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el niño volvió de nuevo sus ojos hacia mí.

la reina isabel puso una mano no del todo limpia sobre el brazo de moraima:

– tened por cierto que yo en persona velaré por la educación de este morito, y que será tratado como si fuera un infante de castilla. id tranquilos.

acto seguido, en silencio por no multiplicar intercambiándolos nuestros pesares, emprendimos el camino de vélez. yo ya no era ni un rey en exilio, ni un rey preso.

acaso no era un rey. no sabía lo que era.

al entrar en nuestro territorio lo supe con una exactitud abrumadora. los mismos que a mi tío le nombran “el zagal”, es decir, “el valiente”, me nombraban a mí “el zogoibi”, es decir, “el desventuradillo”. según el tono con que me lo dijeran, podía yo distinguir en ese mote la piedad o el desdén.

la primera noche en vélez, después del caluroso recibimiento, moraima lloraba sin ruido y sin consuelo. yo no le pregunté por qué: tenía tantos motivos. abrazado a ella, le leí, para distraerla y distraerme, un poema que el rey almutamid de sevilla, muy poco aficionado de joven a las armas, dedicó a al radi, su hijo predilecto, tan semejante a él.

había puesto a su cargo una expedición contra lorca, pero al radi, para quien el orgullo bélico no contaba, fingió estar indispuesto. entre el horror de los combates y el atractivo por el estudio y la lectura, no titubeó. su padre aceptó a sabiendas la excusa, y encargó a su hijo menor, al mutad, la expedición. infortunadamente, no tardaron en anunciarle su malogro. y, a su pesar, le guardó rencor a al radi, quizá porque lo comprendía, quizá porque él mismo no tardó en comprobar la inutilidad de sus armas contra sus enemigos. pero para burlarse de aquel joven príncipe pacífico y culto, y darle una lección, le dedicó unos versos, apuntados, sin mucha convicción y con mucha ironía, contra las flamantes generaciones de príncipes, tan andaluces o más aún que sus propios padres fueron.

la realeza está ahora en el manejo de gruesos libros; deja, pues, de acaudillar ejércitos.

da las vueltas rituales alrededor del pupitre, para besar la piedra negra, y vuelve a ella para despedirte de las cátedras.

marcha contra las huestes de los conocimientos para someter al sabio que combatirá contigo.

golpea, como si fueran lanzas, con los cálamos: conseguirás una gran victoria sobre los tinteros de las escribanías.

maltrata con el cortaplumas del escritorio, en vez de con la tajante espada corta.

si se habla de los más grandes filósofos, ¿no eres tú aristóteles?; si se habla de al jalil, ¿no eres tú gramático y poeta?; por lo que respecta a abu hanifa, no es su opinión la que se adopta estando tú presente.

¿qué importan hermes, sibaway, ni ibn fawrak cuando inicias tú una polémica?

todas esas nobles cualidades tú las reúnes, ¿no es cierto? pues sé entonces agradecido a quien te cuidó; permanece en tu asiento, ya que estás bien alimentado y bien vestido.

pero pregúntate, por lo menos, si es que no hay otros títulos de gloria.”

y leí después la respuesta que al radi, conmovido por el tono festivo pero amargo del poema, le dio a su padre el rey:

aquí me tienes, señor. he renegado de cuanto contienen los gruesos libros.

he mellado el cortaplumas del escritorio, y he roto los cálamos.

ahora sé que el título de rey se adquiere entre los hierros de las lanzas y entre las anchas hojas de los sables.

la gloria y la grandeza no se alcanzan sino en el encontronazo de un ejército y otro, no en el encontronazo de una opinión con su contraria, cuyos vestigios son perecederos.

creí, por torpeza, que ellas eran la principal peana del esplendor, pero no son más que sus ramas secundarias: la ignorancia es una excusa para el hombre.

porque el joven no adquiere la nobleza más que con una cimbreante lanza y un sable de hoja corta.

he huído, señor, de aquellos que nombraste, y niego ya que fuesen grandes hombres.”

repetí, muy despacio, el penúltimo verso:

“… el joven no adquiere la nobleza más que con una cimbreante lanza y un sable de hoja corta…”

las palabras quedaron un instante, temblorosas, en el aire.

moraima levantó la cabeza. ya no lloraba. me miró frente a frente, adivinando la magnitud de mi recado. yo bajé los ojos con desaliento. ella hundió -lloraba de nuevo- su cabeza en mi pecho. y murmuró:

– que sea lo que dios quiera, boabdil; pero que dios quiera para los dos lo mismo.

hay varios vélez: para mí sólo hay uno que será inolvidable: aquél en que, frente al mar, en la más absoluta soledad interior, una noche de la luna creciente de octubre, he tomado la decisión más grave de mi vida.

hoy he recibido la noticia de que mi padre ha muerto. las semanas que precedieron a su muerte sufrió las alucinaciones más terroríficas y las más espeluznantes pesadillas: perdió la razón antes que el ser. ya estamos cara a cara “el zagal”, el hombre que más amo y más respeto en este mundo, y yo, “el zogoibi”. “el zagal” es incapaz de pactar con los reyes cristianos: empujará a nuestro pueblo hacia la muerte con los ojos abiertos, hasta el último hombre y el último dinar. y yo he llegado ya a la conclusión de que nadie puede cerrar los ojos; de que nadie puede decir ‘yo soy independiente o soy distinto’, sino que en toda vida hay un momento en el que tiene que tomarse partido por una causa u otra. es el duro momento de elegir. [fue la vida la que eligió: muy pronto, y exactamente lo contrario de lo que yo escribí.] amo y deseo la paz por encima de todo. la paz es la tierra en la que crecen nuestros hijos, y en la que nosotros somos de verdad nosotros mismos; es la rosa en la que caben todas las primaveras, y la auténtica benignidad de dios; la huerta que trabajamos con sudor y cultivamos, y en la que hemos sembrado la esperanza. ¿por qué entonces las guerras? ahí están siempre, grandes o pequeñas, si es que las hay pequeñas, porque para cada cual la más grande es la que lo destruye. donde pongo los ojos, allí están: mirando con sus cuencas vacías, teniendo sus muñones, con las piernas cortadas, espantosas e inmóviles. la guerra es más horrible que la muerte; porque la muerte es natural, pero la guerra no, a pesar de que al hombre, por habitual, se lo parezca. ‘si quieres la paz, haz la guerra’, se dice, y es mentira. tal fue la burda historia de todos los imperios de este mundo: guerrear con la excusa de la paz; transformar la tierra en un cementerio, y titularlo paz. con esa falacia se nos llena la boca. cada tregua aquí es un descanso para que los contendientes se laman las heridas y se preparen para ataques más fieros.