envié, en consecuencia, a pregonar mis paces por toda la frontera. fue entonces cuando llamé a hernando de baeza, luego mi secretario y mi cronista. él vivía en alcaudete y allí fue a pregonar un caballero mudéjar, bobadilla, con el que mi amigo abrahén de mora, intérprete mío desde mi primera coronación en guadix, le mandó una carta. en ella le pedía en mi nombre que viniese al albayzín para encargarse de mis conversaciones con los reyes cristianos, que preveía cada vez más complicadas. hernando de baeza juzgó la entrada al albayzín demasiado peligrosa, y no aceptó. lo lamenté, porque lo había conocido cuando convoqué en alcaudete a los grandes caballeros andaluces de mi partido poco después de mi liberación. no acudió casi ninguno, y el jefe de mi guardia, al haje, para distraerme, me habló de un hernando de baeza conocido suyo y sabedor del árabe, con el que aquella triste noche compartimos cena y posada, ofrecidas gentilmente en su casa.
desatada la lucha entre mi tío y yo, lo mejor era ultimarla cuanto antes para ahorrar vidas y bienes.
con tal fin acepté la ayuda de castilla, y traté de olvidar que quienes habían de morir tenían nombres, cuñas, hijos y madres; sólo importaba disminuir su número.
contra la contumacia del “zagal”, que se disponía a emplear contra mí hasta el último de sus seguidores.
en efecto, sus ulemas proclamaron que todo el que se aliase con los cristianos o secundase mis planes sería reo de rebeldía contra dios y su mensajero. así desvirtuaron una reyerta en una guerra santa, y la religión, en un arma mortal entre los hermanos que la compartían. hasta el extremo de que “el zagal” decidió tomar el albayzín por asalto, capitaneando él mismo y su general riduán benegas a sus hombres. convocó para ello a los granadinos y a los habitantes de los alfoces.
– la sangre y la hacienda de esa gente de ahí enfrente son vuestras. quienes se unen a los cristianos no merecen más que la espada y el desprecio -les dijo.
falseó y deformó mi postura; me acusó públicamente de renegado y corrompido, y exaltó contra mí a sus partidarios, que eran no sólo los de granada, sino los de baza y guadix y sus cercanías.
a estos últimos les previno de su plan: mientras los granadinos se abrían paso por la puerta de hierro, la de oneidir, la de caxtar, el portillo y la puerta de vivalbonuz, el portillo de albaide y la puerta de abifaz, ellos habían de ascender por el fargue y atacar la puerta de fajalaúza para de esta manera acosarnos a los del albayzín por todas partes. así lo hicieron.
yo, al tanto del momento en que iba a producirse la agresión, reuní a mis parciales, y los arengué para que confiaran en mí un poco a ciegas, porque ni a ellos me era posible hablarles con toda claridad.
– el principal impedimento para la paz -les dije-, es ahora abu abdalá y sus enloquecidas tropas.
nos odian más aún que a los cristianos, y pretenden pasarnos a cuchillo y bañar las calles del albayzín con nuestra sangre. sólo hemos dejado de ser hermanos por su afán de muerte y venganza. ni en dios ni en mí, os lo juro, existe otra razón.
los vecinos del albayzín, bien ordenados y con el auxilio de gonzalo de córdoba -no al revés, como “el zagal” me echa en cara-, acudieron a sus puertas, cargaron contra sus enemigos -ay, llamar así a quienes compartían con nosotros fe, dios, ciudad, historia, todo-, y los dispersaron. yo, desde mi puesto de mando, contemplaba cómo la primera victoria de mi vida se realizaba contra mis propios súbditos, y cómo el destino juega con los móviles de los hombres. los vencidos se retiraron en tumulto, y, desconfiando de sus propias fuerzas, barrearon sus puertas y portillos. toda posibilidad de comunicación, incluso la material, quedaba así excluida.
mientras las peleas parciales proseguían, y los insultos y las pedreas y los cintarazos eran diarios, el sultán de la alhambra convocó a los alcaides de málaga, baza, guadix, vélez, almuñécar y otros distritos. todos a una se comprometieron a obrar de común acuerdo y a prestarse mutua asistencia en el caso de que cualquiera fuese atacado por los enemigos de nuestra religión. yo traté de enviar representantes míos a esa reunión; traté de que los alfaquíes de uno y otro bando se entrevistasen para pactar; traté de convencerlos de mis intenciones, lo que me parecía más fácil ahora que habían sufrido una derrota. inúticlass="underline" me estrellé contra el mutismo del “zagal”. envié, pues, a abul kasim el maleh, a quien había nombrado visir, a los castillos de vélez, de almogía y de málaga para informarles sobre mis tratados de paz con fernando y sobre cómo provocaríamos su enojo si no nos ateníamos a ellos. málaga y almogía se adhirieron a mí. no así vélez, cuyo alcaide era abul kasim benegas, el que fue mi maestro de política.
– un traidor siempre cuenta con la traición de los otros. di a tu amo que recuerde mis lecciones.
ojalá su padre hubiese hecho caso de los astros -fue la respuesta de benegas.
con cuánta frecuencia he visto desde entonces que los gobernantes se dejan llevar por la obstinación de sus súbditos que, desatada, ya es imposible de embridar. con cuánta frecuencia he visto desde entonces que aquello que uno desea se desborda a menudo hasta volverse irreconocible; que la pasión que en frío suscitamos llega a poseernos con mayor delirio que si hubiese sido auténticamente sentida; que, como la luz reflejada en un espejo, nos deslumbra aquella luz que nosotros encendimos para que los demás, no nosotros, la contemplasen.
eso es lo que le ocurrió a mi tío “el zagal”. acaso habría podido evitarse si los dos nos hubiésemos entrevistado a solas, sin la virulencia de quienes llamábamos por separado nuestros.
ante la negativa de vélez a incumplir sus compromisos con “el zagal”, el rey fernando se puso en marcha hacia allí y lo sitió:
vélez sería la antesala de málaga. era el 10 de abril de 1487.
cuando llegó el aviso a granada, “el zagal” juntó a las gentes que había aliado contra mí, su pacto exigía un cumplimiento más arriesgado y más rápido de lo previsto.