Se había salvado tirándose en un montón de cadáveres, entre los que pasó varias horas inmóvil, con la cara pegada a la fría mejilla de un bolchevique despanzurrado, que, con los ojos de cristal muy abiertos, le miraba turbiamente como si le reprochase: «Tú no eres de los nuestros. ¿Qué haces aquí?» El pobre hombre contaba que mientras permaneció allí estuvo en un verdadero delirio, susurrando incoherencias a la oreja del muerto y pidiéndole en voz baja que fuese bueno y no le delatase. Las bocas de los fusiles, entretanto, les enfilaban desde las barricadas.
Yo no interrumpía la partida de póquer más que para salir en busca de pan. Salí todas las mañanas durante aquellos nueve días, aunque la verdad es que sólo me atrevía a ir hasta la tahona de la esquina. La tahona se abría a las nueve, y no daban más que un panecillo por persona. Había que estar en la cola desde las tres de la madrugada, y algunas veces se iba uno sin él. Lo peor de todo era que a veces pasaban petardeando la calle unos camiones cargados de combatientes, que disparaban a granel contra la pobre gente que estaba en la cola: viejos, niños y mujeres, y algunas veces vi caer al que estaba delante de mí y al que estaba detrás, mientras yo me palpaba el cuerpo extrañado de haberme quedado en pie. Y, en definitiva, un poco contento, porque había ganado un puesto en la cola y tenía una probabilidad más de alcanzar el panecillo.
9. ¡Han triunfado los bolcheviques!
Fui a la cola del pan los nueve días que duró la batalla en las calles de Moscú. Allí me enteraba por los colistas que llegaban de otros barrios de lo que estaba pasando. Los campesinos no venían ya a los mercados, las ambulancias francesas habían tenido que retirarse al segundo día de lucha y en las calles permanecían los cadáveres insepultos. Un grupo de revolucionarios había querido meterse en los cuarteles franceses y apoderarse de una batería de cañones del setenta y cinco, pero al primer bolchevique que intentó pasar lo mató el centinela francés de un balazo. Los revolucionarios querían arrastrar consigo a los soldados franceses, y les excitaban desde fuera para que degollasen a sus oficiales y les entregasen los cañones. Los franceses reforzaron las guardias y se atrincheraron, pero en el patio del cuartel se trabó una colisión entre ellos mismos, pues ya había varios soldados y algún oficial que simpatizaban con los bolcheviques. El comandante francés metió en cintura a su gente e hizo saber al Comité revolucionario que si volvían a atacarles, no sólo no entregaría los cañones, sino que los utilizaría para arrasar Moscú. Mientras tanto seguía la lucha feroz en las calles. La escuela de Cadetes, que estaba en el bulevar, resistía a la desesperada desde hacía cuarenta y ocho horas el asedio de enormes masas de revolucionarios. Por todas partes veíanse barricadas levantadas con las piedras del pavimento. Cuantos quioscos y carteleras había en Moscú fueron derribados para utilizarlos como parapetos. Cerca de la Teverskaya, alrededor de una estatua que estaba al lado del palacio del Gobierno, cuatro cañones apuntando a los cuatro puntos cardinales barrían con su metralla el centro de la ciudad. Estos cañones los emplazaron allí los guardias blancos en los primeros momentos de la lucha, pero luego pasaron a poder de los rojos, que sin moverlos del sitio donde estaban los utilizaron para sembrar el pánico y tener a raya encerrados en las casas a los contrarrevolucionarios, que eran todos, absolutamente todos los habitantes de aquel barrio rico, lleno de grandes bancos, comercios lujosos, edificios oficiales y palacios aristocráticos.
La casa de Nita Jo fue uno de los lugares estratégicos utilizados por los revolucionarios. Estaba emplazada frente a una iglesia, desde cuyas torres un grupo de contrarrevolucionarios estuvo disparando a mansalva contra los camiones cargados de soldados rojos y proletarios armados. Los contrarrevolucionarios, que debían de ser militares, organizaron la defensa, se parapetaron estratégicamente y tumbaron a cuantos bolcheviques intentaron una vez y otra asaltar la iglesia. A todo esto la nave del templo estaba llena de fieles, que lloraban y rezaban confortados por los sacerdotes. Los bolcheviques tomaron las casas próximas a la iglesia, entre ellas la de Nita Jo, que era la que mejor enfilaba las torres de la iglesia, y sitiaron a los contrarrevolucionarios. El fuego, muy intenso por ambas partes, duró varias horas.
Hubo un momento en que unos y otros dejaron de disparar, y los fieles intentaron una salida. Se abrió de par en par el portalón de la iglesia y aparecieron en el atrio apiñados como borregos alrededor de los popes, que avanzaron revestidos y llevando procesionalmente, con sus manos en alto, las sagradas imágenes y las reliquias. La masa borrosa de los fieles, unos con cirios encendidos, otros con los brazos levantados, otros arrastrándose de rodillas, evolucionó torpe y estremecida en pos de los sacerdotes. Una descarga cerrada paró en seco el avance de aquella masa blanda de humanidad. Un icono bizantino, un cuadrito dorado de la Virgen que llevaba muy levantado sobre su cabeza un pope de grandes y blancas barbas saltó hecho añicos al arrancárselo de las manos un certero balazo. Varios infelices se abatieron sin un gemido sobre las losas del atrio. Bajo un diluvio de balas tuvieron que replegarse y buscar refugio en el templo otra vez. Los contrarrevolucionarios, parapetados en las cúpulas de la iglesia, atacaron entonces a la desesperada. Sabían ya que no les quedaba otra esperanza que la de vender caras sus vidas. Y caras las vendieron. Mientras tuvieron municiones estuvieron tirando patas arriba a cuantos se atrevían a quedarse al descubierto. Del interior del templo se alzaba entretanto el patético rumor de los lloros, las preces y los gritos de terror de los que ni siquiera tenían ánimos para morir matando y esperaban gimiendo como corderos a que les llegase su hora. Les llegó inexorablemente.
Cuando, al fin, se apagaron los fuegos de los defensores de la iglesia, los rojos entraron en ella y los asesinaron uno por uno.
Una semana, toda una semana estuvieron los cañones, las ametralladoras y los fusiles disparando sobre Moscú día y noche. La gente, encerrada en sus casas, sufría hambre y miédo, esperando siempre que aquel machaqueo sordo de las explosiones inacabables se resolviera en una gran traca final, en un verdadero cataclismo, en algo apocalíptico que de un solo golpe acabase con Moscú y con su millón de habitantes. Es curioso: a los siete días de estar oyendo los cañonazos ya no se tiene miedo a los cañones. Se acostumbra uno a ellos y se oyen sus estampidos como quien oye llover, pero se sigue teniendo miedo sin saber a qué, a algo mucho más grande, mucho más terrible que eso tan sencillo que le ha pasado al vecino de enfrente. La futesa de que un casco de obús, perforando la pared de su alcoba, le haya despanzurrado. Eso, a fuerza de pensar en ello, pierde su importancia, y el miedo que uno tiene es a otra cosa que yo no sé decir. Pero que existe. A los siete días las pausas entre los estampidos fueron ensanchándose. Sólo se oía ya algún disparo suelto muy de tarde en tarde. La gente seguía encerrada en sus casas preguntándose con angustia: «¿Qué habrá pasado?». Hubo un día entero en el que no se oyó un solo disparo ni se vio un alma por las calles. Moscú parecía deshabitado, pero detrás de las ventanas, atisbando por las rendijas, un millón de seres humanos luchaba entre la curiosidad y el miedo.