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Yo procuré zafarme, pues aquellas expediciones eran penosísimas y estaban llenas de peligros. Los caminos se hallaban merced de las bandas de forajidos; había por todo el país numerosas bandas de cien a doscientos hombres que iban sembrando la muerte y la desolación por donde pasaban. Había bandas de forajidos blancos, rojos, verdes y negros; es decir, zaristas, bolcheviques, campesinos y anarquistas, todos igualmente ladrones y asesinos. Una de las peores era la banda de «los señores», llamada así porque los que la formaban iban magníficamente instalados en automóviles, con soberbios abrigos de pieles y perfectamente armados y equipados. Luego, los bolcheviques, que eran muy audaces, se metían en las aldeas o las isbas que les eran hostiles a hacer propaganda y echaban por delante a los titiriteros, a riesgo de que los campesinos, furiosos contra ellos por las requisas, nos despedazasen.

En plena barbarie

No había pasado un mes cuando los blancos atacaron de nuevo. Esta vez los petliuras venían reforzados con las tropas del ejército blanco, que se había ido formando en el sur a las órdenes de Denikin. En la vanguardia aparecieron aquellas terribles gentes del Cáucaso, con sus cuchillos corvos como gumías, que iban cortando cabezas a diestro y siniestro con una ferocidad jamás igualada.

Los blancos atacaron Kiev por los mismos sitios que la otra vez; pero los bolcheviques, en vez de abandonar la ciudad ante el bombardeo, resistieron y se entabló una lucha cuerpo a cuerpo en las calles, que fue espantosa. Tres días duró. Millares de hombres de uno y otro bando cayeron defendiendo o atacando palmo a palmo el terreno. Al cuarto día la batalla se decidió a favor de los blancos, y los bolcheviques que pudieron escapar se refugiaron en el barrio judío, donde se hicieron fuertes todavía durante unas horas para cubrirse la retirada en dirección a Kremenchuk.

La población de Kiev volvió a recibir a los blancos con grandes demostraciones de júbilo: se les hizo la ofrenda ritual del pan y la sal, y se arrojaron ramos de flores a su paso. Nunca se hacía este recibimiento a los bolcheviques.

Ocuparon Kiev los ejércitos aliados de Petliura y Denikin; pero no con esto volvió la paz. Un destacamento de cosacos perteneciente al ejército de Denikin fue el primer que llegó al palacio de la Duma, y minutos después ondeaba en el edificio la bandera imperial del zar. Poco después llegaron los destacamentos del atamán Petliura, que subieron tras los cosacos, arriaron la bandera del imperio e izaron en su lugar la bandera separatista de Ucrania. Sin una vacilación los cosacos de Denikin montaron a caballo, y en la plaza misma de la Duma atacaron a sablazo limpio a sus aliados los petliuras, ante los ojos espantados de la muchedumbre, que había acudido jubilosa a vitorear a los triunfadores. Arrollados por aquellos feroces guerreros del Cáucaso, huyeron los nacionalistas ucranianos, y sobre el palacio de la Duma se mantuvo enhiesta la bandera imperial de Nicolás II.

Pasado el primer momento de estupor, Petliura rehizo a su gente y volvió al ataque; pero las tropas cosacas de Denikin cargaron contra los ucranianos y los dispersaron, obligándoles a salir precipitadamente de Kiev. Detrás de los bolcheviques salieron los hombres de Petliura, y la ciudad quedó en poder del ejército blanco, que venía a restablecer íntegramente el régimen autocrático del imperio de los zares. Libres ya de aquella canalla de bolcheviques y separatistas, los cosacos la emprendieron con los judíos del Podol. Hicieron allí una carnicería espantosa, asesinaron a centenares de infelices, lo saquearon todo. Dondequiera que encontraban un arma, por insignificante que fuese, no dejaban un ser vivo. Fue tal la matanza, que los judíos, a pesar de lo cobardes que naturalmente son, intentaron la resistencia con las ansias de la muerte, convencidos al fin de que doblando la cabeza como corderos no conseguirían sino que los degollasen en masa aquellas hordas de cosacos, sedientos de sangre y ansiosos de botín. Por toda la ciudad se extendió el terror. El zarismo volvía.

Un río de oro y brillantes

Y yo me volví a ver metido en mi esmoquin de croupier y cantando: «Hagan juego, señores. No va más».

Con la llegada del ejército de Denikin se despertó en Kiev una pasión universal por el juego. Se abrieron garitos a docenas y a todos ellos acudía una muchedumbre febril que se jugaba las pestañas, porque nadie sabía lo que iba a ocurrir al día siguiente, ya que las cosas y el dinero mismo tan pronto valían como dejaban de valer, y la verdadera locura hubiera sido en aquellos momentos pensar en ahorros y seguridades para el porvenir. Empezó entonces a circular el dinero de Denikin. Había dinero del zar, dinero de Kerenski y hasta dinero de los soviets, que empezó a correr clandestinamente. Claro es que este dinero era papel. Unas estampillas en las que el que mandaba firmaba por su palabra que aquello valía tanto y había que creerle. Hasta que se marchaba, naturalmente. Ante una moneda de oro auténtica, ante una libra esterlina, por ejemplo, aquellos papelotes vanidosos se achicaban, perdían toda su importancia y quedaban reducidos a la nada. Yo he pagado miles y miles de rublos papel por una sola monedita reluciente. Empezó a circular también la valuta extranjera, sobre la que se tiraba la gente entusiasmada: marcos, francos, libras, dólares, circulaban profusamente; pero hubo también muchos chascos, y al final sólo el que tenía libras o dólares podía decir que tenía dinero.

En substitución de aquel falso dinero, que de la noche a la mañana perdía su valor, aparecieron las joyas y las piedras preciosas. Las transacciones se hacían a base del valor intrínseco de los brillantes, el oro o la plata, y como moneda circulaban las pitilleras, los alfileres de corbata, las sortijas, los pendientes o sencillamente los cubiertos de plata. Una aristocracia y una burguesía que durante siglos había estado acumulando el oro y las piedras preciosas, salían bajo la protección de la bandera del imperio, plantada en Kiev por Denikin, a cambiar las viejas joyas familiares por pan.

Yo estaba de croupier en una mesa de oro, llamada así porque las apuestas únicamente se admitían en monedas de oro, contantes y sonantes. Era una gran casa de juego, establecida en el número 42 de la Krischatika, adonde iban únicamente jefes y oficiales del ejército de Denikin. Ganaba de ocho a nueve mil rublos diarios y a veces hasta quince mil, que ya era un buen jornalito. Hacía además mucho dinero con la compraventa de las alhajas, porque los oficiales, cuando perdían y se quedaban sin poder jugar, sacaban las joyas que tenían y las vendían por lo que les daban, con tal de seguir jugando. Con la promesa de que se les devolverían al día siguiente si venían a rescatarlas, las daban por la mitad, a pesar de que casi ninguno volvía. Era ley caballeresca entre los croupiers la de esperar efectivamente durante veinticuatro horas antes de desprenderse de la joya, por si el perdedor podía venir a recobrarla. Pasado aquel plazo de un día, los croupiers negociaban libremente la alhaja. Una madrugada un oficialillo joven, que había perdido todo su dinero, me pidió mil rublos, con la garantía de una pitillera de oro con preciosos esmaltes del Cáucaso, que debían de valer un dineral. Me porfió mucho para que no la vendiera, diciéndome que al día siguiente volvería a recogerla, porque era un recuerdo de su padre. Pero al día siguiente no volvió, ni al otro, ni en muchos días más. Echaron al ejército blanco de Kiev, y yo seguía con la pitillera guardada. Cinco o seis meses después, cuando volvieron los blancos, se me presentó el oficialito aquél, y cuando le dije que aún conservaba su pitillera se volvió loco de contento, me pagó lo que le había dado por ella, y llorando de alegría me regaló unos cuantos miles de rublos de propina.