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– Soy Khuff -se presentó el Capitán de la Puerta. -Posó su mirada en el cuello en carne viva de Rob y sonrió-. ¿El carcán?

– Sí.

– El carcán es un Cabrón -dijo Khuff, admirado.

Salieron de la Sala de las columnas y se encaminaron a los establos. En el alargado campo verde galopaban unos jinetes haciendo que sus caballos se enredaran entre sí, girando y esgrimiendo largas varas semejantes a cayados, pero ninguno cayó.

– ¿Tratan de golpearse?

– Tratan de golpear una pelota. Es un juego de pelota y palo, para caballistas. -Khuff lo observó-. Son muchas las cosas que no sabes. ¿Has entendido lo del calaat?

Rob meneó la cabeza.

– En tiempos antiguos, cuando alguien se ganaba el favor de un monarca persa, este se quitaba un calaat, un detalle de su vestimenta y lo concedía como símbolo de su agrado. A lo largo del tiempo la costumbre se ha convertido en una señal del favor real. Ahora la "prenda real” consiste en el mantenimiento, un conjunto de ropa, una casa y un caballo.

Rob estaba alelado.

– Entonces, ¿soy rico?

Khuff le sonrió como dándole a entender que era tonto.

– Un calaat es un honor singular, pero varía ampliamente en cuanto a suntuosidad. Un embajador de una nación que ha sido aliada fiel de Persia en guerra, recibiría las vestimentas más costosas, un palacio casi tan espléndido como la Casa del Paraíso, y un magnífico corcel con arreos y jaeces tachonados de piedras preciosas. Pero tú no eres un embajador.

Detrás de los establos había una cuadra que encerraba un turbulento mar de caballos. Barber siempre había dicho que para elegir un caballo había que buscar un animal con cabeza de princesa y trasero de puta gorda.

Rob vio un rucio que se ajustaba exactamente a esa descripción y, por añadidura, poseía soberanía en la mirada.

– ¿Puedo quedarme con esa yegua? preguntó, al tiempo que la señalaba.

Khuff no se molestó en responder que era un corcel para un príncipe, pero una sonrisa irónica hizo cosas raras en su boca retorcida. El capitán de la Puerta desenganchó un caballo ensillado y montó. Se entremezcló en la masa de animales arremolinados y, hábilmente, separó un castrado castaño, correcto aunque desanimado, de patas cortas y robustas y fuerte espaldar.

Khuff mostró a Rob un tulipán marcado a fuego en el muslo del animal.

– El sha Alá es el único criador de caballos de Persia y esta es su marca. Este caballo puede ser cambiado por otro que lleve un tulipán, pero nunca debe venderse. Si muere, córtale el pellejo con la marca y te lo cambiaré por otro.

Khuff le entregó una bolsa con menos monedas de las que Rob podía ganar vendiendo Panacea Universal en un solo espectáculo. En un depósito cercano, el capitán de la Puerta buscó hasta encontrar una silla servible entre las existencias del ejército. La ropa que le dio estaba bien hecha aunque era sencilla: pantalones holgados que se ajustaban en la cintura con una cuerda; perneras de lino que se envolvían alrededor de cada pierna por encima de los pantalones, a la manera de vendajes, desde el tobillo a la rodilla; una camisa suelta llamada khamtsa, que cuelga sobre los pantalones hasta la altura de la rodilla; una túnica o durra; dos casacas para las diferentes estaciones, una corta y ligera, la otra larga y forrada con piel de cordero; un soporte cónico para turbante, denominado kalansuwa, y un turbante marrón.

– ¿No lo hay verde?

– Este es mejor. El verde es ordinario, pesado; lo usan los estudiantes y los más pobres entre los pobres.

– Pero lo prefiero verde -insistió Rob, y Khuff le dio el turbante barato acompañado por una mirada de desprecio.

Paniaguados de ojos alertas saltaron a cumplir la orden del capitán cuando pidió su caballo personal, que resultó ser un semental árabe parecido a la yegua gris que Rob había codiciado. Montado en el plácido caballo castrado, y acarreando un saco de paño cargado de ropa, cabalgó detrás de Khuff como un escudero hasta entrar en el Yehuddiyyeh. Durante largo rato recorrieron las estrechas calles del barrio judío, hasta que Khuff sujetó las riendas ante una casita de viejos ladrillos rojo oscuro. Había un pequeño establo, meramente una techumbre sobre cuatro postes, y un diminuto jardín en el que una lagartija miró asombrada a Rob antes de desaparecer en una grieta de la pared de piedra. Cuatro albaricoqueros excesivamente crecidos arrojaban su sombra en los espinos que tendrían que ser arrancados. La casa tenía tres habitaciones, una con suelo de tierra y dos con los suelos del mismo ladrillo rojo que las paredes, desgastado por los pies de muchas generaciones, ahora convertidos en depresiones poco profundas. La momia reseca de un ratón ocupaba un rincón de la estancia con suelo de piedra, y el débil hedor empalagoso de su putrefacción flotaba en el aire.

– Es tuya -dijo Khuff, inclinó una vez la cabeza y se marchó.

Aun antes de que el sonido de su caballo se hubiese apagado, las rodillas de Rob cedieron. Se desplomó en el suelo de tierra, luego logró tenderse y no tuvo más conocimiento que el ratón muerto.

Durmió dieciocho horas seguidas. Al despertar estaba acalambrado y dolorido como un viejo con las coyunturas agarrotadas Se sentó en la casa silenciosa y contempló las motas de polvo en la luz del sol que brillaba a través del agujero para salida de humos del techo. La vivienda estaba algo deteriorada -había grietas en el enlucido de arcilla de las paredes y uno de los alféizares se estaba derrumbando-, pero era la primera morada auténticamente suya desde la muerte de sus padres.

En el pequeño establo vio, horrorizado, que su nuevo caballo estaba sin agua, sin comida y todavía ensillado. Después de quitarle la silla y llevarle agua en el sombrero desde un pozo público de las inmediaciones, fue a toda prisa al establo donde estaban alojados su burro y su mula. Compró cubos de madera, paja de mijo y una cesta llena de avena, cargó todo en el burro y volvió a casa con los dos animales.

Después de atenderlos, cogió su ropa nueva y se encaminó a los baños públicos, deteniéndose antes en la posada de Salman el Pequeño.

– He venido a buscar mis pertenencias -dijo al viejo posadero.

– Han estado a buen resguardo, aunque temí por tu vida cuando pasaron dos noches y no regresaste.-Salman lo observó, temeroso-. Circula la historia de un Dhimmi, un judío europeo que se presentó en la audiencia y a quien el sha de Persia le concedió un calaat.

Rob asintió.

– ¿De verdad eras tú? -susurró Salman.

Rob se dejó caer pesadamente en una silla.

– No he probado bocado desde que me diste de comer.

Salman no perdió ni un minuto en servirle. Rob puso a prueba su estómago cautelosamente, con pan y leche de cabra; al ver que no le ocurría nada, y que lo único que tenía era hambre, se permitió ingerir cuatro huevos duros, más pan en cantidad, un pequeño queso duro y un cuenco de pilah.

Sus miembros recuperaron las fuerzas.

En los baños se remojó largamente para aliviar las magulladuras. Cuando se puso la ropa nueva se sintió extraño, aunque no tanto como la primera vez que vistió el caftán. Logró ponerse las perneras con dificultad, pero atarse el turbante requeriría instrucciones, y por el momento se quedó con el sombrero de cuero.

Volvió a casa, se deshizo del ratón muerto y evaluó su situación Ahora gozaba de una modesta prosperidad, pero no era eso lo que había solicitado al sha, y sintió una vaga aprensión inmediatamente interrumpida por la llegada de Khuff, todavía arisco, que desenrolló un frágil pergamino y procedió a leerlo en voz alta. ALA Edicto del Rey del Mundo, Alto y Majestuoso Señor, Sublime y Honorable más allá de toda comparación; magnífico en Títulos, inquebrantable Base del Reino, Excelente, Noble y Magnánimo; León de Persia y Poderosísimo Amo del Universo. Dirigido al Gobernador, al Intendente y otros Funcionarios Reales de la Ciudad de Ispahán, Asiento de la Monarquía y Teatro de la Ciencia y la Medicina. Han de saber que Jesse hijo de Benjamín, Judío y Cirujano Barbero de la Ciudad de Leeds de Europa, ha llegado a nuestros Reinos, los mejores gobernados de toda la Tierra y conocido refugio de los oprimidos, y ha tenido la Facilidad y la Gloria de aparecer ante los Ojos del Más Alto, y mediante humilde petición rogó la ayuda del Auténtico Lugarteniente del Auténtico Profeta que está en el Paraíso, o sea nuestra más Noble Majestad. Han de saber que Jesse hijo de Benjamín de Leeds cuenta con el Favor y la Buena Voluntad Reales, y por este documento se le concede una Prenda Real con Honores y Beneficencias y se ordena que todos lo traten en consecuencia. También debéis saber que quien infrinja este Edicto se verá expuesto a la Pena Capital. Hecho el tercer Panj Shanbah del mes de Rejab en el nombre de nuestra más Alta Majestad por su Peregrino de los Nobles y Santos y Sagrados Lugares, y su Jefe y Superintendente del Palacio de Mujeres del Más Alto, el Imán Mirza-aboul Qandrasseh, Visir. Es necesario armarse con la Asistencia del Altísimo Dios en los Asuntos Temporales.