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Un hombre alto había entrado en la porción elevada del frente de la sala, en la que había un gran trono. Rob estaba demasiado lejos para ver los detalles, pero el recién llegado no era el sha, pues se sentó en un trono más pequeño, debajo y a la derecha del asiento real.

– ¿Quién es ese? -preguntó Rob al judío con quien ya había hablado.

– El gran visir, el santo imán Mirza-aboul Qandrasseh.

El judío miró incómodo a Rob, pues había escuchado su propuesta como demandante. Ala-al-Dawla subió a la plataforma, desabrochó el talabarte y dejó la vaina en el suelo mientras se sentaba en el trono. Todos los presentes en la Sala de Columnas hicieron el razi zemen mientras el imán Qandrasseh invocaba el favor de Alá para quienes pedían justicia al León de Persia. La audiencia comenzó de inmediato. Rob no oía claramente a los suplicantes ni a los entronizados, pese al silencio que se hizo en la sala. Pero cada vez que hablaba un mandante, sus palabras eran repetidas en voz alta por otros estacionados en puntos estratégicos de la sala, y de esta forma las palabras de los participantes llegaban a todos.

El primer caso era el relativo a dos curtidos pastores de la aldea de Ardistan, que habían andado dos días para llegar a Ispahán y presentar su controversia al sha. Les enfrentaba un feroz desacuerdo sobre la propiedad de un cabrito recién nacido. Uno era el dueño de la madre, una hembra que llevaba mucho tiempo estéril y no era receptora. El otro afirmaba que la había preparado con el fin de que fuese montada con éxito por el macho cabrio, y por lo tanto reclamaba la mitad de la propiedad de la cría.

– ¿Apelaste a la magia? -preguntó el imán.

– Excelencia, lo único que hice fue acariciarla con una pluma para calentarla -respondió el aludido.

La multitud rugió y pataleó. En seguida el imán señaló que el sha se pronunciaba a favor del que había empuñado la pluma.

Para la mayoría de los presentes, aquello era un entretenimiento. El sha nunca hablaba. Tal vez transmitía sus deseos a Qandrasseh por señas, pero todas las preguntas y decisiones parecían provenir del visir, que no soportaba a los imbéciles.

Un severo maestro de escuela, con el pelo aceitado y una barbita cortada en una punta perfecta, vestido con una orlada túnica bordada, con aspecto de haber sido desechada por un hombre rico, solicitó el establecimiento de una nueva escuela en la población de Nain.

– ¿No hay dos escuelas en Nain? -inquirió con aspereza el imán.

– Escuelas muy pobres en las que enseñan hombres indignos, Excelencia -respondió suavemente el maestro.

Un leve murmullo de desaprobación se elevó entre la muchedumbre. El maestro continuó leyendo la petición, que aconsejaba para la escuela propuesta la contratación de un director con tan detallados requisitos, tan específicos e irrelevantes, que despertó risas disimuladas, pues era obvio que la descripción sólo se ajustaría al propio lector.

– Suficiente -dijo Qandrasseh-. Esta petición es maliciosa y egoísta, y en consecuencia un insulto al sha. Que el kelonter castigue a este hombre veinte veces con las varas, y que ello complazca a Alá.

Aparecieron unos soldados blandiendo porras, a cuya vista comenzaron a palpitar las contusiones de Rob. Se llevaron al maestro, que protestaba sin parar.

En el caso siguiente hubo poco regocijo. Dos nobles ancianos ataviados con costosas ropas de seda tenían una ínfima diferencia de opinión concerniente a derechos de pastoreo. A la presentación siguió una interminable disputa en voz baja sobre antiguos acuerdos concluidos por hombres ya difuntos, mientras el público bostezaba y se quejaba de la ventilación de la sala hacinada y de dolor en sus fatigadas piernas. No evidenciaron la menor emoción cuando se pronunció el veredicto.

– ¡Que pase Jesse ben Benjamín, judío de Inglaterra! -gritó alguien.

Su nombre flotó en el aire y luego resonó como un eco a través de la sala, mientras lo repetían una y otra vez. Bajó cojeando el largo pasillo alfombrado, conocedor de la mugre de su caftán arrugado y del estropeado sombrero de cuero, que hacían juego con su cara maltrecha.

Cerca del trono hizo tres veces el raiji zemin, pues había observado que eso era lo prescrito.

Cuando se enderezó vio al imán con la túnica negra de mullah y su nariz afilada en un rostro voluntarioso enmarcado por una barba entrecana.

El sha usaba el turbante blanco de los religiosos que han estado en La Meca, pero entre sus pliegues destacaba una delgada corona de oro. Su larga túnica blanca era de tela suave y ligera, trabajada con hebras azules y doradas. Unas perneras azul oscuro envolvían sus piernas y los zapatos en punta eran del mismo color, bordados con hilo rojo sangre. Parecía vacuo y perdido, la imagen de un hombre desatento porque estaba aburrido.

– Un Inghiliz -observó el imán-. Hasta el presente eres nuestro único Inghiliz, nuestro único europeo. ¿Por qué has venido a nuestra Persia?

– Para buscar la verdad.

– ¿Quieres abrazar la religión verdadera? -preguntó Qandrasseh afablemente.

– No, pues ya hemos aceptado que no hay Alá salvo Él, el más misericordioso -dijo Rob, bendiciendo las largas horas pasadas bajo la tutela de Simón ben ha-Levi, el comerciante erudito-. Está escrito en el Corán: "No adorare lo que adoras tú ni tú adoraras lo que yo adoro… Tú tienes tu religión y yo tengo mi religión.”

"Debo ser breve”, se recordó a sí mismo.

Sin emoción y con parquedad, relató que se encontraba en la jungla del occidente persa cuando una bestia saltó sobre él.

Tuvo la impresión de que el sha empezaba a prestar atención.

– En el lugar de mi nacimiento no existen las panteras. Yo no tenía armas ni sabía cómo enfrentar a esa bestia.

Contó cómo había sido salvada su vida por el sha Ala-al-Dawla, cazador de leopardos como su padre Abdallah, que había matado al león de Kashan.

Los más cercanos al trono comenzaron a aplaudir a su gobernante y a dar agudos grititos de aprobación. Los murmullos ondularon por la sala al tiempo que los repetidores transmitían la historia a las multitudes que estaban demasiado lejos del trono para haberla oído.

Qandrasseh permanecía impávido, pero por su mirada Rob dedujo que no estaba contento por el relato ni por la reacción que despertó en la multitud.

– Ahora date prisa, Inghiltz -dijo fríamente-, y declara qué solicitas a los pies del único sha verdadero.

Rob aspiró hondo para tranquilizarse.

– Como también está escrito que el que salva una vida es responsable de ella, solicito ayuda del sha para hacer que mi vida sea lo más valiosa posible.

A continuación, narró su vano intento de ser aceptado como estudiante en la escuela de médicos de Ibn Sina. La historia de la pantera se había divulgado hasta el último rincón, y el gran auditorio se sacudió bajo el constante atronar de un nutrido pataleo.

Sin duda el sha Alá estaba acostumbrado al temor y a la obediencia, pero quizás hacía mucho tiempo que no lo vitoreaban espontáneamente.

Bastaba ver su expresión para notar que el pataleo sonaba a música en sus oídos.

El único sha verdadero se inclinó hacía delante, con los ojos brillantes, y Rob percibió que recordaba el incidente de la matanza de la pantera. Su mirada sostuvo la de Rob un instante. Luego se volvió hacia el imán y habló por primera vez desde el inicio de la audiencia.

– Dadle al hebreo un calaat -dijo.

Por alguna razón, el público rió.

– Vendrás conmigo -dijo el oficial entrecano.

No tardaría muchos años en hacerse viejo, pero ahora era fuerte y poderoso. Usaba un yelmo corto de metal pulido, un jubón de cuero sobre una túnica marrón de militar, y sandalias con tiras de piel. Sus heridas hablaban por éclass="underline" los surcos de estocadas cicatrizadas sobresalían blancos en sus brazos macizos y morenos, tenía la oreja izquierda aplastada, y su boca estaba permanentemente torcida a causa de una vieja herida punzante por debajo del pómulo derecho.