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El príncipe se hizo muy amigo mío, íntimo casi. No se crea que era sólo una amistad de cabaret y de juerga, no. Me llevaba a su casa y charlaba horas enteras conmigo como un camarada. Presumía de tener una gran amistad con el rey de España, y un día me dio una carta para él, diciéndome:

—Cuando vuelvas a tu patria, las puertas de palacio se te abrirán con esta carta y Alfonso, mi amigo Alfonso, te recibirá.

No pude comprobar si era verdad, porque en Rusia tuve que romper la carta, ante el temor de que me la encontraran los bolcheviques, y por el solo hecho de llevarla me fusilaran. Pero algo debía haber de verdad en cuanto decía mi amigo, el príncipe, porque yo mismo vi con mis propios ojos las condecoraciones que tenía, entre ellas alguna española valiosísima. Una carta con la firma del príncipe que tuve ocasión de utilizar me abrió, efectivamente, las puertas de varias embajadas. ¿Qué habría sido de él? La última vez que lo vi fue en Rusia, en un trance bastante apurado, en el que le pusieron los bolcheviques. Ya lo contaré.

Los militares se divierten

En el Winter Garden celebrábamos grandes juergas con los oficiales alemanes. Nos reuníamos en un reservado, en el que corría el champaña como agua a expensas de mi amigo el príncipe. A estas juergas iba también un tipo extraordinario, el barón Stiglitz, borracho siempre, con una voz aguardentosa que asustaba, pero buena persona en el fondo; era un tipo estrafalario, al que le daba por favorecer a los bolcheviques. A otro que no hubiese sido él le habrían fusilado. Pero debía de tener grandes aldabas en Berlín, porque nadie le molestaba nunca, hiciese lo que hiciese. Una noche, la juerga fue tan imponente que escandalizamos a todo Minsk. El príncipe había estado en su reservado invitando a comer y beber sin tasa a todos los artistas y a todos los clientes. Ya de madrugada, los militares, borrachos, empezaron a inventar disparates. Cogieron las botellas vacías, las colocaron en un patio y se entretuvieron tirando al blanco sobre ellas con sus pistolas; cuando se les acabó esta diversión empezaron a tirar cosas por las ventanas, con gran escándalo de los vecinos y los transeúntes. Yo, que tenía un tonel de vodka en la barriga, me senté tranquilamente en una silla, echado de bruces sobre el espaldar para que mi amigo, el príncipe, tirase al blanco sobre mí; tenía puesto un sombrero hongo, y el príncipe, a través de su borrachera, tenía que apuntar cuidadosamente para atravesar de un balazo la copa del hongo sin atravesarme a mí los sesos, porque «¡Para eso era mi amigo!», como nos decíamos abrazándonos, cogorzas perdidos los dos.

Salimos a la calle a pleno día; los pacíficos transeúntes que iban a sus labores salían corriendo al ver aquella tropa de militares borrachos que iban disparando sus pistolas a diestro y siniestro. Encontramos un coche de punto y en él nos metimos todos; dos de los oficiales se montaron en el pobre caballejo; cinco o seis iban amontonados en el interior, y los demás, hasta doce, en el pescante, en el techo, en las varas. El pobre cochero caminaba por la acera, detrás de su vehículo, maldiciéndolos y mesándose las barbas. Yo iba metido en el inmenso capote de un comandante alemán, y cada vez que nos parábamos me arrancaba por bulerías. Así, hasta que volcamos, como era natural.

¡Las cosas del vino! En todas partes las juergas son iguales y los juerguistas hacen las mismas estupideces. No sé si porque eran más fuertes o por qué, el caso es que los alemanes han sido siempre los juerguistas peores, los que más barbaridades hacían, los que no se rendían nunca.

Otra vez en Rusia

Protegidos por la comandancia alemana salimos de Minsk en dirección a Kiev, que a nosotros nos parecía más seguro que Alemania. En Kiev no había todavía bolcheviques y se decía que no llegarían nunca. El mayor alemán, al despedirme de él, me obsequió con varios paquetes de macarrones, té, chocolate y una botella de coñac. Hicimos el viaje muy bien, y gracias a la recomendación de la comandancia nos ahorramos todas las molestias y todas las patadas que los soldados alemanes daban a los rusos. En la frontera rusa ponían muchas dificultades. Yo, viendo que echaban atrás a muchos de los viajeros, metí un billete de cincuenta rublos entre las hojas del pasaporte y se lo alargué como el que no quiere la cosa al policía. Fue mano de santo; pasamos los primeros y sin ninguna dificultad.

Kiev, cuando llegamos de nuevo, era la ciudad más animada y alegre del mundo: toda la gente de dinero de Rusia se había refugiado en Kiev huyendo de los bolcheviques, y no había medio de encontrar alojamiento. Las calles hervían de gente bien vestida, los mercados estaban abarrotados, los restaurantes elegantes rebosaban, los cafés y las pastelerías se veían concurridísimos y en cada esquina funcionaba una casa de juego. Circulaba abundante el dinero ucraniano, pero subsistía el curso clandestino de los rublos del zar. La vida era barata y ni remotamente se pensaba en los bolcheviques.

En el cabaret Apolo, donde fuimos a trabajar, nos encontramos, sin embargo, con una novedad soviética. No había ya empresario: una sociedad o soviet local de camareros explotaba el negocio y cobrábamos a prorrata. Como todos los hoteles y pensiones estaban ocupados por los fugitivos ricos que pujaban los precios, tuvimos que quedarnos a dormir en el mismo camerino del Apolo. Reinaba tal desconcierto y tal desbarajuste que Kiev daba una impresión extraña de ciudad en la que todos se hubiesen vuelto locos; de unas cosas sobraba; de otras, se carecía; por una parte, parecía que todos eran millonarios; por otra, se descubría una gran miseria. A lo mejor podía uno beber hasta hartarse el mejor champaña de Francia, y luego no encontraba ni a precio de oro un panecillo con que desayunarse. En cada esquina había una cola de hambrientos y una chirlata en la que se cruzaban miles y miles de rublos en las apuestas.

En aquellos días me encontré en Kiev con dos payasos españoles, los hermanos Fernández, que las estaban pasando negras. Les ayudé como pude, prestándoles algún dinero y partiendo con ellos las provisiones que me había regalado el mayor alemán en Minsk, pero los pobres iban de mal en peor. Uno de ellos, que tenía a su mujer en Alemania, quería a todo trance marcharse de Rusia, pero no lo conseguía, por más que porfiaba. Después de muchas intentonas fallidas discurrió una estratagema que le permitiera salir, digna de la imaginación de un payaso.

Se metió en un gran cajón de madera e hizo que le facturásemos como mercancía; entre su hermano y yo preparamos cuidadosamente la expedición; le pusimos en el cajón agua y comida para tres o cuatro días, le abrimos unos disimulados respiraderos, le pintamos en los costados y en la tapa muchas veces el letrero de «frágil» y le llevamos a la estación donde le cargaron en un vagón de mercancías. No pudimos impedir que le diesen unos trastazos que debieron de dejarle molido ni que le echasen encima unos bultos enormes y unas lonas, bajo las que debió de estar a punto de asfixiarse. Dos días estuvo el vagón cargado con nuestro compatriota Fernández en una vía muerta de la estación de Kiev. Disimuladamente, su hermano y yo íbamos a darle golpecitos en el cajón para saber si estaba vivo todavía. Al tercer día, cuando fuimos a la estación, dispuestos a sacarle, nos encontramos con que el vagón había sido enganchado en un tren e iba camino de la frontera. ¿Llegaría vivo a su destino? Aún no he podido saberlo.

Después de actuar durante una temporada en el Apolo, de Kiev, salimos a hacer una tournée por Ucrania y recorrimos Jarkov, Gomel, Rostov y Kremenchuk. En toda Ucrania nadie creía aún en los bolcheviques, pero se notaba un creciente malestar y se decía que pronto estallarían revueltas, porque había hambre en el campo. Las noticias que llegaban del norte hablando del Gobierno bolchevique no interesaban a nadie. Se creía que todo aquello de los soviets eran cosas de los obreros de las fábricas de Moscú y Petrogrado que no tardarían en acabar más o menos violentamente. Los ucranianos se reían de los bolcheviques; pero, a pesar de todo, se notaba que el Gobierno de Ucrania iba concentrando sus tropas alrededor de Kiev. Entonces empezó a sonar el nombre de Petliura, que era el jefe de las tropas ucranianas.