Vivíamos entonces en la pensión de un español llamado Rocha, gaditano, ya viejo, domador de leones en su juventud y casado con una alemana, de la que tenía varias hijas, artistas también, entre ellas una muy buena cantante, a la que llamaban el Mirlo de oro. Una familia pintoresca y buena. Rocha era un santo, y la mayor parte de sus huéspedes eran por entonces españoles a quienes la revolución había dejado varados en Petrogrado, y no pagaban su pensión. Los compatriotas nuestros que antes de la revolución vivían en Petrogrado normalmente se habían ido marchando en las expediciones organizadas por la Embajada. Aún estaba allí Angelita Mignon, que consiguió marcharse poco después por Siberia con los funcionarios del Consulado, como nosotros, dando bandazos a través de la revolución: el bailarín Pepe Ojeda y la Catalanita. Se ayudaban bailando por los cines de barrio, pero con muchas dificultades. Poco a poco habían ido abriéndose de nuevo los cabarets. Villa Rodé, que no fue incendiado hasta que tomaron el poder los bolcheviques, volvió a abrirse también después del saqueo. Pero a mí me daba todo aquello muy mala espina, y en abril o mayo decidí irnos hacia el Sur, adonde se iban todos los que no querían nada con la revolución, que, en definitiva eran los que a nosotros, los artistas, nos daban de comer. El viaje resultaba difícil, porque ya el servicio de trenes estaba militarizado. Nada tan difícil en Rusia durante la revolución como el viajar, y nosotros teníamos que viajar constantemente. A vuelta de muchas penalidades, conseguimos llegar a Moscú, donde actuamos unos días en el Odeón, y, siguiendo nuestro designio de ponernos al socaire de la revolución en la Rusia Blanca, obtuve un contrato para Kiev, y allá nos fuimos a mediados de julio. Moscú y Petrogrado olían ya a algo que yo entonces no sabía a qué era: olían a bolchevique.
En el viaje de Moscú a Kiev tuve mi primer tropiezo con un oficial blanco. ¡Cuántos disgustos habían de darme! En la estación de Brianski había que hacer transbordo, y el tren que teníamos que tomar llevaba cerradas a piedra y lodo las portezuelas de los vagones. Los viajeros entraban y salían por las ventanillas a viva fuerza y en medio de una confusión espantosa. Sole, empujándola yo, entró fácilmente por una ventanilla; pero cuando yo quise meterme tropecé con un oficial zarista que quería salir. Era un tipo imponente, con los bigotes del káiser y con las charreteras y las condecoraciones del ejército imperial luciendo como un reto. Cuando yo estaba colgado de la ventanilla, con medio cuerpo dentro y medio fuera, me dio un empellón y me tiró sobre el andén como a un perro. No me he resignado nunca a ser atropellado ni he podido sufrir sin sublevarme, aunque haya estado a punto de costarme el pellejo muchas veces, esto de que los fuertes abusen de los débiles. La cosa era corriente en Rusia, y lo sigue siendo, sin que la gente reaccione jamás como en España reacciona. Un perro es y cuando lo pisan chilla, señor. Me encorajiné y volví a encaramarme en la ventanilla dispuesto a entrar a todo trance, porque tenía tanto derecho como el oficial aquel. En esto sonó la segunda campanada para la partida del tren, y el oficial, que estaba forcejeando conmigo, se hizo atrás, sacó el sable y lo descargó sobre mi cabeza furiosamente. Suerte que marró el golpe, y no me alcanzó más que de refilón. Si no, me deja en el sitio. Caí atontolinado al andén de nuevo. Pero un segundo después sonó la tercera campanada, y al pensar que Sole se iba en el tren y yo me quedaba reaccioné furioso. Tomé carrerilla y volví al asalto con tal ímpetu que entré en el vagón de un golpe, y el oficial y yo, hechos una pelota, llegamos rodando al suelo del departamento. Me quería matar. Gracias a que el tren se había puesto en marcha y no tuvo tiempo más que para tirarse de cabeza al andén. Desde allí, con la guerrera arrugada y las guías del bigote torcidas, me amenazaba con el puño cerrado, mientras nuestro tren corría, aunque no tanto como yo hubiese deseado. Sole se quedó sin habla para todo el viaje.
Kiev, en aquellos tiempos, era el paraíso de los burgueses. Todo el señorío de Moscú y Petrogrado se había refugiado allí en espera de tiempos mejores, y triunfaba y gastaba con ese aturdimiento y esa liberalidad del que no sabe lo que ha de pasar el día de mañana. El zar estaba prisionero, pero en Kiev, a pesar del Directorio revolucionario, los amos eran los zaristas. Los teatros y los cabarets estaban llenos de aristócratas, oficiales y burgueses triunfantes. Nosotros debutamos en el Château des Fleurs y tuvimos un gran éxito entre aquel público de contrarrevolucionarios. Todas las noches iba a vernos bailar un gran cantante ruso, oficial del ejército imperial, llamado Chakolski, al que acompañaba una dama aristocrática, su amante. Era una peña formada por aristócratas, militares y artistas famosos, entre los que estaba la gran cantante Maria Alejandrovna Lianskaya. Iban al cabaret sólo por verme bailar flamenco, y cuando yo terminaba mi número se marchaban. Parecían gente amable y generosa, pero enemigos acérrimos de la revolución. A Chakolski lo fusilaron los bolcheviques la primera vez que entraron en Kiev.
Yo bailaba un flamenco algo convencional, porque en la revolución de marzo había perdido las músicas y tuve que írselas tarareando a un compositor ruso para que las escribiera con la mayor semejanza posible. Era un flamenco pasado por Moscú. Gustaba mucho, sin embargo. En Kiev había trabajo siempre, y por todas partes se abrían cabarets, teatros y casas de juego. Los burgueses aquellos estaban muy asustados, pero se jugaban las pestañas y se divertían de lo lindo. Fue una temporada de lujo, alegría y derroche. Empezó a circular entonces el dinero de Kerenski, y ya al final apareció también el dinero ucraniano. Un rublo del zar valía dos kerenski, y un rublo kerenski, dos rublos ucranianos. La gente despreciaba el dinero nuevo y guardaba codiciosamente los rublos zaristas, a pesar de que habían bajado tanto que se empezaba a contarlos por cientos y miles. La calderilla había desaparecido, y la substituían unos sellos pequeñitos como los de Correos. Con todo aquel desbarajuste se perdió la noción del valor del dinero, y los burgueses que habían venido huyendo de Petrogrado y Moscú lo tiraban a manos llenas. A pesar de las alarmantísimas noticias que llegaban de la capital a fines de julio. En Petrogrado, según se decía, los revolucionarios habían ahorcado a once generales acusados de alta traición.
Hicimos una tournée por la Rusia Blanca. Fuimos, primero, a Gomel, una ciudad pequeña, pero muy rica y muy cuidada, en la que se vivía todavía con una holgura y un sosiego que le hacían a uno olvidarse de la guerra y de la revolución. En Gomel se vivía aún como debió vivirse en los buenos tiempos en todas las provincias rusas. Las gentes eran amables y buenas. Había un café con soberbios espejos y doradas cornucopias, en el que se daba cita la crema de la localidad. Se comía bien por poquísimo dinero, y había muchas confiterías en las que se vendían por diez copecks unos pasteles riquísimos que tenían fama en toda la comarca. Había muchos judíos ricos y algunas familias nobles, muy consideradas, cuyos hijos eran oficiales del ejército imperial. En el parque había un teatrito, al que acudía para vernos bailar un público atildadito y cariñoso. Tenía gran éxito entre aquellos elegantes de Gomel una artista rusa muy gorda, que se llamaba Anona y cantaba unas canciones sentimentales que se sabían de memoria todas las criadas.
En fin, una vida deliciosa de capital de provincia, que ignoraba todo lo que estaba pasando en Rusia, la guerra, la revolución, el hambre… ¡Quién hubiera podido quedarse entre aquellas gentes tan amables, que sabían hacer unos pasteles tan ricos!
Desde Gomel fuimos a Baronij, y cambió por completo la decoración. Baronij es una ciudad pequeña, de una sola calle, recorrida por los ripers, y unas callecitas transversales en cuesta que bajan hacia el río. La población estaba formada por campesinos, gente miserable, sobre la que destacaban diez o doce familias nobles propietarias de la tierra. Allí tenían ya una guerra viva. Los campesinos querían apoderarse de las tierras en vista de que había habido una revolución en Petrogrado, y los dueños se defendían a tiros. Teóricamente mandaba Kerenski, pero quienes campaban por sus respetos eran los campesinos más pobres, los más desharrapados, que aunque todavía no se llamaban bolcheviques eran bolcheviques auténticos. Las autoridades procuraban contenerlos. Se habían apoderado de varias fincas y hacían lo que les daba la gana. Menudeaban los asaltos y los atracos. Nosotros teníamos que ir de madrugada desde el parque Trek, donde trabajábamos, hasta nuestra casa, y pasábamos un miedo terrible. Yo entonces me hice con una bayoneta austríaca, que llevaba metida en el pantalón, por si acaso. Los últimos días nos acompañaba un policía.