—¡Mi mujer se muere en Moscú! ¡Tengo que ir! ¡Aunque me maten tengo que ir! —gritaba yo retorciéndome de desesperación, mientras el empleado y mi salvador cuestionaban—. Cuando se cansaron de discutir, el empleado se volvió a decirme que en la primera estación me arrojaría del tren. Yo entonces dije que tenía derecho a ir y enseñé mi billete. Esto lo aplacó algo. Todos los viajeros se pusieron de mi parte, y como estábamos en revolución y el pueblo mandaba, tuvo que resignarse a dejarme seguir.
Molido, lleno el cuerpo de cardenales, con los nudillos sangrando, me senté en un rinconcito del pasillo con mis alubias, mi arroz y mi guitarra, y allí fui acurrucado como un perrillo durante todo el viaje, pensando: «¿Qué habrá pasado en Moscú?»
«¿Qué habrá sido de Sole?».
7. Mientras el segador afila su hoz
Era la época del deshielo, y la estación de Moscú, cuando llegó el tren, estaba inundada. Corrí a nuestra casa de Novaia Basilkoska, saltando por los arroyos de agua helada que surcaban las calles, siempre con mis alubias, mi arroz y mi guitarra. Sole estaba allí sana y salva, pero ¡en qué estado! Aquellos doce días habían caído sobre ella como si fuesen doce años. No comprendía bien lo que había pasado ni lo que había sido la revolución, pero estaba convencida de que me habían matado en Petrogrado, y desde hacía una semana, ni comía, ni dormía, ni hacía otra cosa que dar vueltas alrededor de su alcoba, aterrorizada ante la idea de haberme perdido para siempre y de encontrarse a mil leguas de España, entre unos bárbaros a los que no entendía, que mataban o se hacían matar, sin que ella supiese nunca por qué. Había puesto sobre el baúl una estampa de la Virgen de su pueblo, le había encendido una lamparilla y se había pasado los días y las noches rezando, llorando y desesperándose. Cuando me vio entrar parecía una loca. Lloramos mucho, mucho, el uno en brazos del otro. Luego hicimos una paella y unas judías a la bretona, nos las comimos y nos pusimos tan contentos. Nos acordamos de España, de Madrid… ¡Qué lejos estaba todo!
La revolución había pasado, las noticias que se tenían eran más tranquilizadoras y había que vivir y trabajar. Empecé a buscar trabajo. El primer contrato que me salió fue para Petrogrado. Yo no quería volver allí ni a tres tirones; pero ¿qué hacer? Uno es artista que tiene que ir a bailar donde le llaman; ni el zar ni Kerenski tenían nada conmigo. Por lo demás, un tiro se lo pueden dar a uno en Petrogrado como en la calle del Bastero le puede caer una teja encima; eso no lo evita más que la Divina Providencia. ¡A Petrogado otra vez!
Moscú, por otra parte, no estaba mucho mejor ni más tranquilo. La vida era más cara aún que en la capital; los judíos se aprovechaban bien. Aparte la carestía y la escasez, que ocasionaban largas colas a la puerta de los establecimientos de comestibles, la gente no se preocupaba demasiado de la revolución. Por otra parte, los barrios céntricos de Moscú presentaban un aspecto deslumbrador; parecía que no había pasado nada, y en el corazón de la ciudad los burgueses seguían teniendo un aire triunfal, quizá más insolente que nunca, porque el triunfo de los revolucionarios los tenía irritados. La muchedumbre elegante de Moscú discurría como si tal cosa bajo las bóvedas de cristales de las galerías. Sólo alguna que otra vez se arremolinaba la gente y se enteraba uno de que un grupo de mujeres del pueblo, sucias, desgreñadas, estaba acorralando a una de aquellas elegantes damas moscovitas —las más finas y elegantes del mundo—, que con sus pieles blancas y sus toilettes parisinas provocaban el odio de los pobres que venían de las colas del pan. Las comadres escupían a la burguesa y la insultaban, y los hombres del pueblo, con el pretexto de cortar la escena, la empujaban, dándole achuchones y procurando rozarse con ella. A veces, surgía un oficial de los que de mala gana se había tenido que arrancar las charreteras, o bien de los que aún las llevaban, desafiadores, y tomaban caballerescamente la defensa de la dama. Entonces ocurría una de-estas dos cosas: o lo linchaban o los desarrapados se asustaban ante sus desplantes y se iban refunfuñando amenazas.
Todo había terminado. Al menos, así lo aseguraban los periódicos, y en vista de que había tranquilidad, nos fuimos de nuevo a Petrogrado para debutar en el Olimpia. La capital había recobrado su aspecto normal, pero por todas partes se veían los destrozos causados por la revolución; las fachadas de las casas estaban acribilladas a balazos y aún humeaban las cenizas de las casas incendiadas.
A los dos días de llegar nosotros se celebró el entierro de las victimas de la revolución, para lo cual cavaron una fosa enorme en los jardines de una gran plaza próxima a la Perspectiva Nevski. A presencia del Gobierno revolucionario y de un gentío inmenso, fueron depositados los féretros —unos trescientos— en aquella fosa grande y honda. La ceremonia se desarrollaba en medio de un silencio impresionante, y sólo tenían vida en aquella masa compacta de hombres inmóviles y silenciosos los trapos rojos de las banderas azotadas por el viento de marzo. No he visto nunca tanta gente tan quieta y tan callada. Mientras iban colocando los féretros en la gran fosa, y luego, cuando en el silencio aterrador de la plaza sonaban claras y distintas las paletadas de tierra, que golpeaban lúgubremente los ataúdes, estuvieron estremeciendo los aires los estampidos sordos de la artillería, que allá, a lo lejos, hacía salvas por los héroes de la revolución. Eran dos baterías, una a cada extremo de Petrogrado, que disparaban alternativamente, haciendo contrapunto. Al final, las bandas de todos los regimientos, con el bombo tapado por un crespón negro, tocaron una marcha fúnebre. Sobre los trescientos féretros se echaron unas cuantas flores, pocas, y el Gobierno provisional desfiló ante la multitud. Aquel día vi a Kerenski y oí hablar de él por primera vez en mi vida.
Terminada la ceremonia la muchedumbre se desparramó por los barrios calladamente. El comercio había cerrado sus puertas, y se tenía la sensación de que era día de Viernes Santo en mi tierra, en Castilla. La gente, después de haber enterrado a los muertos, volvía a sus hogares silenciosa, preocupada, triste. Aquello no había terminado, ni mucho menos. Yo, por mi parte, tuve esa impresión, y con ella volvimos aquel día a casa.