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Cuando ya el tren estaba en marcha nos comunicaron que los bolcheviques no dejarían pasar a cada uno más de quinientos rublos. El pánico fue espantoso; todos llevaban mucho más; algunos, cantidades enormes. Nuestro compatriota Ramírez se desmayó; llevaba cosidos al forro de su gabán varios miles de rublos, que eran toda su fortuna. De miedo le entró una calentura que a poco se muere. El pobre murió poco después en Polonia.

Cerca de Minsk, en una estación fronteriza, los bolcheviques hicieron la revisión. Cada cual escondió el dinero donde se le ocurrió. Yo lo llevaba en la máquina de un reloj despertador. Todo fue superfluo, porque el hombre misterioso nos anunció que dando una cantidad de dinero a prorrateo entre todos conseguiríamos que los bolcheviques no abriesen siquiera las maletas. Y así fue. 

12. Los militares se divierten

Cordón sanitario

Entre la Rusia de los bolcheviques y el territorio ruso invadido por el ejército alemán había una zona neutra que tuvimos que atravesar a pie. Aquel terreno, removido por los obuses, estaba sembrado de residuos de guerra, carros destrozados, balas sin explotar, trozos de cureña y montones informes de alambre de espino. Había allí un pueblo en el que no quedaba una casa sana. El vecindario de aquel pueblo arrasado y unos millares de fugitivos de toda Rusia que se habían concentrado en aquella hoyanca con la ilusión de que los alemanes les dejasen pasar, estaban acampados en tiendas cónicas y en tenderetes miserables, fabricados con telas de saca, alfombras y cortinas. El agua y la nieve azotaban a aquella pobre gente, que dormía sobre la tierra tosiendo desgarradoramente, mientras sus pobres menajes se deshacían en el barro. Junto a este trágico campamento pasaba la línea de las alambradas alemanas, y cada diez pasos un centinela, arma al brazo, rechazaba las súplicas de los fugitivos, a los que se apartaba a culatazos, como si fuesen apestados. Alguna vez un desesperado que veía morir a su mujer, su madre o sus hijos, comidos por la fiebre en aquella ciénaga, intentaba saltar la alambrada. Entonces, los centinelas alemanes lo tumbaban de un tiro.

A nosotros, merced al hombre misterioso de Minsk, nos franquearon el paso y pudimos llegar a la estación, que también estaba protegida con alambre de espino, y coger el primer tren que salía para Minsk, fuera ya del poder de los bolcheviques y bajo la protección del ejército de ocupación alemán. Allí quedaban, consumidos por la fiebre y tratados a culatazos por los centinelas alemanes que mantenían implacablemente el cordón sanitario, aquellos millares de rusos fugitivos que no se resignaban a vivir bajo el poder tiránico de los soviets.

Los judíos de Minsk

Minsk es casi todo judío. Las tres cuartas partes de la población lo son. A pesar de la guerra, la revolución y la ocupación alemana, era una ciudad rica, y el dinero corría que era un gusto; siempre que en Rusia había calamidades de éstas, el judío, si no lo arrastraban, como solía suceder, salía ganando; sabía aprovecharse de todo: de las guerras, de las revoluciones, de las invasiones enemigas…

Fuimos a hospedarnos en casa de una judía que no era mala persona, pero sí muy intransigente en las cosas de su religión; baste decir que un día se puso furiosa porque Sole cogió una sopera suya para hacer nuestra comida; nos insultó, estrelló la sopera contra el suelo y nos obligó a comprarle una nueva. Todo porque habíamos hecho caldo de cristianos en su judía sopera. Esta mujer tenía un hijo que había ganado mucho dinero con la especulación, al que le traían sin cuidado los aspavientos religiosos de su madre; era un punto que se iba todas las noches a los cabarets a derrochar y emborracharse con los oficiales alemanes, como había por entonces en Minsk muchos jóvenes judíos a los que les gustaba divertirse, pero que no podían olvidarse de su raza, y aun metidos en juerga tenían detalles judíos muy divertidos; por ejemplo, se llevaban a los cabarets el vino que habían de beberse y preferían pagar un tanto —cinco rublos— por derechos de descorche antes de comprar el vino a los precios que tenía en el cabaret. Era gracioso verlos salir de casa muy serios, llevando en los bolsillos y en los brazos las botellas que iban a utilizar para «meterse en juerga».

En los primeros tiempos no encontramos trabajo. Tuvimos que ofrecernos para bailar en un cabaret, el Winter Garden, por lo que quisieron darnos. Pero dos semanas más tarde éramos los amos del cabaret y de Minsk. ¡Vaya éxito! Tres meses estuvimos allí, y cada noche gustaba más nuestro trabajo; aquellos judíos y aquellos oficiales del ejército alemán de ocupación que llenaban el cabaret estaban locos con nosotros. Celebramos nuestro beneficio con una función brillantísima, en la que recaudamos cuatro mil quinientos rublos; la empresa, agradecida, nos regaló un ramo de flores más alto que nosotros. En aquellos días hice amistad con muchos oficiales alemanes; por entonces nos ofrecieron un contrato en el famoso Scala, de Berlín, que hubiera sido nuestra salvación, pero era nuestro sino que habíamos de pasar por todas las calamidades de la triste Rusia y renunciamos, pensando que nos tendría más cuenta irnos al sur, a Ucrania, donde no había bolcheviques; la vida era barata y se habían refugiado allí los aristócratas y todas las gentes de dinero. Alemania, en cambio, cada vez estaba peor, y a consecuencia del bloqueo la comida escaseaba. Total, que nos equivocamos una vez más. En Minsk no se vivía mal bajo la dominación alemana, aunque los rusos protestaban mucho porque los trataban mal, no como hombres, sino como ganado. La vida era barata; los precios de los artículos los fijaba la comandancia alemana, que ejercía una vigilancia estrechísima en los mercados; los vendedores judíos, en cuanto veían a un soldado alemán huían como gamos; la carne tenía que estar sellada por la comandancia; los géneros en malas condiciones eran decomisados; los precios de tasa rigurosamente exigidos. A los rusos y a los judíos aquella tiranía de los militares alemanes se les hacía insufrible y la población de Minsk empezó a irritarse contra ellos. Acabó de colmar la indignación una orden de la comandancia que obligaba a pasar la revista sanitaria a todas las mujeres, decentes o no, que cogían en las calles; esto fue consecuencia de la aparición en Minsk de una banda de polacas fugitivas de otras ciudades que infectaron a las tropas alemanas con sus males venéreos.

Mi amigo el príncipe

En una tertulia de oficiales alemanes conocí al príncipe Wladimiro Obolienski, oficial del ejército del zar, multimillonario, aristócrata por los cuatro costados, gran tipo, bebedor, enamorado, juerguista, y, sobre todo, generoso. Tiraba el dinero a manos llenas y andaba por el mundo como uno de esos príncipes de leyenda que todo lo pueden y que no conocen más ley que su voluntad. Iba siempre rodeado de una cohorte de oficiales del ejército imperial que se hicieron famosos en Minsk.