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Mientras tanto, nosotros estábamos tranquilamente en Kremenchuk, adonde no llegaba ninguna de aquellas perturbaciones. En Kremenchuk se vivía aún en pleno régimen zarista, con una absoluta separación entre las clases sociales, como en tiempos del zar; no era como en Kiev, donde, a pesar de ser todos enemigos de los bolcheviques, la revolución había transformado por completo la vida. En Kremenchuk, el jefe de policía era todavía un militar, y aún se le llamaba grasnachasni; había muchos círculos privados y casas como palacios medievales. Era aquélla una población grande y noble, pero muy aldeana; en las calles escaseaban las farolas del alumbrado público y la plaza mayor estaba toscamente empedrada con cantos rodados. Había seis u ocho grandes fábricas de tabaco y muchas explotaciones agrícolas que permitían a los terratenientes y a los industríales jugar fuerte al baccarat y al chemin de fer en sus casinos. Los periódicos llegaban con muchas fechas de retraso y todo lo que contaban parecía que era de otro mundo. No había allí más preocupación que la de la mala gente, las bandas de desocupados, algarines y agitadores que, como consecuencia de las conmociones de Rusia, caían por allí. El viejo grasnachasni estaba furioso y sus polizontes tundían a palos a todos los forasteros sospechosos.

Una noche nos robaron el baúl mientras trabajábamos. Era nuestra ruina, porque en él teníamos guardados todos nuestros ahorros, unos nueve mil rublos. El jefe de policía, cuando presentamos la denuncia, se irritó y nos prometió que se encontraría el baúl, costase lo que costase. Costó, el que le diesen cien palos a cada uno de los infelices que los polizontes cogieron por sospechosos, que fueron muchos. ¡Qué manera de zurrar! Al fin, apareció el baúl, pero no el dinero, a pesar de las palizas que les dieron a los ladrones; formaban una banda, en la que había una mujer guapísima, que durante los interrogatorios se colgaba del cuello de los polizontes y los abrazaba y los besaba para que no le pegasen. Intentó hacer lo mismo con el viejo grasnachasni, pero cada vez que ella se le acercaba insinuante le soltaba él una bofetada que la tumbaba. A mí todo aquello me daba náuseas, e intercedía para que no les atormentasen más. Recuperé mis músicas, mis trajes y mis coloretes, pero me quedé sin un céntimo.

Llegó entonces a Kremenchuk una noticia pavorosa que nadie quiso creer. Kiev había caído en manos de los bolcheviques Se produjo la alarma consiguiente, y como es natural, nos quedamos sin trabajo. Los camaradas me ayudaron y conseguí reunir el dinero suficiente para irnos a Gomel, que ya conocía, donde habíamos sido contratados. El viaje lo hicimos en barco por el Dniéper, pues, según nos aseguraron, los bolcheviques tenían cortadas las comunicaciones por tierra. Se tardaba una noche. Recuerdo que era ya entrado el otoño; hacía frío y los pasajeros procuraban quitárselo cantando, bailando y bebiendo vodka. Toda la madrugada nos la pasamos contemplando, a la luz de la luna, el estuario del Dniéper, por el que se deslizaba suavemente aquel barquito, en cuya popa sonaba entre risas, burlas y canciones un acordeón que iba desgranando las melodías populares rusas, mientras allá, a lo lejos, brillaban indecisas las lucecitas de los campamentos donde vivaqueaba el naciente ejército rojo. 

13. La derrota de los príncipes

Los bolcheviques apretaban el cerco. Parecía mentira que aquellas patrullas de locos salidos de las fábricas de Moscú y Petrogrado llegasen con sus extravagancias revolucionarias hasta el corazón de la Rusia tradicional, las quietas y burguesas provincias del sur, tan apegadas a lo viejo y tan amantes de las grandezas imperiales, pero la verdad era que cada vez teníamos más cerca a los destacamentos bolcheviques. Kremenchuk, a poco de salir nosotros, cayó en poder de los rojos. Kiev mismo había sucumbido. Ya no sabíamos dónde meternos huyendo de los bolcheviques, no porque yo tuviese unas ideas políticas distintas de las de ellos, que nunca he tenido ninguna idea política, sino porque los bolcheviques, buenos o malos, sostenían que los artistas de cabaret no teníamos derecho a la vida y deseaban que nos muriésemos cuanto antes.

Nos fuimos a Gomel, último refugio de las comodidades y el bienestar de la vieja vida burguesa. Pensábamos encontrar allí todavía los cafés lujosos, las pastelerías con grandes pasteles de nata a diez copecks, los gallardos oficiales que gastaban sin tasa en los cabarets y las canciones sentimentales de la gorda Anoma. Aparentemente, todo seguía igual, pero en el fondo se advertía ya el desquiciamiento de la revolución. Nos contrataron en el Splendide, un cabaret muy lujoso, a cuya explotación se había dedicado un antiguo oficial de muy buena familia, que por la revolución había tenido que abandonar la carrera y meterse a empresario de cabaret. Tuvimos éxito y disfrutamos todo lo posible de las buenas cosas de la burguesía, ¡ay! por última vez. Ya nunca más probaríamos los pastelillos de nata, ni nos obsequiarían con ramos de flores, ni nos invitarían a champaña. Los bolcheviques venían.

Una tarde estaba charlando con Sole, cuando se nos acercó un individuo que nos preguntó en castellano:

—¿Son ustedes españoles?

—Sí, señor —le contestamos—. ¿Y usted?

—También; madrileño por los cuatro costados.

—¡Ole! —dijo Sole, que hacía un siglo que no veía a nadie que fuese como Dios manda.

—¿Y usted que hace aquí?

—Soy artista de circo. El clown Zerep.

—¿Es usted español y se llama Zerep?

—Sí, señor; Zerep es mi apellido escrito al revés. Me llamo Antonio, Antonio Pérez, para servir a Dios y a usted, y trabajo en el circo en compañía de otro clown italiano llamado Armando.

Nos pusimos muy contentos, comimos juntos, hablamos de Madrid, bebimos un poquito y nos hicimos muy amigos. Zerep era un buen camarada, muy simpático, y siempre de un humor admirable. De Madrid, vamos. Su compañero, el italiano Armando, era un poco frío, pero no mala persona.

Juntos vivimos en Gomel, arregostados todos a la buena vida burguesa que se acababa. El negocio del cabaret empezó a ir mal; los bolcheviques estaban cada vez más cerca y los buenos clientes huían. Ya no quedaban allí más que algunos oficiales desesperados y sin dinero, que estaban decididos a hacerles cara a los destacamentos bolcheviques. Hasta última hora estuvo yendo al cabaret un príncipe del Cáucaso, que…

Los príncipes se van

Parecía que se iba a tragar el mundo. Era un tipo grande, fuerte, sanguíneo, que comía por diez y bebía por veinte. Él solo mantenía la animación del cabaret, arrastraba a los demás clientes, convidaba a los artistas, se emborrachaba, bailaba, se divertía, hacía más gasto que todos los parroquianos juntos. No se sabía exactamente quién era, de dónde había venido ni para qué. Se sabía tan sólo que era rico y que derrochaba el dinero a manos llenas. Era violento e incansable; nadie podía aguantarle; sólo yo resistía horas y horas a su lado, hasta dejarlo durmiendo. Conmigo estaba encantado, porque le seguía la corriente, y en medio de las borracheras me decía:

—A ti te quiero bien, españolito. Todos ésos son unos judíos tristes que no saben beber ni estar como los hombres. Les vamos a cortar las orejas.

Y se ponía a insultar y desafiar a todo el mundo, sin que saliera nunca ningún flamenco que se atreviera a levantarle el gallo. Cuando llegaban noticias de que los destacamentos bolcheviques seguían avanzando sobre Gomel, se ponía furioso y decía que se los iba a comer crudos o poco menos. Pedía champaña, convidaba a cuantos estaban en el cabaret y brindaba: