—¡Por esa canalla bolchevique que vamos a colgar en racimos!
Había juergas que duraban diez días. Una madrugada salió del cabaret borracho perdido y se fue a las afueras del pueblo, donde se plantó en medio de la carretera y se puso a llamar a grito herido a los bolcheviques, desafeándolos con voces estentóreas que atronaban la paz de los campos en el conticinio.
—¡Ladrooones! ¡Canallas! ¡Hijos de perra! ¡Venid aquí, que os voy a…! —les gritaba.
Las gentes prudentes iban tomando sus precauciones sin hacer demasiado caso de las bravatas del príncipe; muchas familias huyeron de Gomel; las casas grandes se cerraban; los mejores clientes del cabaret desaparecían. Hubo que cerrar, al fin. El mismo dueño abrió una casa de juego en el local del cabaret, y yo, para no quedarme sin comer, tuve que cambiar de oficio; guardé la chupa y las castañuelas para mejor ocasión, me endosé el esmoquin y me convertí en croupier. Acudían muchos oficiales a jugarse el dinero y el negocio marchaba bien. Nadie sabía si al día siguiente le dejarían tener un rublo, y en estas condiciones de inseguridad, el que lo tenía se lo jugaba, que era lo mejor que podía hacer. El famoso príncipe caucasiano seguía siendo el punto fuerte de la casa. Aunque ya no había cabaret ni espectáculo, todavía se servían cenas a los jugadores, y el príncipe, que había convertido aquello en su casa, cenaba como un heliogábalo, y luego se ponía a beber y a jugar fuerte, hasta que amanecía. El dueño, como antiguo oficial que era, estaba dispuesto a resistir a los bolcheviques. Se trajeron de no sé dónde tres o cuatro ametralladoras y se almacenaron en la bodega varias cajas de municiones.
Dos o tres días antes de que llegasen a Gomel los bolcheviques estaba yo una noche tallando una baraja de baccarat, cuando me avisaron de que unos compatriotas querían verme; salí a la calle y me encontré con el bailarín Pepe Ojeda y su mujer, la Catalanita, que venían de Kiev huyendo de los bolcheviques. Estaban muertos de hambre y de frío. En la calle había un metro de nieve y los pobres no tenían apenas con qué abrigarse. A ella le dio un vahído y estuvo a punto de que se la llevaran al hospital, pero yo los recogí, me los llevé a casa, les di de comer, les proporcioné cama y abrigo, y al día siguiente les presté doscientos rublos kerenski para que pudieran irse hasta Minsk. No lo hice porque me lo agradecieran, que no me lo han agradecido —ni pagado—, sino por mí mismo. Porque nadie sabe tan bien como yo con cuánta ilusión se llama a la puerta de un compatriota cuando a mil leguas de la tierra de uno se tiene hambre y frío y no hay entre millones de personas una sola a la que le importe que uno se muera o deje de morirse.
—Rien ne va plus (las frases sacramentales del juego se decían siempre en francés) —gritaba yo una noche encaramado en mi sillón de croupier, cuando entró precipitadamente en la sala de juego un oficial que se puso a cuchichear con el dueño. Se produjo un gran revuelo en la casa. Sacaron las ametralladoras y las emplazaron en las ventanas, que daban a dos calles. El príncipe caucasiano, que estaba en un butacón del fondo de la sala de juego durmiendo la borrachera de siempre, se despabiló al sentir el ajetreo, y con los ojos inyectados en sangre y la cara abotargada escuchó, sin comprenderla claramente al principio, la noticia de que los bolcheviques llegaban a Gomel en aquellos momentos. Se desconcertó y se puso a buscar por todos los rincones su enorme papaja, su típico gorro de piel, que se le había extraviado; se abotonó precipitadamente la vistosa cherkeska, requirió el largo puñal caucasiano que llevaba al cinto y salió dando traspiés y refregándose contra las paredes. No volvimos a verle. Nadie ha vuelto a saber de él jamás. Sus hazañas, muchas o pocas, no dejaron rastro. En aquellos instantes de confusión se abrió la puerta de la calle y entró como una tromba quien menos podía yo imaginarme: el príncipe Wladimiro Obolienski, mi gran amigo de Moscú. Venía descompuesto, furioso, rechinando los dientes de desesperación e impotencia. Le seguían dos o tres ordenanzas, a los que daba órdenes precipitadas y contradictorias, acompañadas de fustazos e injurias. Venía huyendo de los bolcheviques y traía la esperanza de haber tomado en Gomel el tren que le hubiese llevado a la frontera, pero al llegar se había enterado de que los destacamentos bolcheviques, por medio de una hábil maniobra, habían cortado la línea férrea, y el tren no podía ya salir. Para no caer en manos de los rojos, que pronto estarían allí, no le quedaba más recurso que salir inmediatamente a campo traviesa y ponerse a salvo aprovechando las horas que quedaban de noche.
Los ordenanzas salieron a buscar caballos. Mientras volvían el príncipe se paseaba por la sala de juego a grandes zancadas, jurando y maldiciendo. Al principio venía tan ciego que ni siquiera me conoció. Luego, al verme, me abrazó y se tranquilizó un poco. Me contó la situación. El ejército rojo, aquellas cuadrillas de obreros y campesinos, había puesto en dispersión a su gente. Los destacamentos bolcheviques venían pisándole los talones, y al encontrarse en Gomel con la línea del ferrocarril cortada no le quedaba más recurso que ganar la frontera galopando a través de la estepa. Llevaba consigo documentos importantísimos, de los que no podía deshacerse, y que si caían en manos de los bolcheviques ocasionarían una catástrofe; llevaba, además, una fuerte suma en valuta extranjera, principalmente billetes suizos.
Hubo un instante en el que todo se consideró perdido. Los ordenanzas volvían diciendo que no encontraban caballos y que los bolcheviques tenían ya tomadas las entradas de Gomel. El príncipe Obolienski, descompuesto, me llevó a un rincón, me echó el brazo por encima y me dijo precipitadamente:
—Eres mi amigo. Te he oído decir muchas veces que tenías a orgullo mi amistad. Ahora vas a probármela. Toma esta cartera con estos documentos y este dinero y guárdalos hasta mi regreso, si es que regreso alguna vez. Si no volviese destruye los documentos y quédate con el dinero. Son cincuenta mil francos suizos. Yo voy a intentar la salida de esta ratonera burlando las patrullas comunistas y caminando a pie hasta llegar a lugar seguro. Tendré que disfrazarme, me registrarán, y no puedo llevar todo eso conmigo. Júrame que no lo entregarás a los bolcheviques.
Yo no me atrevía a quedarme con aquello, que podía ser mi perdición si los bolcheviques me lo encontraban; pero no pude negarme, y acepté el encargo. Afortunadamente en aquel instante llegó uno de los ordenanzas de Obolienski con cuatro caballos y un guía que se comprometió a dejar en franquicia al príncipe. Recogió éste su cartera y después de darme un abrazo y un beso en cada mejilla saltó sobre el caballo y se lo tragó la noche oscura. A lo lejos latían los perros jalonando el paso de los fugitivos. Oímos un disparo; luego, otro más lejos; luego, varios. ¿Qué sería del príncipe? No pudimos preocuparnos por su suerte durante mucho tiempo. Cuando se me ocurrió mirar por una de las ventanas vi en el centro de la plaza un grupo de hombres que charlaban arrimados a una gran farola que allí había. La plazoleta estaba completamente a oscuras, y sólo se distinguían las siluetas humanas rematadas por el trazo siniestro del fusil y el ascua diminuta del cigarrillo en la boca. Aquellas sombras silenciosas y quietas que tomaban posesión de la plaza mayor del pueblo suavemente, sin un ademán violento, eran nada menos que el triunfo del bolchevismo. ¡Adiós al viejo mundo burgués! Los príncipes, derrotados sin lucha, huían al galope a campo traviesa, y allí quedaba la población civil, la buena gente, que no se mete en nada, espiando temerosa por las rendijas de las ventanas a los nuevos amos de Rusia.