La casa en que vivíamos era de una planta y tenía un patio grande, al que daban las ventanas de nuestras habitaciones. Hacía un calor terrible, pero no nos atrevíamos a tener las ventanas abiertas, y mientras las mujeres dormían los hombres nos quedábamos en vela jugando al póquer hasta el amanecer. Una madrugada la mujer de un artista excéntrico que vivía con nosotros vio una mano que se aferraba al alféizar de la ventana para saltar y gritó. Acudimos, yo con mi bayoneta en ristre, y vimos unos bultos que huían favorecidos por las sombras de la calle, totalmente a oscuras.
Aquello ya se parecía algo a lo que iba a ser la revolución.
8. Lo que hice yo en Moscú durante los diez días que conmovieron al mundo
A mí la toma del poder por los bolcheviques, los famosos diez días que conmovieron al mundo; me cogieron en Moscú vestido de corto, bailando en el tablado de un cabaret y bebiendo champaña a todo pasto.
Después de la tournée por Ucrania, y cuando vimos la mala jeta que tenían los campesinos en los últimos tiempos de Kerenski, decidimos refugiarnos en Moscú. Aquellas bestias de campesinos rusos eran capaces de todo. En una ciudad grande y civilizada —pensamos— no es posible que se cometan grandes atrocidades. Moscú, en septiembre y octubre de 1917, vivía alegre y confiado, sorteando con buen ánimo los sinsabores de la guerra y la revolución. El Gobierno de Kerenski lo permitía todo, y durante el verano se abrieron cadenas de cabarets y casas de juego, en los que rodaba el dinero alegremente. Los pobres hacían cola mientras tanto a la puerta de las panaderías, pero los rusos eran gente acostumbrada a estos contrastes.
Nos contrataron en el Yaz, que estaba entonces en todo su apogeo. A la famosa «sala de Napoleón», del Yaz, acudía todas las noches un gentío alegre que bebía y jugaba frenéticamente, sin pensar en el mañana. Allí conocí a varios oficiales de la misión militar francesa, que me llevaban a su cuartel para jugar al ajedrez. El comandante de la misión, que también se hizo muy amigo mío, era un francés típico, bueno y colérico, tan apasionado por el ajedrez que cuando me dejaba ganar me obsequiaba con grandes paquetes de azúcar, té, macarrones y pastas, cosas que ya escaseaban mucho en Rusia, y, en cambio, cuando perdía se encolerizaba y decía que yo le había hecho trampas. Me ganaba casi siempre, naturalmente.
Desde el Yaz pasamos al Jardín del Invierno, y luego a otro cabaret llamado Alpinskaia Rosa, cuyo director, Butler, murió de hambre meses después —yo le vi morir—, teniendo en el bolsillo una cuenta corriente en el banco de veinticinco mil rublos oro, que los bolcheviques no le dejaron sacar. En el hotel Savoy se abrió también un saloncito para tés-tangos, en el que yo estuve actuando como danseur mondaine, vestido irreprochablemente de frac. Frente al Metropol se inauguró otro salón de té-tango, en que también actuamos. Un público muy mezclado de negociantes, políticos, judíos y nuevos ricos llenaba aquellas salas, triunfando y gastando como si no hubiera habido tal revolución. Sólo a la madrugada, cuando, al volver hacia casa, nos paraban las patrullas de soldados o veíamos las colas a las puertas de las tiendas, advertíamos que aquello marchaba hacia un despeñadero.
A mediados de septiembre empezamos a oír hablar de otra revolución. Los clientes del cabaret esperaban de un momento a otro un golpe de estado, pero no por parte de los bolcheviques, a los que nadie concedía importancia, sino por parte de los zaristas. Se decía que el pueblo iba a derribar a Kerenski porque se había descubierto que era judío y tenía el designio de llevar a Rusia a la ruina. Parecía que quienes iban a pagar el pato, como siempre había ocurrido en Rusia, eran los pobres judíos. Por lo que pudiera tronar empezamos a proveernos de vituallas y a meterlas debajo de la cama. Con lo que nos regalaban los oficiales franceses y con lo que nosotros comprábamos teníamos para comer durante quince o veinte días.
Todavía tuvimos un momento en el que pudimos salvarnos de la hecatombe. Los trenes circulaban aún normalmente, pero los billetes estaban en manos de la reventa y adquirían precios fabulosos. Por mediación del intérprete del hotel Luxe conseguí cuatro billetes, con los que pensábamos salir de Rusia acompañados de los Gerard. Gerard se presentó a última hora diciéndome que tenía un contrato para que los cuatro actuásemos en Jarbin, con un sueldo fabuloso. Me dejé tentar y vendí los billetes a otro español, un catalán con pinta de judío llamado Ramírez, padre de las hermanas Ramírez, artistas también. Ramírez, que era un especulador formidable, revendió los billetes a la artista Nita Jo y su marido, un americano riquísimo, y se ganó muchos cientos de rublos en la reventa. Aquélla fue nuestra última coyuntura, y la desaprovechamos. Gerard me jugó una mala pasada. Me dijo después que los empresarios del Jarbin le contrataban a él solo, y que a Sole y a mí no nos tomaban. Sospeché que lo que había hecho era suplantarme, y así se lo dije; pero me juró por la salud de su hija que no me había engañado, y tuve que resignarme. Yo no soy supersticioso, pero en Moscú dejamos enterrada a la hija. Dios le haya perdonado.
Casi todos los españoles que quedaban en Rusia se marcharon por el transiberiano en el último tren que salió de Moscú, cuando ya estaban en el poder los bolcheviques. Veintiún días tardaron en verse fuera de Rusia. Allí nos quedamos, ya para siempre, las hermanas Ramírez y su padre, las hermanas Andalucía, la Catalanita y el bailarín Ojeda, todos españoles, todos artistas y todos sin un real. ¿Qué más nos daba? Con nosotros nadie podía meterse. Nos ganábamos el pan honradamente. ¿Quién podía querernos mal?
Bailando por bulerías en el tabladillo de Alpinskaia Rosa estaba yo una noche de noviembre cuando vi llegar al portero con la cara descompuesta. Subió al tablado, mandó parar la orquesta y gritó:
—¡Ha estallado la revolución! ¡Sálvese quien pueda!
Los clientes de Alpinskaia Rosa huyeron como conejos, y en un santiamén el saloncito quedó desierto. Hubo quien se tiró por una ventana. Tanto fue al pánico. No se oían más que gritos angustiados de «¡Que vienen! ¡Que vienen!», y lo curioso era que nadie sabía quiénes venían. Los tiros, eso sí, sonaban demasiado cerca. El cabaret tenía una puerta de comunicación con el hotel Savoy, y por ella escapamos los artistas, dejándonos allí nuestras músicas y nuestros trajes. Yo me encontré en medio de la calle vestido de corto, con chaquetilla de terciopelo y alamares. Un traje a propósito para una revolución. No tuve tiempo más que para echarme un abrigo encima.
La lucha se desarrollaba en la Lubianka. Para orientarnos preguntamos a los fugitivos que venían de allí. Nos dijeron que de todos los barrios de Moscú habían empezado a afluir al centro grupos de obreros armados y soldados. Pero en la Lubianka, nos decían, cada ventana era una boca de fuego para los proletarios.