Cuando yo me atreví a salir, las calles desiertas tenían aún cara de pánico. Quise ir hacia el Kremlin. En la Teverskaya empezaban a formarse grupos de curiosos al amparo de los portales entreabiertos. Asomaban caras curiosas y espantadas que interrogaban a los escasos transeúntes: «¿Qué pasa? ¿Quién ha vencido?».
No tardamos mucho en saberlo. En lo alto de la Teverskaya apareció un piquete de hombres armados que avanzaban caminando despacio por el centro de la calle con los fusiles en bandolera, los capotes destrozados y manchados de sangre, las barbas crecidas, la pelambrera revuelta, llenos de barro hasta la cintura, descalzos unos, destocados otros, desgarrado el cuello de la camisa los más. Toda la calle para ellos. Eran los vencedores. Eran los rojos.
Aquella aparición produjo un nuevo espanto. ¡Los rojos! ¡Habían triunfado los rojos! Al verlos venir, los primeros curiosos echaron a correr como conejos, y en huida iban dando la terrible noticia a los que asomaban las narices a los portales: «¡Han triunfado los rojos!». Nadie lo quería creer. El pueblo de Moscú no pensó nunca que los rojos pudieran triunfar. Puertas y ventanas volvían a cerrarse herméticamente.
Y allí, dueños del campo, plantados en el arroyo, con las piernas muy abiertas, se quedaban los rojos con el fusil a la espalda, el cigarrillo entre los labios y las caras ferozmente risueñas y triunfales. El piquete rojo estuvo un gran rato deliberando en el cruce de varias calles. Al verles charlar y fumar sosegadamente, los curiosos fueron poblando las aceras y se formaron grupos que, a prudente distancia, dirigían miradas rencorosas a los vencedores. Cuando ya los grupos eran considerables, los hombres del piquete echaron mano a los fusiles, tiraron el cigarrillo y se metieron por las aceras, barriéndolas a culatazos. Nadie se esperaba aquello. Algunos, sorprendidos, protestaron. Al que protestó le ensartaron con sus bayonetas, lo tiraron como un pelele contra el suelo y no volvieron a mirarle. Los que iban por el centro de la calle disparaban al buen tuntún contra las ventanas. Se veía claramente que tenían designio de provocar a la gente. Aquellos paseos por Moscú de los guardias rojos limpiaron la ciudad de contrarrevolucionarios en dos días. Ya nadie se atrevió jamás a ponérseles delante. Apenas aparecía el piquete en una bocacalle, todo el mundo huía; llamar la atención de un guardia rojo era concitar la muerte. Entonces vi por primera vez a los marineros; eran los peores, los más sanguinarios; a la cabeza de aquellas patrullas iba siempre un marinero, que era indefectiblemente el que primero se echaba el fusil a la cara; los otros, los obreros de Moscú y los soldados, tiraban después.
Cuando vi aquello escapé por pies y me volví a casa. Al día siguiente pude llegar sin peligro hasta los alrededores del Kremlin. Las calles estaban tomadas por los guardias rojos, pero ya no agredían a los transeúntes, a pesar de lo cual, dábamos unos grandes rodeos para esquivarlos. Todas las casas de la Lubianka estaban agujereadas por la metralla. No se veían más que camiones con soldados rojos yendo de un lado para otro. Las ambulancias francesas habían vuelto a salir y llevaban ya veinticuatro horas recogiendo cadáveres; los metían amontonados en los camiones y los llevaban al Moscova, donde los tiraban con una piedra atada al cuello. Alrededor del Kremlin había docenas de cadáveres; la lucha debió de ser encarnizadísima. Vi pasar unos camiones cargados con los cadáveres de los bolcheviques fusilados en los primeros momentos de la revolución por los guardias blancos cuando se apoderaron del Kremlin; al rendirse los bolcheviques, los guardias blancos los habían encerrado en un patio, y con tres o cuatro ametralladoras estuvieron haciendo fuego sobre ellos, hasta que no quedó uno en pie.
Quise ir a la barriada de la estación, donde también se había peleado de firme; pero no me dejaron pasar por la Puerta Roja. Los bolcheviques tenían tomadas las entradas de la barriada y no dejaban pasar a nadie para que no se supiese lo que estaban haciendo: un escarmiento, una carnicería espantosa, según me dijeron.
Los curiosos iban poblando de nuevo las calles. Los guardias rojos seguían custodiando las encrucijadas. Alguna vez sonaban unos tiros y los transeúntes echaban a correr en todas direcciones. Pasé por delante de la escuela de Cadetes, a la que los bolcheviques prendieron fuego para desalojar a los guardias blancos. Aún humeaban sus muros acribillados por los cañonazos.
En el parque Petrovski pude ver fuertes destacamentos de bolcheviques armados. Habían talado muchos árboles, y sobre los muñones de los troncos los guardias rojos ponían una vela y se pasaban la noche jugando a las cartas. Silbaba una bala. Se levantaba la partida, daban un soplo a la vela, requerían el fusil, le descorrían el cerrojo y ¡pobre del que en aquel momento cayese por los alrededores!
Y nos encontramos de golpe y porrazo viviendo en pleno régimen soviético. En cada casa se reunieron los inquilinos y formaron un comité. Los bolcheviques iban, casa por casa, diciendo a los vecinos lo que habían de hacer. El comité de vecinos se reunía y elegía a uno de ellos comisario de la vivienda. De la noche a la mañana pasamos de un mundo a otro. La casa era nuestra, de los inquilinos; ya no había propietarios. Se acabó el casero. Yo no me lo creí del todo; pero entre muchos vecinos aquello produjo un gran revuelo. Cada cual se adjudicó las habitaciones que pudo, y aunque nadie las tenía todas consigo, hubo algunos que hasta tomaron el aire de auténticos propietarios, siquiera fuese de una alcoba.
La propiedad de la finca que se nos venía a las manos nos trajo, de momento, bastantes preocupaciones. Hubiera sido preferible seguir pagando al casero. El comisario de la vivienda, siguiendo las instrucciones de los bolcheviques, hizo una lista de los inquilinos y determinó cuáles eran nuestras obligaciones. La primera y principal era la de montar la guardia contra los ladrones. Moscú estaba aquellos días lleno de gente salida del presidio, con un fusil en las manos, y merced a la impunidad asaltaba las casas, asesinaba a quienes se resistían y robaba cuanto se les antojaba. Todos los hombres útiles de la vivienda fueron constreñidos por el comisario para montar, arma al brazo, la guardia contra los asaltos.
La guardia se hacía por turno, relevándose cada dos horas. Teníamos la orden terminante de rechazar, por las buenas o por las malas, a todo grupo armado que intentase penetrar en la casa, ya se tratase de paisanos o de militares; lo mismo podían ser ladrones unos que otros. Nuestra obligación era, llegado el caso, avisar al comisario de la vivienda, tocando para ello un pito que nos dieron; pero si mientras el comisario bajaba a identificar a los de la patrulla, éstos no atendían a razones y se lanzaban al asalto, teníamos que luchar con ellos y defender la entrada a la casa hasta que viniesen en nuestro auxilio los demás vecinos armados.
A mí me tocaba la guardia de once a una de la madrugada. Me ponían un camastro en el portal y allí me pasaba mis dos horas, tiritando de frío y de miedo, con una palanqueta al alcance de la mano y una navajita en el bolsillo por todo armamento. Cada vez que detrás de la puerta, cerrada y atrancada, sentía los pasos de una patrulla, cogía la palanqueta y me ponía en guardia. La patrulla pasaba de largo, afortunadamente, pero mientras se oía el rumor de sus pasos, yo me estaba muy quietecito, agazapado, con el hierro en ristre y el silbato en los labios, procurando imaginar merced a qué estrategia y a qué prodigios de valor me sería posible contener con mi palanqueta y mi navajilla de pata de cabra a diez o doce marineros bolcheviques armados de fusiles y bayonetas. En el portal a oscuras, enarcando el lomo como un gato y saltando como un mono, ensayaba una y mil veces la escena que tendría que representar en el momento en que una de las patrullas rompiese la puerta de un culatazo, y, la verdad, por muchas ilusiones que me hiciera, por muchos golpes mortales que imaginara, no veía la posibilidad de estar vivo para cuando el comisario se hubiese puesto los pantalones y hubiese bajado en mi auxilio.