sólo uno se negó.
– yo, señores -dijo a los reyes-, soy andaluz, de linaje de andaluces y alcaide de purchena. en ella me pusieron para que la guardara. vengo aquí ante vosotros no a vender lo que no es mío, sino a entregaros lo que hizo vuestro la fortuna. y creed que, si no me enflaqueciese la flaqueza que encuentro en los que me debían esforzar, la muerte sería el único precio que admitiese por defender purchena, y no el oro que me ofrecéis por venderla. recibid esta villa que la suerte hizo vuestra. sólo os suplico que respetéis a los andaluces de la ciudad y a los moradores de su valle, y que mandéis que sean conservados en su ley y en lo suyo, en su religión y en sus costumbres. y que a mí me deis un seguro para que, con mis caballeros y mi familia, pueda pasar, vuelta la cara, a áfrica.
no todos los andaluces se portarían como él.
días antes había partido “el zagal” a fin de recibir al aragonés, prestarle vasallaje y ponerle en posesión de cuanto estaba bajo su obediencia. cumplido el trámite, viajaron ambos juntos a guadix, y “el zagal” entregó la ciudadela en la que se me proclamó por primera vez sultán y en la que él resolvió dejar de serlo. en un abrir y cerrar de ojos, todo mudó; ya yo no era el traidor.
en las alcazabas dejó el rey un alcalde cristiano que regiría los pueblos enajenados, mudéjares ya por obra y gracia de las firmas; a partir de entonces serían, como mucho, tolerados en su propia tierra. y, con ánimo de granjearse la voluntad de los arráeces y de los adalides, encargó a su gente que les guardasen toda clase de atenciones y fuesen con ellos generosos. para corresponder, “el zagal” y los suyos se brindaron a apoyarle en la empresa más ardientemente deseada por su corazón: la de entrar en granada. con razón -ahora puedo escribirlo sin que se me desgarre el alma- pensaba mi gente, aunque por vergüenza no me lo dijera, que “el zagal” había vendido sus dominios por vengarse de mí, y que yo tampoco tardaría en caer en manos enemigas, a pesar de hallarme en paz con ellas y durante una tregua confirmada.
los granos de la granada habían sido, uno a uno, arrancados. con cuánta melancolía recordaba los versos que dediqué al “zagal” durante mi cautiverio:
“apresúrate, no te detengas, indómito.
alza tu brazo, valiente, y ve.
estamos todos suspendidos ante tu voz.
sigue cumpliendo tu radiante destino de invencible.
alza tu espada, y convoca y reúne a las gentes dispersas…”
así terminaba, para desgracia mía, el año 1489, y con él muchas otras cosas.
el siguiente empezó peor aún.
violando los pactos, fernando se apoderó de las torres de la malahá y de alhendín, mejoró sus defensas, e instaló en ellas una guarnición con municiones abundantes de boca y guerra. por su gran proximidad, serían dos puestos claves cuando amaneciera el nefasto día de ponernos sitio. yo me encontraba entre la espada y la pared: mi impopularidad crecía en granada a medida que se acercaban a ella los cristianos. envié a mi hombre de confianza, el visir el maleh, para reemprender negociaciones.
regresó con dos oficiales cristianos que yo ya conocía: martín de alarcón, ahora alcaide de moclín, y gonzalo de córdoba, ahora alcaide de illora. no olvido los ojos resbaladizos del primero y los ojos bajos del segundo al exponerme la demanda de sus reyes: rendición inmediata.
– don gonzalo… -insinué.
él bajo aún más sus ojos. fue don martín el que habló:
– grandes preparativos se están haciendo por toda andalucía; vos estáis solo aquí. si os retiramos nuestra ayuda, serán vuestros propios súbditos los que acaben con vos: ya don gonzalo ha tenido que libraros de ellos en varias ocasiones.
volví mis ojos a hernando de baeza, que asistía a la entrevista; también bajó los suyos. los capitanes, sin tener otra cosa que añadir, se despidieron. me daban dos días para comunicarles mi decisión. sin saber para qué, pedí dos más.
al tercero, volvió de sevilla aben comisa al que, consciente de que andaba por su cuenta en tratos con los reyes, había mandado a negociar.
– pon los pies en la tierra, boabdil. de acuerdo, según ellos, con lo estipulado en córdoba y en loja, los reyes exigen la entrega de granada sin dilación ninguna.
– no es cierto. aquí tengo el contenido literal de las capitulaciones -le respondí mostrándoselas.
– lo han previsto también. por si argüías eso, me participaron que rehusan respetar cualquier compromiso anterior que se oponga a sus órdenes de ahora.
antes de que se cumpliese el cuarto día del plazo llamé a los caballeros cristianos.
– en virtud de los tratos secretos que existen entre vuestros soberanos y yo, apoyado en mi propia voluntad y en mis necesidades y en las necesidades de mi pueblo, he determinado entregar la ciudad de granada y sus alfoces de acuerdo con las capitulaciones que firmemos a través de sus compromisarios y los míos. id a los reyes y decídselo así.
advertí un relámpago en los ojos de gonzalo de córdoba, no sé si de desestima, de alegría o de pena; en los ojos de martín de alarcón no advertí nada; en los de hernando de baeza, un gran asombro.
no había salido aún de granada cuando convoqué a los ministros, que eran muy pocos, a los jefes del ejército, a los alfaquíes, a los nobles y a los síndicos de los gremios y trabajos y barrios. les hablé con voz vibrante:
– al entrar mi tío, al que llamasteis con motivo “el zagal”, en la obediencia de los reyes cristianos, ha hecho infecundos los tratados de paz que yo tenía ajustados. a nosotros no nos queda sino someternos, o apelar a las armas. mi intención no es, como propalan sinuosos rumores, dar al infiel ni la ciudadela de la alhambra ni vuestra ciudad. os he llamado a este salón de comares, donde en otro tiempo se acogió con arrogancia a los embajadores, para que me expreséis vuestro dictamen.
yo sé que muchos de vosotros habéis conspirado contra mí por considerarme vendido al oro y a la fuerza de los reyes cristianos -acallé con la mano un murmullo de protesta que se iniciaba-; yo sé que soy para vosotros “el zogoibi” -repetí aún con más rotundidad el gesto-; pero quizá hasta ahora no haya tenido la ocasión de manifestarme a vosotros como soy. siempre creí que llegaría a una conformidad con “el zagal”, que era a quien vosotros seguíais y admirabais -repetí el gesto por tercera vez-, aunque menos que yo. no ha sido así. “el zagal” nos ha traicionado a vosotros y a mí -la frase no salió de mi garganta con la brillantez requerida-. ahora, al girar su rueda, la fortuna ha invertido los puestos, y soy yo el único sultán con que contáis. contestadme: ¿lucharéis junto al “zogoibi” para proteger granada, o preferís que “el zogoibi”, respondiendo a su mote, les entregue granada a los cristianos? ¿me forzaréis a aceptar un destino que me repele y una decisión vuestra que me haría sangrar?