– déjame hablarte, como a mi hermano que eres, del mismo modo que, en las heladas noches de baza, me he hablado a mí mismo. tu espíritu, respetado y querido abu abdalá, no es el más a propósito para resistir esta campaña; una campaña más agotadora que un desierto y más escarpada que la sierra solera. te aseguro que todos los pasos que en ella demos se volverán contra nosotros. las fuerzas de los cristianos son inmensas e inacabables sus recursos; su ejército está aureolado por el fervor; cada uno de sus hombres vale por diez de los nuestros hoy en día. somos inválidos contra ellos; estamos arruinados, empequeñecidos y rodeados por las traiciones de tu sobrino boabdil; él, en granada, es un simple testaferro de los cristianos, y granada es la cabeza del reino.
cuando rindamos baza, el rey fernando se trasladará frente a guadix o frente almería, y, antes de que pase mucho tiempo, arrasará todos tus baluartes. yo, que lo odio, sé de lo que es capaz; por eso lo odio… y no eches en olvido que, por añadidura, tus generales y tus consejeros son partidarios de una rendición decorosa.
tú ya hiciste bastante por tu pueblo: te llaman “el zagal” y han seguido con fe tu bandera; la han seguido hasta aquí, pero ni un paso más. mi opinión, abu abdalá, es que ha llegado el temido momento de envainar las espadas para no conducir al pueblo a las mazmorras de la esclavitud o al frío de las tumbas. él te venera y te obedecerá; pero no debes, por soberbia, exigirle más sacrificios de los que hasta ahora le exigiste. capitula con los cristianos, emir; ellos otorgarán a tus súbditos honrosas condiciones, tan opuestas a lo que una guerra a muerte provocaría, y te mantendrán a ti con la altura que tu estirpe y tu grandeza reclaman. no es hora de batallas, sino de pactos. te lo dice quien no sabe pactar, sino luchar. te lo dice quien menosprecia su muerte, pero no la de sus soldados. te lo dice quien te quiere bien, y sabe distinguir cuándo la sangre es útil y cuándo se derrama a oleadas estériles como en un matadero.
nadie puede comprender mejor que yo -repito- lo que había de cierto y de incierto en los razonamientos de yaya.
al fin, acorralado “el zagal” por sus propias dudas, sin asidero alguno, llamó a su primer secretario. con una cadavérica inexpresión, le mandó extender una carta plenipotenciaria a favor de yaya para tratar con los cristianos en su nombre. unida la paciente astucia de fernando al más pérfido abuso de confianza, había triunfado una vez más.
fernando fingió que la ventaja en las condiciones de la capitulación sólo rezaba con los habitantes de baza, y no con quienes habían acudido en su auxilio desde guadix, almería, almuñécar y las alpujarras; éstos deberían de ser echados de la ciudad antes de firmar los contratos. tal propuesta fue rechazada y se suspendieron las visitas unos días. al cabo, accedió el rey cristiano, puesto que tal actitud era sólo una maniobra de regateo para satisfacer en algo a los sitiados. de las mutuas estipulaciones acordadas, unas se hicieron públicas y otras se mantuvieron secretas. yo he conocido las segundas porque el aragonés me envió copia fidedigna de ellas para mi ilustración y como sugerencia.
los cristianos dejaron ir a guadix, con sus caballos y equipos, a los caballeros y peones que componían la guarnición. el 3 de diciembre los alcaides de la ciudad pusieron al rey en posesión de la alcazaba, sin que lo percibiera el pueblo. a éste se le dijo que todo aquel que quisiera continuar en la plaza gozaría, por el convenio, de paz y seguridad, y que quien deseara trasladarse a otro sitio podría hacerlo con sus armas y haberes. muchos partieron para granada; en cuanto a los que se quedaron, por temor a su alzamiento, fueron arrojados poco después de la ciudad y obligados a vivir en sus afueras.
se acordó que “el zagal” entregaría, en un plazo no mayor de dos meses, todas las ciudades, villas, lugares, alquerías, castillos y fortalezas de su jurisdicción.
eso -salvo el recinto de granada, donde yo ejercía una sombra de autoridad bajo el vasallaje de castilla- era cuanto quedaba del islam andaluz.
a cambio, “el zagal” recibía los distritos de lecrín, andarax y lanjarón, con sus lugares y sus rentas y los vasallos que los habitaban; la mitad de las salinas de la malahá, y una cantidad equivalente al importe de la otra mitad: veinte mil doblas castellanas.
otras cláusulas eran: que el emir, que había dejado de serlo, podía instalarse con sus familiares en cualquier punto del territorio cristiano; que en sus términos no se permitiría entrar a ningún infiel sin su permiso; que si deseaba vender sus propiedades, los reyes se las comprarían en treinta mil doblas; que si quería marchar a áfrica, se le concedería pasaje gratis a él y a los suyos, con sus riquezas y sus armas, salvo bocas de fuego; y que, en cuanto los reyes cristianos entrasen en granada, le devolverían a él y a sus parientes y criados, y a los jefes de su parcialidad, y a soraya y a sus hijos cad y nazar, los bienes que yo les había confiscado. en un codicilo adicional se comprometían los reyes a que tales mercedes no fuesen contrariadas ‘por nuestro muy respetado en cristo santo padre, ni por los prelados y caballeros, ni por otras personas de cualquier clase y condición que sean’. [en lograr ese codicilo tuvo mi tío más suerte que yo, aunque tampoco le sirvió de nada.] a abul kasim benegas, a los alcaides de las ciudades reunidas, a los jeques, a los cadíes, a los ministros y a los dignatarios se les adjudicaron, según su importancia, propiedades, dinero y alhajas.
el príncipe yaya cambió de religión poco después. su nuevo nombre es don pedro de granada venegas; lo hicieron caballero del hábito de santiago y señor de marchena de almería; le asignaron más de sesenta mil doblas en oro castellano, honores que lo acercaban a los grandes de españa, incalculables privilegios y derecho a mandar ciento cuarenta lanzas pagadas por castilla. en su escudo grabó un mote: ‘“servire deo reinare est”’, alusivo a sus aspiraciones al trono nazarí. y para congraciarse con los reyes cristianos, que le miraban con la reserva que se merecen los felones, se dispuso a ayudarles a que lo conquistaran.
el rey fernando se dirigió a almería. en el trayecto no encontró castillo ni aldea que no se le sometiera. las guarniciones castellanas ocupaban las plazas a medida que sus alcaides las abandonaban después del pago convenido.