No tenía razones para contradecir a Barber; pero así, gradualmente tomó conciencia de que el don no sólo servia para predecir la muerte, sino que podía resultar útil a fin de estudiar enfermedades y, tal vez, para ayudar a los vivos.
Incitatus arrastró lentamente el carromato encarnado en dirección norte a través de Inglaterra, pueblo por pueblo, algunos demasiado pequeños para tener nombre. Cada vez que llegaban a un monasterio o iglesia, Barber aguardaba pacientemente en el carromato, mientras Rob preguntaba por el padre Ranald Lovell y el chico llamado William Cole, pero nadie los había oído nombrar.
En algún sitio, entre Carlisle y Newcastle-upon-Tyne, Rob se encaramó a un muro de piedra levantado novecientos años atrás por la cohorte Adriano para proteger a Inglaterra de los merodeadores escoceses. Sentado en Inglaterra y contemplando Escocia, Rob se dijo que la posibilidad más prometedora de ver a alguien de su propia sangre se hallaba en Salisbury, donde los Haverhill habían llevado a su hermana Anne Mary.
Cuando por fin llegaron a Salisbury, fue despachado en un santiamén la Corporación de Panaderos.
El jefe panadero se llamaba Cummings. Era achaparrado y semejante a un sapo; no tan robusto como Barber pero lo bastante rechoncho como para servir de propaganda a su oficio.
– No conozco a ningún Haverhill.
– ¿No lo miraríais en el registro?
– Oye, estamos en época de feria. Prácticamente todos mis cofrades están trabajando en ella; hay mucho trajín y tenemos prisa. Si quieres, ven a vernos cuando termine la feria.
Mientras duró la feria, sólo una parte de Rob hacía juegos malabares, atraía pacientes y ayudaba a tratarlos, en tanto escudriñaba constantemente las multitudes en busca de un rostro conocido; un vislumbre de la chica que ahora imaginaba sería Anne Mary.
No la vio.
Al día siguiente de la culminación de la feria volvió al edificio de la Corporación de Panaderos de Salisbury. Era una estancia pulcra y atrayente a pesar de su nerviosismo, se preguntó por qué las salas de reunión de los gremios eran siempre más sólidas y estaban mejor construidas que las de las Corporaciones de Carpinteros.
– Ah, el joven cirujano barbero. -Cummings fue más amable y estaba más sosegado. Registró concienzudamente dos voluminosos libros mayores y luego meneó la cabeza-. Jamás hemos tenido un panadero llamado Haverhill.
– Un hombre y su mujer -insistió Rob-. Vendieron la pastelería de Londres y afirmaron que vendrían aquí. Tienen una chiquilla que es hermana mía. De nombre Anne Mary.
– Lo que ha ocurrido es evidente, joven cirujano barbero. Después de vender su tienda y antes de llegar aquí encontraron una oportunidad mejor en otro lado, oyeron hablar de un sitio más necesitado de panaderos.
– Sí, es probable.
Rob le agradeció y volvió al carromato. Barber quedó visiblemente preocupado, pero le aconsejó que hiciera de tripas corazón.
– No debes perder las esperanzas. Algún día los encontrarás; seguro.
Pero era como si la tierra se los hubiese abierto y tragado a los vivos y a los muertos. La leve esperanza que había mantenido, ahora parecía excesivamente inocente. Pensó que los días de su familia habían quedado atrás y, con un estremecimiento, se obligó a reconocer que fuera lo que fuese lo que lo esperaba, con toda probabilidad lo enfrentaría a solas.
EL JORNALERO
Pocos meses antes de que concluyera el aprendizaje de Rob, estaban bebiendo cerveza en la taberna de la posada de Exeter, negociando cautelosamente los términos laborales.
Barber bebía en silencio, como si estuviera perdido en sus pensamientos. Realmente le ofreció un salario bajo. -más una nueva muda- agregó, como si lo acometiera un arranque de generosidad.
No en vano Rob llevaba seis años con él. Se encogió de hombros, dubitativo.
– Me siento atraído a volver a Londres -dijo mientras rellenaba las copas
Barber asintió.
– Una muda cada dos años tanto si es necesaria como si no -añadió, después de analizar la expresión de Rob.
Pidieron la cena: un pastel de conejo, que Rob comió entusiasmado. En vez de dedicarse a la comida, Barber la emprendió con el tabernero.
– La poca carne que encuentro es durísima y esta mal condimentada -refunfuñó-. Podríamos elevar un poco el salario. Un poco.
– Esta mal condimentada -confirmó Rob-. Eso es algo que tú nunca haces. Siempre me ha gustado tu forma de condimentar la caza.
– ¿Qué salario consideras justo para un mocoso de dieciséis años?
– Prefiero no tener salario.
– ¿Prefieres no tener salario? -Barber lo observó con suspicacia.
Así es. Los ingresos se obtienen de la venta de la panacea y del tratamiento de los pacientes. Por tanto, quiero la duodécima parte de cada frasco vendido y la duodécima parte de cada paciente tratado.
– Un frasco de cada veinte y un paciente de cada veinte. -Rob sólo vaciló un instante antes de asentir.
– Los términos durarán un año y luego podrán renovarse por mutuo acuerdo.
– ¡Trato hecho!
– Trato hecho -dijo Rob serenamente.
Levantaron las jarras de cerveza negra y sonrieron.
– ¡Salud!
– ¡Salud!
Barber se tomó muy en serio sus nuevos costos. Un día que estaban en Northampton, donde había hábiles artesanos, contrató a un carpintero subalterno para que hiciera otro biombo, y en su próxima parada, que resultó ser Huntington, lo instaló no muy lejos del suyo.
– Es hora de que te pares sobre tus propios pies -dijo.
Después del espectáculo y los retratos, Rob se sentó detrás de la cortina y esperó.
– ¿Lo mirarían y soltarían una carcajada? ¿o girarían sobre sus talones y se sumarían a la fila de espera de Barber?
Su primer paciente hizo una mueca cuando Rob le tomó las manos, porque su vieja vaca le había pisoteado la muñeca.
– La muy zorra pateó el cubo. Luego, cuando me estiré para enderezarlo, la condenada me pisó.
Rob palpó suavemente la articulación y al instante olvidó cualquier otra cosa. Había una magulladura dolorosa. También un hueso roto, el que bajaba del pulgar. Un hueso importante. Le llevó un rato vendar correctamente la muñeca y amarrar un cabestrillo.
El siguiente era la personificación de sus temores: una mujer delgada angulosa de aire sombrío.
– He perdido el oído -declaró.
Rob le examinó las orejas, que no parecían tener ningún tapón, No conocía nada que pudiera mejorarla.
– No puedo ayudarla -dijo con tono pesaroso.
La mujer sacudió la cabeza.
– ¡NO PUEDO AYUDAROS! -gritó Rob.
– ENTONCES, PREGUNTADLE AL OTRO BARBERO.
– ÉL TAMPOCO PODRÁ AYUDAROS.
Ahora la mujer tenía expresión colérica.
– ¡CONDENAOS EN LOS INFIERNOS! SE LO PREGUNTARÉ YO MISMA.
Rob oyó la risa de Barber y notó cuánto se divertían los otros pacientes cuando la mujer salió como una tromba.
Aguardaba detrás del biombo, ruborizado, cuando entró un joven que tendría uno o dos años más que él. Rob reprimió el impulso de suspirar cuando vio el dedo índice izquierdo en avanzado estado de gangrena.
– No tiene buen aspecto.
El joven tenía blancas las comisuras de los labios, pero de alguna forma logró sonreír.
– Me lo aplasté cortando madera para el fuego hará una quincena. Dolió, por supuesto, pero aparentemente mejoraba. Entonces…
La primera articulación estaba negra y abarcaba una superficie de inflado descoloramiento que se convertía en carne ampollada. Las grandes ampollas despedían un fluido sanguinolento y un olor gaseoso.
– ¿Cómo fuisteis tratado?
– Un vecino me aconsejó que lo envolviera en cenizas húmedas mezcladas con mierda de ganso, para aliviar el dolor. -Rob movió la cabeza afirmativamente, pues este era el remedio más común.