Ellos respondían acribillando las fachadas de las casas y rompiendo las puertas a culatazos. El resto de Moscú estaba tranquilo, según nos dijeron, y como la lucha parecía haberse localizado en la Lubianka echamos a correr hacia nuestra casa de la Novaia Basilkoska. No pudimos llegar. Los revolucionarios, al mismo tiempo que en la Lubianka, habían ido concentrándose en el parque Petrovski. También allí les habían salido al paso, y el fuego de fusilería era tan intenso al otro lado del puente como en las proximidades del Gran Teatro.
Pegándonos a las paredes llegamos hasta la Sadovaya, donde nos vimos cogidos entre dos fuegos, porque los combatientes de la Lubianka y de Petrovksi Park se habían ido corriendo hacia el centro, y el tiroteo, cada vez más próximo, amenazaba con cortarnos el camino por detrás y por delante. Destacándose del rumor, todavía distante, de la lucha, surgió en la calle desierta, que cruzábamos cautelosos, el estrépito creciente de una tropilla de hombres que entre las sombras avanzaban por medio del arroyo, formando una masa compacta y negruzca de la que se escapaban blasfemias, juramentos, risotadas y el obsesionante chas-chas de las cartucheras cargadas, los fusiles y los correajes sacudidos rítmicamente por el trote lento y pesado que llevaban. Nos incrustamos en las jambas de un portalón y, a favor de las sombras, pudimos quedar inadvertidos mientras pasaban. Una mirada distraída de cualquiera de aquellos hombres, al descubrirnos, habría bastado para que allí mismo, de la manera más natural del mundo, acabasen definitivamente nuestras congojas. Iban disparando sobre todo lo que veían, persona o cosa, sin dejar de correr. Donde ponían su atención metían una bala y seguían impasibles su marcha cargando y descargando sus fusiles como autómatas.
Se salvaba únicamente aquello que no veían. Así fue después, durante toda la revolución y la guerra civil. Cuando se perdieron a lo lejos y la calle volvió a quedar sumida en las sombras y el silencio nos miramos unos a otros inmóviles, paralizados por el terror. Era media noche. La amplia Sadovaya parecía el fondo de un barranco en cuya cima se recortase la silueta de los tejados sobre un cielo claro y lechoso. Una sola bombillita sobre la vasta calzada. ¿Qué iba a ser de nosotros?
Era temerario atravesar las zonas de lucha y llegar hasta casa. Recordé entonces que allí cerca, en el número 5 de la Sadovaya, vivía Gerard, y en su casa nos refugiamos después de mucho porfiar a la puerta antes de que se decidiesen a abrirnos. Con Gerard estaban el bailarín Pepe Ojeda y la Catalanita, abrazados y llorando de miedo. Atrancamos las puertas y las ventanas y nos dispusimos a pasar la noche en vela, con la esperanza de que al amanecer terminase la lucha en las calles. Mordisqueamos con hambre nerviosa un trozo de cordero muy salado que Gerard tenía preparado para su cena y allí estuvimos hora tras hora, alargando las orejas cada vez que en la calzada sonaba algún estrépito. Había pausas largas de silencio. Las aprovechábamos para entreabrir la ventana y atisbar lo que pasaba en la calle. Nada. Un resplandor rojizo en el cielo bajo y nuboso por la parte de la Lubianka y aquel bullebulle distante y sordo del que se destacaban limpios los golpes macizos de los disparos. Alguna vez el pavimento de la calzada retumbaba herido por los cascos de los caballos y las llantas de acero de una pieza de artillería.
Al amanecer los ruidos alarmantes fueron espaciándose cada vez más, y a las siete de la mañana vimos a través de la ventana escarchada un Moscú silencioso y desierto. No había un alma en las calles ni un rumor en toda la ciudad. «Todo debe de haber terminado —pensamos—. Vámonos a casa.» Gerard, Ojeda y la Catalanita tenían un miedo cerval a quedarse en aquel barrio, y se vinieron con nosotros a nuestra casa de Novaia Basilkoska. Echamos a andar de dos en dos encogiditos de frío, procurando achicarnos. Apenas habíamos doblado la esquina de la Sadovaya sonó una descarga cerrada a poca distancia. Echamos por medio del arroyo a carrera abierta, tropezando, tropezando y cayendo en aquel maldito empedrado de Moscú, que hacía saltárseles las lágrimas a las pobres mujeres que lo pisaban con sus taconcitos altos. En la siguiente bocacalle nos cerró el paso el golpe seco de otra descarga. Atontolinados como una bandada de gorriones corrimos de un lado para otro buscando inútilmente por dónde escapar de los tiros. A la altura del Alkazar vimos venir una patrulla de hombres armados con fusiles, y como si nos hubiesen disparado con cerbatana entramos de un golpe en un café instalado en la planta baja del cabaret, que providencialmente sólo tenía entornadas las puertas. Lo mismo que nosotros, habían buscado refugio en aquel café otros muchos transeúntes a los que el tiroteo había sorprendido por aquellos parajes. Advertimos que la lucha se generalizaba a pocos metros de allí, y atrancamos las puertas. El fuego era terrible. Más de cuarenta balazos penetraron por las ventanas del café. Los que allí nos habíamos refugiado tuvimos que replegarnos hasta la cocina huyendo de las balas.
Y así otra vez desde las ocho de la mañana hasta mediodía.
A esa hora se despejó la calle. Pasó una ambulancia de la misión francesa, que recogió a los que habían caído, muertos y heridos. A uno de éstos, que cayó en medio del arroyo, le estuvimos viendo por una rendijita arrastrarse lentamente hasta un portal con una pierna chorreando sangre. Tardó lo menos media hora en salvar aquellos diez metros. Por donde pasaba iba dejando un reguerito rojo. Acurrucado en el umbral, le vimos descalzarse lentamente y tocarse y lamerse como un perrillo la pata herida, mientras las balas silbaban por encima de su cabeza, y él permanecía indiferente a todo lo que no fuese el dolor físico de su remo partido. Apenas terminó la lucha nos echaron a viva fuerza del café. Huyendo de la Teverskaya, donde seguía el tiroteo, avanzamos por una calle paralela. Todos los portales estaban cerrados, y cuando veíamos a alguien en una ventana nos encogíamos y cerrábamos los ojos, esperando que tirase contra nosotros. Vimos en el trayecto muchos grupos de obreros con fusiles que iban disparando a diestro y siniestro. Vimos también una larga fila de automóviles en los que los soldados iban arrodillados sobre los asientos, con los fusiles echados a la cara y apuntando hacia las ventanas, desde donde los contrarrevolucionarios disparaban sobre ellos a mansalva. Los soldados llevaban un lazo rojo en la botonera, hacia el lado izquierdo, y ésta era la única señal que distinguía a los de un bando de los del otro. Los autos y las patrullas y unos camiones cargados con racimos de combatientes iban invariablemente en dirección ai Kremlin, donde se desarrollaba la gran batalla.
—Trío de ases.
—Escalera.
—Póquer de sietes.
La partida era durísima. Nueve días duró. Los mismos nueve días que duró la otra partida, la que tenían empeñada a tiro limpio en las calles de Moscú revolucionarios y contrarrevolucionarios.
Cuando aquella mañana nos vimos, al fin, en casa sanos y salvos, echamos mano a las vituallas que previsoramente había ido almacenando debajo de la cama, saqué la barajilla y nos pusimos a jugar al póquer. Así nueve días. Nueve terribles días, en los que no dejamos de oír el fuego de fusilería, de ametralladora y de cañón por los cuatro costados de Moscú. Los bolcheviques habían emplazado unas piezas en el parque Petrovski, a la espalda de nuestra casa, y disparaban por elevación contra el Kremlin, que estaba delante. Los cañonazos zumbaban por encima de nosotros mientras pacíficamente sentados alrededor de una mesa nos jugábamos las pestañas al póquer. Hacíamos un juego muy alegrito. ¡Quién no se atrevía a echarse un farol, si en el tiempo que mediase entre el envido y el quiero uno de aquellos obuses que iban contra el Kremlin podía equivocarse y levantar la partida sin que se diesen las vueltas reglamentarias! El póquer es un gran juego. Les aseguro a ustedes que cuando uno está ligando se olvida hasta de que tiene enfrente disparando por elevación a unos bolcheviques que han aprendido a ser artilleros media hora antes. La dueña de la pensión andaba gimoteando de un lado para otro porque su marido, que llevaba un capote de soldado, no había vuelto desde la tarde anterior. De vez en cuando llegaba alguien de la calle contando escenas espantosas. Se había desatado una furia loca en las calles, y todo el que tenía un fusil lo disparaba a ciegas, sin saber contra quién ni por qué. A los soldados franceses, que salieron con camillas y automóviles para recoger a los heridos, les hicieron varios muertos, y tuvieron que retirarse. El pavimento estaba levantado en muchas calles para hacer barricadas. A los cinco días de lucha se presentó el dueño de la casa con las ropas hechas jirones y manchadas de sangre, las mejillas hundidas y los ojos extraviados. Contaba episodios pavorosos. Había sido arrastrado por una ola de combatientes que le puso un fusil en las manos y le obligó a estar dos días disparando en una barricada.