Dos horas escasas duró el bombardeo: desde las cuatro a la seis de la mañana. A las siete, Kiev estaba otra vez en calma. Los cañones de Petliura habían callado y los últimos bolcheviques habían doblado la esquina galopando en dirección al Podol, el barrio judío de Kiev, por donde embarcaron. Las vanguardias triunfantes de los ucranianos no se habían presentado todavía; estaban a las puertas de Kiev, y temiendo una emboscada tomaban sus precauciones antes de entrar en la ciudad.
El hombre sin nervios y yo nos atrevimos a salir para ver lo que pasaba en las calles. Todavía se veía de vez en cuando abrirse la puerta de una casa y salir, mal vestido y cargado con su petate, un bolchevique, que se lanzaba al galope en dirección al Podol. Era peligroso toparse con estos fugitivos, porque iban como los jabalíes cuando se sienten acosados: acometiendo ciegamente a colmillazos cuanto se les ponía por delante. No nos atrevimos por esta causa a dirigirnos al Podol, que era donde se estaban concentrando los fugitivos para embarcar, y nos fuimos prudentemente a un cerro que había en el parque Alejandrovski, desde el cual se dominaba el panorama de la ciudad. En la cima de aquella montañita había una cruz enorme que se destacaba desde cualquier sitio de Kiev. Vimos perfectamente desde aquel observatorio cómo huían los rojos y cómo entraban los blancos. Bajando hacia el Podol, los bolcheviques fugitivos iban tirando la carga de las caballerías para poder correr más y embarcar más fácilmente. Vimos también la retirada admirable de los cuatro últimos bolcheviques, los que hasta el último instante habían estado disparando sobre las vanguardias de Petliura para contenerlas. Atravesaban la Krischatika a todo correr para alcanzar a sus camaradas, cuando advirtieron que en la plaza de Alejandro había quedado abandonado un cañón, y aún tuvieron la sangre fría necesaria para detenerse, soltar los petates y el fusil y ponerse a desarmarlo concienzudamente. El momento fue de gran emoción para nosotros, que desde nuestro observatorio veíamos angustiados cómo los barquitos de los bolcheviques iban separándose de los muelles y cómo simultáneamente las patrullas ucranianas se dislocaban y se metían con la bayoneta calada por las calles de Kiev avanzando cautelosamente. ¿Los cogerán? ¿No los cogerán? Aquellos cuatro tipos estuvieron manipulando en el cañón todo el tiempo que necesitaron para inutilizarlo. No hacía dos minutos que se habían marchado cuando ya estaban allí los hombres de Petliura.
La huida de los rojos y la llegada de los blancos desde aquella altura en que estábamos se nos antojaba un juego divertido y gracioso. Al mismo tiempo que los destacamentos ucranianos entraban triunfantes por un lado, los ocho barquitos de los bolcheviques, abarrotados de gente, soltaban amarras y se deslizaban por el Dniéper.
Por el Dniéper arriba desaparecieron los bolcheviques cantando La Internacional.
15. La gloria del atamán Petliura
Cuando la gente de Kiev se dio cuenta de que los bolcheviques huían río arriba, una muchedumbre jubilosa invadió las calles. ¡La tiranía roja se había terminado! Se acabaron como por ensalmo las caras tristes, las mandíbulas apretadas, el aire miserable y los disfraces de mendigo. La gente, contenta y esperanzada, formaba grupitos en los portales, se arracimaba en los balcones y poblaba las aceras, comunicándose la buena nueva de la liberación. ¡Los bolcheviques habían huido! Se abrían de nuevo los cafés y lucían otra vez los escaparates. La ciudad entera, con traje de fiesta, se echaba a las calles para recibir en triunfo a los libertadores.
A media mañana entró el ejército nacionalista ucraniano en las calles de Kiev, y desfiló entre los vítores entusiásticos de la población camino de la Duma. Al frente de sus tropas iba el propio atamán Petliura a caballo, con el brazo izquierdo colgando y manchado de sangre. Sangre llevaba también el caballo en el pecho y en las patas como el de un héroe legendario. A su paso las muchachas de Kiev arrojaban flores sobre su cabeza y los representantes de la ciudad salían a ofrecerle el pan y la sal de la bienvenida. Desde los balcones y las ventanas una multitud gozosa le aclamaba.
Sólo el Podol, el barrio de los judíos, permanecía hermético con sus calles desiertas y sus ventanas cerradas. Los viejos rabinos del Podol habían salido, no obstante, enfundados en sus largos levitones negros a dar la bienvenida al atamán triunfante; pero de nada les valió. Los soldados de Petliura, apenas terminado el desfile, se tiraron como fieras sobre el Podol, asesinando a diestro y siniestro, saqueando las casas de los judíos y sacando ensartados en sus bayonetas a los bolcheviques escondidos. Fue una carnicería espantosa. Con las tropas ucranianas venían unos destacamentos de gente del Sur, a los que llamaban grusinskis, porque eran de Grusia (Georgia), que se cebaron en los pobres judíos del Podol.
Parece ser que al principio sus jefes les dieron larga para que castigaran a los judíos, tachados de amigos y protectores de los bolcheviques; pero hicieron tales atrocidades, que al caer la tarde los oficiales tuvieron que acudir en automóviles al Podol y meter en cintura a su gente. Aquella soldadesca, ebria de sangre, se insubordinaba, y los oficiales, para quitarles las presas de las uñas, tuvieron que hacer uso de los revólveres.
Yo tenía miedo. Los hombres de Petliura se paraban en poco, y yo, mal que bien, había sido nada menos que guardia rojo. Estaba expuesto a que una simple denuncia me costase la vida. La verdad era que yo me había limitado a meterme en el Sindicato de Artistas de Circo para poder comer; pero como los sindicatos obreros habían sido militarizados por los bolcheviques, a mí los blancos me podían fusilar en cualquier momento. Por mucho menos fusilaron a otros desdichados.
Además, en aquellos días de pogromo, en los que el hecho de ser judío era lo bastante para que le matasen a uno como a un perro, mi cara, morena y larga de flamenco, no era precisamente una recomendación para aquellas bestias de cosacos. Me tomaban por judío en todas partes y me daban sustos terribles. Lo mejor era largarse de allí cuanto antes.
Los petliuras procuraron restablecer el tráfico ferroviario y autorizaron para salir de Kiev, en dirección al sur, a todo el que quisiera. No se despachaban billetes ni había vagones de viajeros; pero se podía alquilar un vagón de mercancías y meterse en él las personas que cupiesen, para ser transportadas como ganado a medida que las locomotoras y el carbón de que se disponía lo permitiesen. Sole y yo nos fuimos a la estación, acompañados de nuestro camarada el madrileño Zerep, y allí nos pusimos de acuerdo con otras varias personas que querían salir de Kiev, y contratamos un vagón de mercancías para que nos llevasen hasta Odesa. Entre los que contratamos el vagón estaba el viejo Krutikof, que había permanecido escondido bajo siete estados de la tierra durante todo el tiempo que duró la dominación soviética; iba el viejo colgado de brazo de su linda mujer, de la que no se separaba un momento; según me dijo, había esperado la llegada de los petliuras como una liberación; pero ahora le tenía más miedo a los oficiales que a los bolcheviques, y al decir esto miraba a su mujer, que se distraía comiendo chocolate y sonriendo a todo el guapo mozo que pasaba; debían de llevar encima un fortunón en alhajas cosidas al forro de la ropa. Nos acomodamos como pudimos en el interior del vagón de mercancías y nos pusimos a esperar inútilmente la locomotora que había de conducirnos. Cinco días estuvimos metidos en aquel vagón estacionado en una vía muerta. Allí comíamos y dormíalos todos revueltos, como si fuésemos borregos; el viejo Krutikof, con las manos puestas sobre el cuerpo de su linda mujer y rasgando la noche con sus sobresaltos. Nos desesperamos de estar indefinidamente en aquella pocilga, y creyendo que no habría nunca locomotoras disponibles, al sexto día abandonamos al vagón y nos resignamos a volver a Kiev.