—Qu'est ce que vous faites, nom de Dieu?
Se quedaron de una pieza. No habían oído la voz de «alto». Se fueron a los de la patrulla y mostraron sus carnets de oficiales franceses. Mientras daban sus excusas al jefe, uno de la patrulla que llevaba colgada del cuello una enorme pistola ametralladora evolucionaba para encañonarles bien, y a cada instante preguntaba:
—¿Tiro ya?
—Espera —le decía lacónicamente el jefe.
Cuando hubo examinado la documentación de los franceses, se volvió hacia mí jugueteando con el revólver que tenía en la mano y me dijo:
—¿Y tú quién eres? ¿Quién te mete a ti, hijo de perra, en lo que no te importa?
Y mientras hablaba así con las mandíbulas apretadas se divertía dándome con la culata del revólver en los dientes.
—Di, cochino judío, ¿quién te ha mandado meterte por medio?
Los labios reventados y las encías saltadas me chorreaban sangre. Encogido, encogido, con los ojos cerrados y las manos crispadas, esperaba de un momento a otro el balazo que acabase con mi triste vida. Los oficiales franceses, a los que yo acababa de salvar, intercedieron por mí, pero el jefe de la patrulla les contestó con un bufido. Aunque no se atrevían abiertamente con ellos, no les tenían ninguna simpatía y buscaban la manera de cargárselos justificadamente. A todo esto, el tío aquel de la ametralladora colgada al cuello no hacía más que dar vueltas a nuestro alrededor y enfocarnos, preguntando:
—¿Qué? ¿Tiro ya?
Fue providencial que en aquel instante apareciese un automóvil con los faros apagados que intentó atravesar el puente. Los de la patrulla echaron a correr tras él. El jefe tocó el silbato por dos veces. El auto no se detuvo. Aún no había entrado en el puente cuando sonó la descarga que tenía preparada para nosotros, y el auto, después de hacer un zigzag, se quedó inmóvil junto al pretil. El chófer y el viajero estaban muertos. Eran bolcheviques.
—¡Ea, largo de aquí! —nos gritó el jefe de la patrulla al darse cuenta de que estábamos enterándonos de la faena que habían hecho.
—¡Vivo! ¡Largo! —repitió frenético disparándome el revolver en los pies.
A carrera abierta cruzamos el puente; cada instante esperábamos oír la descarga a nuestra espalda. «Nos han hecho correr para divertirse cazándonos», pensamos.
Al fin, nos vimos al otro lado del río, fuera ya del alcance de los fusiles, y nos paramos jadeantes, con el corazón como una campana. Los oficiales franceses me abrazaron. Les había salvado la vida. Yo me puse muy orgulloso y muy contento. Pero la verdad es que si me paro a pensarlo, si hubiera tenido tiempo de reflexionar, no me meto por medio. Ahora lo confieso. Lo de menos era haber salido con los morros hinchados y un diente saltado como salí. Aquel tío de la ametralladora colgada del pescuezo que preguntaba a cada instante: «¿Tiro ya?», era el que me volvía loco cada vez que me acordaba de él.
11. El mejor bolchevique que había en Rusia
El cuartel general de la misión francesa estaba muy cerca de nuestra casa, en un parque de las afueras de Moscú. Había en aquel parque otros dos o tres cuarteles, cuyas tropas se unieron a los bolcheviques en los primeros momentos de la revolución; de allí fue de donde sacaron los comunistas los cañones del setenta y cinco con que estuvieron bombardeando el Kremlin, pero no sabían tirar con ellos y los cañonazos daban en todas partes menos en el Kremlin, por lo que una comisión de bolcheviques fue al cuartel francés a pedir al comandante M. de Moliere, que les enseñasen a tirar; como se negara intentaron varias veces sublevarle las tropas, contando con que entre los soldados y los oficiales franceses había algunos que simpatizaban con el comunismo. No lo consiguieron. Sólo lograron que cuando, meses después, se retiraran de Rusia los franceses, desertasen algunos oficiales y soldados que se pusieron al servicio de la revolución. Entre los desertores había dos oficiales a los que yo conocí personalmente; su historia vale la pena contarla.
Uno de los oficiales franceses se llamaba Josef y el otro, René. No diré sus apellidos porque les juré no decirlos nunca. Josef era un oficial estimabilísimo, hijo de una familia de la clase media francesa, que tenía un pequeño comercio, una sombrerería en la banlieue de París. Comunista convencido, abandonó su patria, su familia, su carrera y sus comodidades burguesas para ponerse al servicio de la revolución con un verdadero espíritu de sacrificio y renunciación. Era un santo. Al pasarse a los bolcheviques, como había pertenecido al Cuerpo de Administración Militar, trabajó con un entusiasmo y una honradez sin límites en organizar los servicios de abastecimiento del ejército rojo y de la población civil. El otro oficial desertor, René, era ingeniero, y en aquellos primeros días de la revolución prestó grandes servicios a los bolcheviques, adiestrándoles en el manejo y reparación de tanques, cañones y automóviles. Puede decirse que hubo un tiempo en que fue el único mecánico del ejército rojo. Gracias a él pudieron utilizar los bolcheviques muchos de los tanques, cañones y automóviles que los blancos dejaron inutilizados. A poco de haber desertado les perdí de vista. No volví a saber nada de ellos, hasta que años después los encontré casualmente en Odesa.
Allá por el año 1921, estando en Odesa, bajo aquel azote del hambre que hacía abatirse silenciosamente a millares de seres, me dijeron un día:
—¿Por qué no vas a pedir auxilio al comisario de abastecimientos?
Me encogí de hombros. ¿Para qué? Ya sabía por dolorosa experiencia para qué servían las autoridades soviéticas al pueblo hambriento.
—Ve a hablarle —me insistieron—. El comisario de abastecimientos es bueno; no se parece a los otros; atiende a todo el mundo; se quita el pan de la boca para dárselo a los necesitados.
Fui, aunque sin ninguna convicción. El comisario que me encontré detrás de aquella mesa era Josef, el oficial francés desertor.
Me recibió con mucho cariño e hizo por mí cuanto podía. Reanudamos nuestra amistad y me llevó a su casa. Vivía con su mujer y su hijo en la mayor pobreza, soportando estoicamente las mismas calamidades que soportábamos todos, incluso el hambre. Disponía sólo de una cama, una mesa y dos sillas, y su habitación no tenía un metro cúbico de aire más del que le correspondía, según la reglamentación soviética; su pobre mujer iba a la fuente por agua como una campesina y volvía agobiada por el peso de los odres.
Quienes sepan lo que era un comisario político de abastecimiento en Rusia y no ignoren el poder casi omnímodo que tenía en sus manos, no se explicará nunca el estado de miseria en que vivía aquel hombre. Manejaba a su libre albedrío, dictatorialmente, cuantos víveres había en Odesa; podía hacer con los productos de las requisas lo que le diese le gana, sin tener que dar cuenta a nadie jamás. Había mucha gente en Odesa con valuta extranjera y brillantes que hubieran dado millones por un saco de harina o unos kilos de carne a un comisario que se dejase sobornar. Y, sin embargo, pasaba hambre.
Vivía estrictamente con arreglo a las normas soviéticas, como el último de los campesinos. Cuando se le rompían las botas andaba con los dedos de los pies al aire, hasta que le llegaba el turno de que le diesen otras en la cooperativa bolchevique, a pesar de que tenía facultades para requisar si quería todos los pares de botas que había en Odesa. Sus mismos compañeros, los comisarios bolcheviques, le censuraban aquel exagerado puritanismo.
—Tu conducta es necia —le decían—; nosotros nos debemos a la revolución y tenemos que hacer algo más importante que ahorrar. ¿Qué beneficio reportarás a la obra del proletariado dejándote morir de frío y de hambre?