en dirección contraria a la de Gretel. Jamison se volvió de nuevo, y Gretel pensó que aquel rostro pertenecía al mismísimo diablo.
30
Sábado 25 de noviembre. Del mediodía hasta la noche
Hickey se secó los labios con la manga del abrigo. Acababa de tomar una cerveza en el establecimiento de Benson, en el muelle del East River, y al salir oyó por casualidad la conversación de tres soldados acerca de las trincheras en Kingsbridge. ¡Con qué entusiasmo hablaban esos tipos! Hickey lo adoraba. Los soldados entraron en la cervecería, y el irlandés echó a andar. Un vendedor de agua se interpuso en su camino.
– Déjame pasar, coño.
– Soy del Tea Water Pump de Pearl Street. ¿Quiere un poco de agua?
– Pues yo vengo del infierno. ¿Quieres que te pegue fuego en el culo?
El vendedor, un vejete enjuto con barba blanca y anteojos muy graduados, se aproximó a él.
– Vengo de parte del Gordo.
Hickey se acordó inmediatamente de la contraseña.
– Mis amigos me han comentado que el agua que vendes es una verdadera mierda.
El anciano sonrió.
– ¿Qué clase de mierda, señor?
Hickey miró alrededor.
– Mierda real. ¿Qué más quieres saber?
El vejete cogió una taza de madera del carro y la llenó para Hickey.
– No quiero. Me corroería las entrañas. ¿Qué quieres? Tengo que irme antes de que el lugarteniente Plunkett caiga en un hoyo y se mate.
– El Gordo quiere verle esta noche.
– Muy bien. Dile que nos veremos en Latham's Boat Yard, pasada la medianoche.
– No creo que le guste.
– Me importa un comino. Tengo asuntos que atender. Dile que acudiré sobre la una y media.
– Pero…
– Díselo.
Hickey estaba contento consigo mismo. El alcalde, habiéndose enterado del decreto promulgado por John Hancock, por el que se daba luz verde al almacenamiento de azufre, había encargado a algunos de sus hombres leales que cogieran el material y lo almacenaran en un lugar cercano pero secreto. Hickey había hecho indagaciones al respecto; conocía gente a quien le gustaba hablar.
A casi un kilómetro del fuerte George, Broadway limitaba con el Common. Allí, en la zona oeste de Broadway, entre Weasyes y Partition Street, frente al extremo sur del Common, se erigía St. Paul's Chapel, construida en 1767. La iglesia se hallaba ubicada en medio de una zona despoblada y densamente arbolada. Dado que había por lo menos veinte iglesias en la zona más habitada de la isla -dos más inglesas, tres presbiterianas, dos luteranas, dos calvinistas, una francesa, una baptista, una metodista e incluso una sinagoga-, los neoyorquinos preferían practicar sus cultos religiosos en el mismo corazón de la ciudad.
El alcalde, con gran astucia, había escondido el azufre en el sótano de St. Paul's Chapel. Pero no había sido lo bastante inteligente.
Esa noche Hickey estaba de servicio. Había fingido sentirse mal y convencido al lugarteniente Plunkett de que le reemplazara. No le había costado demasiado persuadirlo, pues a menudo le proporcionaba alcohol y tabaco.
Así pues, mientras otro se ocupaba de la vigilancia de Nueva York, Hickey y seis de sus secuaces habían robado el azufre del sótano de St. Paul's. Mientras realizaban la tarea, el vigía les había alertado de que los Hijos de la Libertad se dirigían hacia allí con el mismo cometido: sustraer el azufre.
Hickey había ordenado a tres de los suyos que siguieran cargando los carros de azufre; mientras tanto, él y tres más salieron fuera para recibir a los Hijos.
Hickey y sus hombres eran peligrosos, pero, por suerte para los Hijos, unos pésimos tiradores. La noche se llenó de gritos y disparos.
– ¡Allí! ¡A por ellos!
– No veo nada. ¿Dónde, dónde?
– ¡Ahí, imbécil!
– ¡Ya veo, maldita sea!
Se oyó un grito de dolor procedente del bando de los patriotas.
– ¡Me han dado!
– ¿Puedes andar?
– Maldita sea, y correr si hace falta.
Había terminado la escaramuza. Hickey y sus hombres habían vencido; no hubo ni heridos ni bajas. Los Hijos se retiraron con un herido.
Se lo habían pasado en grande. Hickey y sus tres secuaces se disputaban la autoría del disparo que había herido al adversario.