Выбрать главу

—Yo no he venido a Rusia para robar —contestaba Josef invariablemente—; si hubiera querido aprovecharme de mi condición social para vivir mejor, me hubiese quedado al servicio del régimen burgués. He renegado de mi patria y de mi familia para trabajar honradamente por el triunfo de mis ideales revolucionarios. Si vosotros robáis al pueblo, agradecedme que no os denuncie.

No podían con él. Aunque se muriese de hambre era incapaz de alargar la mano a un panecillo que no le correspondiese. Cuando, ya al final, fui a decirle en secreto que tenía una posibilidad de escapar de aquel infierno y me ofrecí para llevar recuerdos suyos a su familia de París, me contestó lacónicamente:

—No les cuentes nada. Diles sólo que vivo feliz sirviendo a mis ideales.

Era el comunista más puro que había entre ciento treinta millones de rusos. Francés.

«Aunque me fusilen»

Entretenía yo el hambre divagando por los muelles de Odesa una mañanita del verano de 1921, cuando me llamó la atención un hombre que dormía a pierna suelta en un banco del malecón, boca arriba, con la cabeza colgando, la rubia y rizada pelambrera alborotada, brazos y piernas liados en unas arpilleras sujetas con cuerdas. «¡Esta cara la conozco yo!», pensé. Me acerqué, doblé la cabeza para verle el rostro en su posición normal y me entró una gran alegría.

—¡René!

Le sacudí cariñosamente.

—¡René! ¿No me recuerda?

Se incorporó de un brinco, se agazapó y se me quedó mirando estúpidamente, con una mirada turbia y pesada. Cuando me reconoció gruñó malhumorado:

—No me llames René. Aquí uso otro nombre. No me conoce nadie.

Me esforcé en infundirle confianza. Nos sentamos en el malecón, cara al mar; saqué unas briznas de majorca y liamos unos cigarrillos. Mientras los fumábamos le fui contando la triste historia de mis andanzas. Poco a poco fue humanizándose.

—¿Y usted, René? ¿Qué hace por aquí? No parece que le vaya muy bien —insinué.

—Quiero marcharme —contestó con voz apagada.

—Todos quisiéramos marcharnos —repliqué—, pero ¿cómo?

Se exaltó. Me agarró del brazo, y clavándome los dedos como garras, dijo apretando las mandíbulas:

—Como sea. Tirándome al mar de cabeza, si es preciso. Estoy dispuesto a irme y me iré. Tres meses llevo aquí, en los muelles de Odesa, acechando el instante de poderme marchar. No tengo más obsesión que ésta: irme. Volver a Francia, a mi patria.

—Pero usted, René, es desertor. ¿No le castigarán en Francia?

—Sí; mi nombre está pregonado en todas las fronteras.

—¿Y entonces?

—En cuanto salga del territorio soviético me echarán el guante.

—Es que si le cogen le fusilan.

—¿Y qué? ¡Aunque me fusilen! Me da igual. Que me fusilen, si quieren. Yo lo que anhelo es salir de esta cochambre como sea. Me asfixio bajo esto que llaman dictadura del proletariado; me muero de asco y de tristeza. ¡Volver a Francia, y luego morir, si es inevitable! Todo menos seguir en este gigantesco presidio de ciento treinta millones de seres.

Se ponía frenético. Tuve que calmarlo.

—Usted, René —le dije—, podía haberse situado bien. En los primeros tiempos era usted indispensable para los bolcheviques; hizo usted mucho por la revolución.

—¡Mal me han pagado esos perros! Son una tropa de salvajes con los que no es posible la convivencia a ningún europeo. Una horda de criminales que se está cebando en este pobre pueblo inculto y hambriento.

Se calló de repente y me miró receloso, con el ceño fruncido.

—¿Qué? ¿Eres tú también confidente de la Checa? ¡Ve, hombre, a denunciarme! Ve a vender al comisario de la Checa la noticia de que el francés René es un contrarrevolucionario peligroso. Te lo pagarán bien, y así podrás aplacar el hambre durante unos días. Ve a denunciarme. ¡Si no me importa!

Estaba loco. Tenía tal odio a los bolcheviques que le miré con lástima, como se mira a los enfermos incurables, a los que, tarde o temprano, han de morir por una sentencia inexorable. Tenía el terrible cáncer del odio al comunismo, un cáncer que llevaba fatalmente a la muerte. Me despedí de él con pena. Moriría pronto. La Checa no perdonaba. Lo extraño era que pensando así estuviese vivo todavía.

Semanas después me enteré de que había conseguido salirse con la suya. Logró saltar a un barco extranjero cuando soltaba amarras, y los guardias rojos, una vez levantada la plancha, se habían retirado. Para conseguirlo se tiró al agua desde el muelle y ganó a nado el costado del buque mientras éste hacía la maniobra. Era ésta una escapatoria que intentaban muchos desesperados. Casi ninguno lo lograba. Los centinelas bolcheviques, apostados en el muelle, disparaban contra los que intentaban llegar a nado a los buques extranjeros y los cazaban igual que a los patos.

Cómo se acaba con los anarquistas

Desde el primer momento de la revolución se vio que los bolcheviques estaban dispuestos a hacerse los amos. Aunque en los comienzos los obreros, los campesinos y los mendigos, todos los pobres, creyeron que iban a mandar de verdad y que eran ellos los que en realidad gobernarían, los bolcheviques empezaron a demostrarles palpablemente que quienes mandaban eran ellos, y sólo ellos, los del partido. Los bolcheviques fueron descartando a quienes no eran los suyos, por muy obreros y proletarios que fuesen. Cuando estalló la revolución, estaban luchando en Rusia once partidos políticos. Yo no los conocía bien ni sabía a ciencia cierta lo que quería cada uno. Tres de aquellos partidos fueron los que hicieron la revolución. Uno, el de los anarquistas, era el más fuerte; más fuerte aún que el de los bolcheviques; en las primeras semanas, los anarquistas podían tanto o más que ellos. Empezaron a pelearse. Entonces, estando nosotros en Moscú todavía, surgió la lucha. Fue cosa vista y no vista. Todos los jefes anarquistas se habían reunido un día en una casa grande que había en la esquina de la Teverskaya para deliberar. Según dijeron, estaban tratando de la manera de eliminar a los bolcheviques. Éstos, que se dieron cuenta, «madrugaron», como dicen los chulos. Arrastraron cuatro cañones, que colocaron sigilosamente alrededor de la casa donde estaba reunido el estado mayor de los anarquistas y empezaron a bombardearla por los cuatro costados, sin avisos ni contemplaciones. Fue algo así como lo que hicieron en Sevilla con aquella taberna de Camelia, donde se reunían los anarquistas sevillanos, pero con la diferencia de que la casa de la Teverskaya no había sido evacuada, sino que estaba llenita como un hormiguero.

Cuando la casa se desplomaba, traspasada por los cañonazos, los pobres anarquistas que no habían perecido salieron huyendo como ratas, pero los bolcheviques, apostados en los alrededores, los fueron cazando a tiros. Se acabó el anarquismo. No quedaron ni los rabos.

El hombre misterioso de Minsk

Por aquella época venía un hombre misterioso de Minsk. Este hombre raro tenía una autorización especial que le permitía ir y venir de Minsk a Moscú, saltándose a la torera todas las restricciones y dificultades que ponían para el paso de la frontera los bolcheviques y los alemanes. Se dedicaba a sacar gente de Rusia y llevarla detrás de las líneas alemanas. Los alemanes habían invadido muchas provincias rusas y tenían entonces puesta la frontera mucho más acá de Minsk, que aun siendo una ciudad rusa estaba en poder de Alemania. A lo largo de la frontera los alemanes habían colocado una barrera de alambradas de espino para impedir que los rusos que huían en manadas del bolchevismo se les metieran en su territorio.

El hombre aquel que iba y venía de Minsk a Moscú tenía tal influencia que a quienes él llevaba les dejaban salir los bolcheviques y entrar los alemanes; ejercía libremente este tráfico, que debía de ser muy lucrativo, porque en sus expediciones llevaba a muchos personajes rusos, a los que ponía a salvo del comunismo dejándoles en territorio alemán. Se titulaba agente artístico, y los burgueses ricos que sacaba de Rusia llevaban sus papeles en regla, demostrando que eran artistas de su compañía. Nos pusimos de acuerdo con él, y, mediante un buen puñado de rublos, se comprometió a sacarnos de las garras del bolchevismo y a dejarnos sanos y salvos en Minsk, bajo la protección del ejército alemán de ocupación. Con nosotros decidieron venirse las hermanas Ramírez y su padre, los únicos artistas españoles que quedaban en Rusia. En la misma estación de Moscú nos dimos cuenta de que el hombre misterioso de Minsk había montado su negocio por todo lo alto; tenía en la estación empleados propios que nos acomodaban en los vagones, nos facilitaban los documentos necesarios, nos decían lo que teníamos que contestar a las preguntas de los guardias rojos y en todo momento estaban al quite. Creo que el hombre de Minsk tenía sobornados a todos los bolcheviques. Íbamos aquel día bajo su protección quince o veinte personas; al mes, organizaba dos o tres expediciones de éstas, sin que los bolcheviques le molestasen lo más mínimo.