– Te recuerdo a ti y a tu familia-dijo, mientras lo examinaba como si fuera una verdura selecta.
Pero cuando le hizo la pregunta que lo había llevado allí, ella no recordaba que su primer marido hubiese mencionado el nombre o el paradero de la nodriza que se llevó al bebe bautizado como Roger Cole.
– ¿Nadie apuntó su nombre?
Probablemente algo notó la mujer en su mirada, porque se explicó.
– Yo no sé escribir. ¿Por qué no preguntaste su nombre y lo escribiste tu? ¿Acaso no es tu hermano?
Rob se preguntó cómo podía esperarse semejante responsabilidad de un crío en sus circunstancias, aunque sabía que en cierto sentido la mujer tenía razón.
La señora Buffington le sonrió.
– No seamos descorteses entre nosotros, pues hemos compartido días más duros como vecinos.
Para su gran sorpresa, vio que lo estudiaba como una mujer estudia a un hombre, con ojos ansiosos. Había adelgazado por las faenas que ahora realizaba y Rob comprendió que en otros tiempos había sido hermosa. No era mayor que Editha.
Pero pensó melancólicamente en Bukerel y recordó la cruel mezquindad de aquella mujer, sin olvidar que cuando quedó sólo lo habría vendido como esclavo.
La miró fríamente, le dio las gracias y se marchó.
En la iglesia de San Botolph, el sacristán -un viejo picado de viruela y con el pelo gris polvoriento- respondió a su llamada. Rob preguntó por el sacerdote que había enterrado a sus padres.
– El padre Kempton fue trasladado a Escocia hace diez meses.
El anciano lo llevó al cementerio de la iglesia.
– Ahora esto está abarrotado -dijo-. ¿No estabas aquí hace dos años, cuando el azote de la viruela? -Rob meneó la cabeza-. ¡Afortunado de ti! Murieron tantos que enterrábamos todos los días. Ahora andamos escasos de espacio. Gente de todas partes llega en tropel a Londres, y todo hombre alcanza en seguida las dos veintenas de años por las que razonablemente puede orar.
– Pero no tenéis más de cuarenta años -observó Rob.
– ¿Yo? Yo estoy protegido por la naturaleza eclesiástica de mi trabajo, y en todo sentido he llevado una vida pura e inocente.
Le dedico una sonrisa, y Rob olió el alcohol de su aliento.
Esperó fuera de la casa de enterramientos, mientras el sacristán consultaba el libro. Todo lo que el viejo borrachín pudo hacer fue guiarlo a través de un laberinto de lápidas inclinadas, hasta una zona general de la parte oriental del camposanto, cerca del muro trasero cubierto de musgo, y declaró que tanto su padre como su hermano Samuel “habían sido enterrados por aquí”. Intentó rememorar el funeral de su padre para recordar el emplazamiento de la tumba, pero no lo logró.
Fue más fácil encontrar a su madre: el tejo que crecía tras su sepulcro se había desarrollado mucho en tres años, pero lo reconoció.
Imprevisiblemente y con gran resolución, volvió corriendo al campamento y Barber lo acompañó a un paraje rocoso, más abajo del talud del Támesis, donde seleccionaron un pequeño canto rodado de color gris, aplanado y alisado por largos años de mareas. Incitatus los ayudó a arrastrarlo desde el río.
Rob pensaba grabar personalmente las inscripciones, pero fue disuadido -Ya hemos pasado demasiado tiempo aquí -dijo Barber-. Deja que lo haga bien y rápidamente un picapedrero. Yo le pagaré su trabajo, cuando tú completes el aprendizaje y trabajes por un salario, me lo devolverás.
Sólo se quedaron en Londres el tiempo suficiente para ver la piedra con los tres nombres y las fechas en el lugar que le correspondía en el cementerio, debajo del tejo.
Barber apoyó una mano fornida en su hombro y le dirigió una mirada penetrante.
– Somos viajeros. Llegaremos a todos los sitios en los que puedas hacer averiguaciones sobre tus otros tres hermanos.
Desplegó el mapa de Inglaterra y mostró a Rob los seis grandes caminos que salían de Londres: por el noreste a Colchester, por el norte a Lincoln York, por el noreste a Shrewsbury y Gales, por el oeste a Silchester, Winchester y Salisbury; por el sudeste a Richborough, Dover y Lyme, y por sur a Chichester.
– Aquí, en Ramsey -dijo Barber hundiendo un dedo en el centro de Inglaterra-, es adonde tu vecina viuda, Della Hargreaves se fue a vivir con su hermano. Ella podrá decirte el nombre del ama de cría a la que entregó al bebe Roger, y tú podrás buscarlo la próxima vez que vengamos a Londres. Aquí abajo está Salisbury, donde según te han dicho la familia Haverhill ha llevado a tu hermanita Anne Mary.-Arrugó el entrecejo-. Es una pena que no lo supiéramos cuando estuvimos allí durante la feria.
Rob se estremeció al comprender que él y la chiquilla podían haberse cruzado entre las multitudes.
– No importa -dijo Barber-. Regresaremos a Salisbury en nuestro camino de vuelta a Exmouth, en el otoño.
Rob cobró ánimo.
– Y por donde vayamos hacia el norte, preguntaré a todos los sacerdotes y monjes que encuentre si conocen al padre Lovell y a su joven pupilo William Cole.
La mañana siguiente abandonaron Londres y siguieron el ancho camino de Lincoln, que llevaba al norte de Inglaterra. Tras dejar atrás todas las casas y el hedor de tanta gente, cuando hicieron un alto para paladear un desayuno especialmente abundante preparado a la orilla de un riachuelo cantarín, coincidieron en que una ciudad no era el mejor lugar para respirar aire de Dios y gozar del calor del sol.
Un día de principios de junio estaban tumbados de espaldas a la vera de un arroyo, en las cercanías de Chipping Norton, viendo pasar las nubes a través de ramas frondosas, esperando que picaran las truchas.
Apoyadas en dos ramas en forma de Y clavadas en tierra, sus varas de arce estaban inmóviles.
– Muy entrada la temporada para que las truchas tengan hambre de lombrices -murmuró satisfecho Barber-. En un par de semanas, cuando los insectos saltadores pululen en los campos, los peces se cogerán antes.
– ¿Cómo conocen la diferencia los gusanos machos? -preguntó Rob.
Medio dormido, Barber sonrió.
– Seguro que todas las hembras se parecen en la oscuridad, como las mujeres.
– Todas las mujeres no son iguales, ni de día ni de noche -protestó Rob-. Parecen semejantes, pero cada una tiene su aroma, su sabor, su tacto.
Barber suspiró.
– Esa es la autentica maravilla que opera de señuelo en el caso del hombre.
Rob se incorporó y fue hasta el carromato. Al volver llevaba en la mano un cuadrado liso de pino en el que había dibujado en tinta el rostro de una muchacha. Se puso en cuclillas junto a Barber y le dio la tabla.
– ¿La reconoces?
Barber estudió el dibujo.
– Es la chica de la semana pasada, la muñequita de Fairt Ives.
Rob recuperó el dibujo y lo observó, complacido.
– ¿Por qué le pusiste esa marca tan fea en la mejilla?
– Porque la tenía.
Barber asintió.
– La recuerdo. Pero con tu pluma y tu tinta estás en condiciones de embellecer la realidad. ¿Por qué no permites que se vea a sí misma más favorablemente de lo que la ve el mundo?
Rob frunció el ceño, preocupado sin saber por qué. Volvió a estudiar el parecido.
– De cualquier manera, no lo ha visto, pues lo dibujé después de dejarla.
– Pero podrías haber hecho el dibujo en su presencia. -Rob se encogió de hombros y sonrió. Barber se levantó, plenamente despierto-. Ha llegado el momento de que demos un uso práctico a tu habilidad.
A la mañana siguiente, fueron a ver a un leñador y le pidieron que aserrara rodajas del tronco de un pino. Los cortes de madera resultaron decepcionantes: demasiado ásperos para dibujar con pluma y tinta. Pero las rodajas de una joven haya eran lisas y duras, y el leñador cortó de buena gana un árbol de tamaño mediano a cambio de una moneda.
A continuación del espectáculo de aquella tarde, Barber anunció que su compañero dibujaría gratuitamente retratos de media docena de residentes de Chipping Norton.