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anoche dormí mal. me desperté a menudo empapado en sudor. debía de sufrir pesadillas, que al despertar no recordaba, porque sentía angustia y una gran opresión en el pecho. esta mañana me he levantado con la boca seca y la cabeza como rellena de algodón, igual que si hubiese pasado una noche de zambra y vino. el malestar físico me ha impedido añadir ninguna solemnidad al acto. estaba deseando terminar.

me veía a mí mismo como si me hubiese desdoblado (pero esta vez yo solo y por mi cuenta, sin argucias políticas): por una parte, hacía mecánicamente los gestos que habían prevenido los cancilleres; por otra, miraba en torno mío los movimientos de los demás a través de una mente opaca y desgranada. no he tenido en ningún momento ni la menor conciencia de estar viviendo, como decía soberbio aben comisa, “un momento histórico”; aunque la hubiese tenido, mi mayor interés habría sido que el momento pasara.

para bañarme el cuerpo en agua fría, para cerrar los ojos, reposar la cabeza en una almohada, y escabullirme de todos los que se esforzaban en tocarme y en saludarme entre muecas de adulación.

ya al salir del palacio, casi en el umbral, había tenido una hemorragia de nariz; gracias a dios fue leve. me acordé de aquella otra que me restañó mi tío abu abdalá, cuando no era previsible tanta pena. pensaba en él con tal intensidad que se me empañaron los ojos de lágrimas, mientras el físico de los reyes, en quien recaía una responsabilidad impensada, haldeaba por la alcoba, sudaba y me ponía sobre la nariz una compresa fría. ha sido moraima (yo solicité que viniera con martín de alarcón desde castro, y no sé si ha venido con él o con el conde de cabra) la que al cabo me ha sofocado la sangría de un modo muy sencillo: aplicándome, con la cabeza echada hacia atrás, el filo de la daga contra la parte baja de la ternilla de la nariz. por descontado, ante la protesta del médico, que movía la cabeza con incredulidad, como si mi esposa y yo fuésemos unos pobres salvajes. ignora que, si él sabe algo sobre hipócrates o galeno, es por mediación de nuestros médicos y nuestros traductores.

en tan adversas circunstancias poco pude apreciar de los reyes, a los que he visto, entre nubes, un instante. me han parecido los dos bastante más bajos de lo que esperaba. sorprendentemente el rey recuerda mucho a la miniatura que me envió. la reina tiene los ojos un poco oblicuos, claros, abultados y demasiado móviles: seguirlos me mareaba; su cara es redonda, y sus mejillas se descolgarán dentro de poco; da la impresión de ser rubia, pero no mucho. imbuido por la veneración con que habla de ella don gonzalo de córdoba, confieso que me ha decepcionado.

a don gonzalo lo vi entre otros capitanes. se destacaba de ellos. me dirigió con la mano un saludo de camaradería, que interpreté como un afectuoso ‘hasta la vista’. más tarde supe que acababa de ser nombrado alcaide de loja; no me pude alegrar.

a mi derecha marchaba martín de alarcón, que hincó su rodilla -¿la izquierda?- ante los reyes.

yo, sin acordarme bien de qué se esperaba que hiciera, me incliné y alargué la mano. me han dicho que mi gesto fue entendido por los cristianos como un signo de humillación y acatamiento: el amago de una genuflexión y una petición de las manos reales para besarlas.

por los míos, al contrario, mi gesto ha sido interpretado como una cortesía entre iguales. sea como quiera, el rey me tomó entre sus brazos como si intentara levantarme; en falso, porque ya me había incorporado yo.

a continuación un estúpido trujamán, ampuloso y grandilocuente, recitó un texto compuesto por aben comisa. eran tan peregrinas y altisonantes las loas que entonaba sobre la longanimidad y munificiencia de los reyes, que la reina se llevó los dedos a los labios mandándole callar. el rey, tras la interrupción, dijo lo que no hacía falta que nadie tradujera:

– de vuestra bondad aguardo que haréis todo aquello que un hombre bueno y un buen rey han de hacer.

yo reflexioné, entre mí, que no podría decirle lo mismo: siempre aguardo que él haga lo contrario.

por fin, he jurado sobre el corán cumplir los capítulos del concierto, que estaba ya firmado, y ha concluido el acto con un presente que los reyes me han hecho de arreos, vestiduras y caballos. sin mirarlos, he ordenado su distribución entre mis acompañantes.

– hijo mío (permitid que os llame así por el aprecio que os tengo), en vuestra mano está que esta guerra que vuestros antepasados y los nuestros han sostenido muy cerca de ochocientos años, y que ahora sostenemos vos y nos, se interrumpa, y detenga el gasto en vidas y haciendas que extravía a los reinos. los reyes hemos sido designados por dios para conducir a nuestros pueblos por el camino de la felicidad, no de la perdición.

pensadlo bien. a la reina y a mí nos cabe la honra de haber sido elegidos como el católico instrumento con que dios nuestro señor quiere realizar su ya antiguo propósito de convertir a españa en la nación más grande de europa. nosotros hemos de rematar tal divina encomienda, lejos de ambiciones y de sentimientos personales. porque suyo es el reino, el honor y la gloria. si consentís con nos en lo que os ofrecemos, todo será como pretendemos que sea, y no seréis vos el que salga menos ganancioso.

eso, o algo similar, me dijo el rey en los reales alcázares cuando moraima y yo nos despedíamos de nuestro hijo, y ambos reyes se presentaron sin anunciarse.

yo, en tanto el rey hablaba, sentía clavados en mí, haciéndome daño, los bellísimos ojos, candorosos y enormes, de ahmad. y no eran opuestos a los del perro “hernán”, para el que sin duda yo soy omnipotente. por eso respondí:

– no hay guerra que dure ocho siglos, señor. lo que durante tanto tiempo hemos traído entre manos vosotros y nosotros es evidentemente una cosa distinta.

cuando moraima se inclinó para besar a ahmad, temí que la resistencia de los dos se derrumbara.

no fue así. ella con la voz un poco quebrada, pero serena, le dijo, acariciando su carita llena de estupor:

– sé dócil, cumple con tus deberes de buen musulmán, y recuérdanos siempre. tu padre y yo no te olvidaremos ni un solo instante.