Выбрать главу

yo estaba hecho de dudas, y los reyes cristianos no tenían ni una sola. perseguían algo muy concreto y plausible; lo único que yo podía hacer era oscurecerlo, perturbarlo, aplazarlo.

el “zagal”, por el camino de la guerra, no habría conseguido sino destruirnos en más o menos tiempo: los cristianos tenían muchos más medios que nosotros y, por añadidura, una irrevocable decisión tomada en el mejor instante, en un instante de entusiasmo y de renacimiento. el descorazonador estribillo me envolvía una vez y otra vez: ‘nada tiene remedio, y todos lo sabemos.’ sólo cabía la eventualidad -no la certeza- de alargar el tormento, es decir, de continuar un día más, un mes más, un año más, en la disfrazada desesperanza en que vivíamos. las capitulaciones de córdoba y de loja habían allanado el camino a granada; yo las firmé consciente de su fin, que era precisamente nuestro fin.

a mis partidarios se les concedía en ellas la condición de mudéjares: el derecho a seguir en sus propias casas, disponer de sus bienes, tener sus mezquitas y casas de oración, y ser eximidos de pechos, del alojamiento de soldados y de tributos durante diez años; así como el casi póstumo derecho de marchar a áfrica sin incurrir en sanción y a costa del erario real.

o sea, dada la cuestión por perdida, se aliviaba la desgracia de los perdedores. a los partidarios del “zagal”, por el contrario, no se les otorgaba derecho alguno, y sólo por merced podrían habitar en los barrios de las ciudades que se habilitasen como morerías.

mi máxima aspiración consistía no ya en vencer, lo cual era absurdo, sino en ser vencido con el menor daño. pero absurdo era también que todas aquellas “generosidades” con los míos sólo entrarían en vigor cuando yo hubiera entregado granada y su territorio; ante todo, debía expulsar de él a mi tío. la sagacidad de fernando fue aceptada con resignación por mí, pero sin el ánimo de obligarme, sino de ir contra ella en cada oportunidad que se me presentara.

en las capitulaciones había cláusulas como ésta: ‘ganada que sea la ciudad de guadix, sus altezas habrán de continuar aparentemente la guerra contra boabdil como la hacen ahora contra “el zagal”, para que así boabdil pueda cumplir, como impedido por la fuerza, lo que promete en esta capitulación.’ se me proporcionaba, pues, la ocasión de traicionar a mi gente con el aire de protegerla; eso blanqueaba cualquier traición que yo cometiese contra los que me forzaban a traicionar así. tal era mi propósito por debajo de todas las defecciones y de todas las desobediencias, a través de todos los descuidos, por medio de todos los engaños.

muy pocos de mis correligionarios prestaron fe a las promesas de paz cristianas; prácticamente se redujeron a los vecinos del albayzín. y como el cauce exclusivo de esa paz era yo, para obtenerla se convirtieron en acérrimos míos. cada día denostaban con improperios a los habitantes de granada, partidarios del “zagal”; con ello propiciaron lo que los reyes isabel y fernando perseguían: la rivalidad y la discordia.

sin embargo, no tardaron ambos bandos en tener una cosa en común: la certidumbre de que yo era traidor a uno y a otro. para lo que me proponía -y estaba lejos de saber con seguridad qué era-, hube de cargar, como primera providencia, con ese sacrificio.

en granada había dos reinos, delimitados por el río darro. en calles, en plazas y en plazuelas se peleaba cotidianamente, aspirando cada partido a alzarse con la ciudad y a aniquilar al otro. yo quise apresurar el término de tal desangramiento. dejé vélez, y me presenté una noche en el albayzín.

fue el 14 de octubre de 1486.

mis partidarios se reafirmaron al verme en persona a la salida de la última oración. aquella misma noche, de improviso, entre antorchas que iban y venían arrastrando por la oscuridad ya fresca del otoño sus rojas cabelleras, fui coronado por segunda vez. un grupo de muchachos me irguió sobre sus hombros y me subió a lo alto de un aljibe. allí me quedé solo una vez más, con ojos húmedos, arropado por los candentes vítores de quienes tanto me habían aguardado.

– dios todopoderoso -gritabante ensalce y te preserve para nosotros.

– gracias, hijos -les respondí con la espada en una mano y una adarga en la otra-. gracias, porque arriesgasteis vuestras vidas para salvar la mía, y porque creísteis en mí con honor y largueza, y porque supisteis esperar sin desmayo esta hora. yo os prometo que vuestro amable coraje no quedará sin galardón.

no creía en nada de lo que les decía; pero traté por su bien de que ellos lo creyeran. mandé leer mis pactos en las plazas del arrabal por pregoneros, y brindé protección a cuantos abrazaran mi causa. el pueblo del otro lado del darro, recordando lo sucedido en loja -¿cómo iban a saber que yo aún estaba preso?-, me tachaba de vendido a los cristianos y descreía en mí; pero lo cierto es que suspiraba por la paz con la misma vehemencia que el pueblo del albayzín.

mi tío “el zagal”, que ocupaba la alhambra, se negó a escuchar los mensajes en que le proponía una entrevista. le iba a exponer en ella mi exculpación, mis argumentos, mi propósito; le iba a ofrecer incluso mi abdicación, si él penetraba los motivos que me impulsaron a firmar las capitulaciones, con el designio de incumplirlas. prestó oídos sordos a todas mis propuestas. dos días después me declaró la guerra.

era una mañana profunda y diáfana. recibí la noticia igual que se recibe un empellón. me tambaleé. apoyé las manos en el antepecho de una ventana; desde ella veía la alhambra, enhiesta y recortada sobre la verde sabica, con su belleza imperturbable. era contra ella, que lo simbolizaba todo para mí, contra lo que tenía que luchar. contuve la expresión de mi abatimiento, y despedía a los emisarios del “zagal”. frente a la amada colina reflexioné. dos cosas debía de tener claras: que el emir abu abdalá me consideraba un esbirro al servicio de los cristianos, y que tenía razón aben comisa cuando me advirtió que ahora las victorias habían de ser parciales y diarias, confirmándome en cada situación con un fragmento de éxito. tenía que olvidarme de las grandes palabras y de los grandes ideales: estaban muertos para siempre. ciertamente no era un destino de héroe ni de salvador el que la historia me había reservado; tenía que prestarme a cumplir lo mejor posible el de hormiga calculadora, mal vista y despreciada, que procura, en el silencio y en la oscuridad, la perduración de su hormiguero.