Allí vi cómo se desarrollaba la revolución, oyendo a intervalos el crepitar de las ametralladoras y viendo pasar, de tiempo en tiempo, las ambulancias cargadas de heridos que iban dando al aire la bandera blanca y pidiendo vía libre con el agudo chirrido de una trompeta.
Así viví yo la revolución de marzo de 1917, durante aquellos doce mortales días que estuve en Petrogrado aguantando en una cola para obtener un billete de ferrocarril que me permitiera marcharme.
Por la mañana todo aparecía tranquilo. Se oía decir a alguien que en una calleja próxima había amanecido un policía del zar asesinado. Y nada más. La gente se iba a sus quehaceres, si los tenía. Se entreabrían las tiendas con muchas precauciones y preparadas a cerrar de un solo golpe a la primera señal de alarma. Petrogrado, envuelto en la bruma matinal, silencioso, solemne, con los penachos blancos de humo de sus chimeneas perforando la niebla, me daba la impresión de una ciudad completamente tranquila cuando, muy de mañana, iba a ponerme en la cola de la compañía ferroviaria. Ni siquiera se veían patrullas. Los revolucionarios tenían mucho trabajo durante la madrugada, y a aquellas horas dormían. Alguna vez sonaba un tiro aislado allá lejos; no se le concedía importancia; podía ser alguna explosión de un gasómetro, podía ser un neumático que reventase; podía ser un guardia asesinado. Nada. La gente no se alarmaba y los comercios seguían abiertos. Eso sí, vendían al precio que les daba la gana; la revolución, de momento, era el paraíso de los tenderos; lo que hoy costaba uno, al día siguiente valía cinco, y dos días después, veinte o cincuenta; lo que querían pedir. Los víveres escaseaban, pero sólo para los que no tenían dinero bastante para pagar lo que pedían por ellos. Los tranvías no circulaban ya. Los automóviles habían desaparecido. Los coches de punto se hallaban, sin embargo, en sus paradas habituales, como si tal cosa, y le llevaban a uno donde quisiera, sorteando las calles donde estaba levantado el pavimento y metiéndose en los sitios más comprometidos, aun en aquellos en los que se había entablado un tiroteo. El cochero se limitaba a ponerse en pie en el pescante cada vez que pasaba por un sitio peligroso, se santiguaba devotamente, y adelante.
A partir del mediodía, los comercios empezaban a cerrarse, y los cafés, que estaban entreabiertos, a poblarse de gente. En las calles no había un alma, pero en los cafés, detrás de los cierres entornados, se agolpaban millares de personas que discutían y manoteaban congestionadas por la densa atmósfera de humo de tabaco que se formaba. A media tarde empezaba el tiroteo en los barrios. Nunca se sabía a ciencia cierta por qué. A veces, el fuego graneado se convertía en el retemblar de las descargas cerradas. No se veía un judío por ninguna parte. En cambio, los campesinos que acudían con sus verduras a los mercados de Petrogrado permanecían impasibles en medio de la refriegas, con sus montones de patatas por delante, como si no pasara nada. Y unos y otros estaban tiroteándose por encima de sus cabezas…
Al oscurecer, la lucha se generalizaba. Hasta los cafés del centro llegaba la noticia de que se estaba peleando de verdad en tal o cual barrio. Los grupos de policías fugitivos se unían a los oficiales del ejército, cuyas tropas se habían pasado a los revolucionarios, y juntos, por instinto de conservación, sólo por defender sus vidas, ya que no existía poder alguno al que tuviesen que sostener, se batían con las patrullas de desertores y obreros armados. Eran luchas a muerte, en las que no se daba cuartel.
Antes de que cayese la noche, todo el mundo estaba encerrado en su casa y con la puerta atrancada. Petrogrado quedaba entonces a merced de las bandas armadas. Se formaban cuadrillas de paisanos y militares que entraban en las casas ricas y las desvalijaban. Cuando veían a un pobre hombre que por necesidad había tenido que salir de su casa y cruzaba la calle huyendo el bulto, se echaban el fusil a la cara y lo tumbaban sin más averiguaciones. Estas bandas estaban formadas, en su mayor parte, por presidiarios, a quienes la revolución había abierto las puertas de las cárceles. De la fortaleza Pedro y Pablo salieron centenares de delincuentes, que se armaron con los fusiles de la policía y del ejército para cometer impunemente cuantos crímenes querían. Se decía que eran los mismos revolucionarios y los propios soldados llegados del frente los que hacían tales atrocidades, pero no era verdad; las patrullas de revolucionarios no robaban ni asesinaban más que a los policías y a los militares zaristas que les atacaban. ¡Pero quién conocía a unos y otros! Los presidiarios se habían ido a los cuarteles y allí se habían equipado con los capotes y los fusiles de los soldados. Cuando le daban el alto a uno lo mismo podía tener la suerte de que fuese una patrulla que le escoltase hasta dejarle en lugar seguro que la desgracia de que le descerrajasen un tiro por quitarle el reloj, el abrigo o un pan que llevase bajo el sobaco.
Durante la noche no se sabía lo que pasaba; se oía distante el tiroteo y se esperaba siempre, con angustia, la imperiosa llamada a la casa de una patrulla a la que se le hubiese antojado hacer una requisa. Bastaba asomarse a una ventana para que le soltasen a uno un tiro. A una pobre artista de nuestra pensión que se levantó de madrugada a colgar en la ventana una jarra de leche la mataron de un balazo en la frente. La caza del policía era implacable durante la noche. Los revolucionarios, como hurones, husmeaban en todas las casas que les parecían sospechosas, hasta sacarlos ensartados en sus largas bayonetas. Muchos policías y muchos oficiales se suicidaban. Otros, disfrazados de obreros o mendigos, merodeaban por los arrabales, buscando la manera de huir de Petrogrado. De los cuarenta mil no quedó ni uno. Palabra.
A los doce días de estar en la cola alcancé el billete para Moscú. Loco de alegría, me fui a la pensión a despedirme. Por fin, iba a reunirme con Sole. ¿Qué habría pasado entretanto en Moscú? ¿Qué le habría ocurrido a ella? No podía llevarme el equipaje, porque ya sabía cómo iban de abarrotados los trenes, pero sí cargué con dos grandes paquetes, uno de alubias y otro de arroz, por si en Moscú no había manduca. Tenía que llevarme también la guitarra, porque con revolución o sin ella, ¿qué hace un flamenco sin guitarra? Con blancos o con rojos, yo tenía que ganarme mi pan, y mi pan eran, allí y en China, mis pinceles y mi guitarrilla. Me fui a la estación tan contento, pero cuál no sería mi desesperación al ver que el billete que me había costado tantas fatiguitas no me resolvía nada. Tenía el billete para el tren; el tren era lo que faltaba. Porque los trenes que iban saliendo todos iban abarrotados de viajeros con billetes de primera clase, expedidos antes que el mío. Imposible subir a un vagón. Materialmente imposible. Los trenes se iban uno tras otro y yo me quedaba siempre en el andén con mi inútil billete en el bolsillo, esperando hasta Dios sabe cuándo.
Hasta que adopté una resolución heroica. Fingiéndome mozo de equipajes, conseguí llegar hasta uno de los vagones de un tren de lujo que estaba a punto de partir, y ayudado por el empleado metí por la ventanilla mi guitarra y mis paquetes. Luego me quedé allí rezagado, enjugándome el sudor el pie del vagón y gruñendo al mismo tiempo que el empleado por la aglomeración de viajeros. Al arrancar el tren, el empleado se quedaba en la portezuela para impedir que la gente entrase por sorpresa. De mí, que estaba a su lado, no desconfió al partir, porque yo era el que más gritaba a la muchedumbre diciendo que no había plazas y empujándola. Cuando, ya en marcha el tren, el empleado iba a cerrar la portezuela, di un salto y le pegué un empujón y me agarré al pasamanos. No tuve tiempo de más. Se repuso en seguida y me arreó una patada en la boca del estómago que a poco más me deja sin sentido. Yo me encogí de dolor, pero me mantuve firme en el estribo. El empleado, furioso, empezó a pegarme en la cabeza y en las manos para que me soltase, pero yo, con los ojos cerrados y la cabeza gacha, me aferraba al pasamanos con toda mi alma, mientras los nudillos se me partían de dolor por los golpes que me daba aquel animal para que me soltase. A todo esto, el tren había salido del andén y apretaba la marcha. Llegó un momento en que me sentí desfallecer y vi que, contra mi voluntad, aflojaba las manos doloridas y caía a la vía. En aquel momento, unos viajeros que habían salido al pasillo y presenciaban la lucha me echaron una mano y tiraron de mí. Yo me daba cuenta de que aquellos brazos que me agarraban eran mi única salvación, porque yo, perdidas las fuerzas, había soltado ya el pasamanos. El empleado seguía empujándome implacablemente, pero mi ángel salvador me sostenía como a un pelele. Terminó el empleado por dejarme a mí y encararse con el viajero que me sostenía. Yo aproveché el momento para poner el pie en el vagón y escurrirme hacia el pasillo, donde me dejé caer sollozando: