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Cuando las tropas del atamán Petliura apretaron el cerco y los bolcheviques necesitaron hombres para la lucha contra los ejércitos blancos, nos militarizaron de un golpe. Echaron al campo a pelear contra los blancos a los obreros de todos los sindicatos de Kiev, y al Sindicato de Artistas del Circo, igualmente militarizado, lo destinaron a prestar servicio en el interior de la población. Sin comerlo ni beberlo, yo me encontré convertido en guardia rojo de la noche a la mañana. No teníamos armas. Todo nuestro armamento consistía en el papel sellado por las autoridades soviéticas que, al nombrarnos, se nos entregaba. Algunos de los artistas del circo tomaron muy a pecho aquello de ser guardias rojos y defender la revolución con las armas en la mano, y se quedaron después incorporados definitivamente al ejército. Yo, prudentemente, procuré no distinguirme demasiado. Hice lo que me mandaron; puse cuidado en no perjudicar a nadie y pude esperar tranquilamente los acontecimientos.

El clown Bim-Bom

Cuando se era bolchevique y se estaba inscrito en un sindicato obrero se tenía cierta libertad para criticar el régimen y decir lo que uno quisiera. Los que no tenían derecho a rechistar siquiera eran los burgueses.

En nuestro Sindicato de Artistas de Circo había un célebre clown que gozaba de gran renombre en Rusia por su ingenio y por la intención política de sus chascarrillos. Era el famoso clown Bim-Bom, que ya se había hecho célebre en Alemania por sus chistes antimilitaristas durante la guerra. Bim-Bom se había atrevido a salir una noche a la pista de un circo berlinés con un perro cubierto con un casco puntiagudo que, según daba a entender con picantes alusiones, representaba al káiser. Esta afición de Bim-Bom a la sátira política pudo acarrearle en Rusia fatales consecuencias, porque los bolcheviques no admitían bromas.

Recuerdo que una noche, en pleno régimen soviético, salió vestido de andrajos y con un saco a la espalda, y sin decir palabra se puso a dar vueltas a la pista lentamente, mientras el público, intrigado, esperaba ver por dónde salía. Pero Bim-Bom, silencioso siempre y con su saco a la espalda, daba vueltas y más vueltas a la pista, mientras el tiempo pasaba y el público empezaba a impacientarse. Cuando ya el escándalo era considerable y los espectadores, irritados, le increpaban, Bim-Bom se detuvo y miró a la multitud encrespada con aire asombrado.

—¿Qué os pasa? —preguntó.

—Que hace media hora que estamos esperando a ver qué haces, y como no haces nada, el público se desespera.

—¡Valiente cosa! —replicó Bim-Bom encogiéndose de hombros—. Os desesperáis porque hace cinco minutos que estoy aquí y no hago nada. ¡Cuánto tiempo lleva el pueblo ruso esperando inútilmente a que hagan algo, sin que se haya desesperado todavía!

Le dieron una ovación formidable.

Luego metió mano al saco que llevaba al hombro y empezó a sacar, uno tras otro, papeles mugrientos y arrugados, en los que iba deletreando con gran énfasis:

—Esto —decía a su camarada, el payaso— es la demostración palpable de cuánto ha progresado nuestro país bajo el régimen bolchevique. Mira…

—¿Qué es?

—Nada menos que una autorización del comisario de mi vivienda. Fíjate bien qué bonita, con sus sellos, su firma… ¿Eh, qué tal? Pues ¿y esto? sacaba otro papel arrugado, que exhibía orgullosamente.

—¿Qué es? —preguntaba el tonto.

—Un permiso del comisario local. ¡Casi nada! Pues verás ahora…

Y sacaba otro papel, y otro, y otro…

—Pero, ¿qué es todo esto? —interrogaba tozudo el payaso.

—Esto es un bono de la cooperativa; esto, una autorización de la Checa; esto, una licencia del comité de fábrica; esto, un carnet del Sindicato; esto, un permiso de la autoridad militar, esto…

Y seguía sacando a puñados papeles y papeles, hasta formar un montón enorme en el centro de la pista.

—¡Cuánto hemos progresado! ¡Nada de esto teníamos antes! —exclamaba con acento de gran satisfacción.

—¿Pero para qué diablos sirve todo eso? —insistía el tonto.

—¡Ah! —replicaba entonces Bim-Bom—; todo esto sirve para que, si tienes un poco de suerte, llegues a conseguir alguna vez ¡nada menos que esto!

Y metiendo la mano al saco extraía del fondo un mendrugo de pan negro, que paseaba en triunfo ante las narices de los espectadores.

Le ovacionaban mucho. Pero le metieron en la cárcel los bolcheviques, y el Sindicato de Artistas del Circo tuvo que organizar una manifestación popular para pedir su libertad a las autoridades soviéticas.

No escarmentó, y poco después dio ocasión con sus burlas a un tristísimo suceso.

Salió una noche a la pista su camarada, el tonto, quejándose amargamente de las dificultades con que tropezaba para vivir en el régimen soviético. El soviet local le había dado una habitación tan pequeña que ni siquiera le cabían los muebles.

—Ha sido terrible —decía—; he tenido que amontonar mis trastos unos encima de otros, y ni aun así me caben. Y me quedan muchas cosas fuera de la habitación. Tú sabes lo buen bolchevique que yo soy. Pues bien; tengo un retrato de Lenin y otro de Trotsky que no sé dónde ponerlos; no caben de ninguna manera.

—Es muy sencillo —replicó Bim-Bom—; a Lenin lo cuelgas y a Trotsky lo pones arrimado a la pared.

Estalló una ovación formidable. Poner a uno junto a la pared quería decir, en el argot revolucionario fusilarle. Con esta sencilla frase: «A la pared», decretaban la pena de muerte durante la guerra civil los comisarios soviéticos. Fue la frase más terriblemente popular de la revolución.

Pero entre aquella masa de enemigos del comunismo y de indiferentes que llenaba el circo había un comunista auténtico, que se irritó, y sin decir palabra, sin levantarse siquiera de su asiento, sacó su pistola y disparó contra Bim-Bom. La bala pasó rozándole y fue a dar a un pobre músico de la charanga del circo, el más viejo de todos, el que tocaba el cornetín, que cayó muerto en el acto. Todo el mundo vio perfectamente quién había sido el autor del disparo, que permaneció tranquilamente en su sitio, pero nadie se movió. Mientras se llevaban al pobre cornetín asesinado, el comunista encendió sosegadamente un cigarrillo, tiró de la visera de la gorra y salió. Nadie hizo ademán de detenerle ni pensó en denunciarle. ¿Para qué? Si era un comunista que gozaba de la inmunidad más absoluta que se ha visto nunca.

Bim-Bom no se atrevió a gastar más bromas con los bolcheviques. Tuvo que contentarse con ridiculizar a Kerenski en sus chistukis. Los chistukis que gustaban mucho a los rusos eran unas canciones populares de dos estrofas que se cantaban entre dos. Uno de los cantores decía con un gran énfasis la primera estrofa. Por ejemplo:

Kerenski fue un gran patriota

que se sacrificaba por su pueblo.

Y el otro le contestaba:

Y ahora sigue sacrificándose en América,

pero por las bailarinas y las prostitutas.

La derrota de los bolcheviques

Se llamaba así en los carteles: El hombre sin nervios. Pero no era verdad; los tenía como cada hijo de vecino; yo pude comprobarlo aquella madrugada que los cañones de Petliura nos metieron dos pepinazos en el circo y derribaron los muros del pabellón donde teníamos nuestra vivienda los artistas. El hombre sin nervios, que estaba allí, se puso tan nervioso como todos nosotros. La sorpresa nos la llevamos todos, porque nadie se esperaba aquel ataque a fondo de las tropas ucranianas, al mando del atamán Petliura, que hicieron sobre Kiev, sorprendiendo a los bolcheviques, sin darles tiempo siquiera a intentar la resistencia. Mientras sus cañones disparaban sobre la ciudad desde el Dniéper, los petliuristas atacaron por el lado de la estación, y los bolcheviques, cogidos por sorpresa, echaron a correr como gamos al verse copados. Desde el circo sentíamos cómo retemblaba el pavimento de la calle al paso de los carros lanzados a carrera abierta en que huían los bolcheviques. Simultáneamente se veía cómo explotaban en el claro cielo del amanecer las granadas de los petliuristas.