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el salón se llenó de un clamor solo; todos se comprometían a ser conmigo una mano para combatir al adversario. la primera voz que escuché fue la de abrahén el caisí; entrecerrando los ojos, le hice una seña de gratitud. había advertido que se cruzaban muchas miradas pesarosas; pero también advertí que ninguno osaría oponerse a la asamblea. por si acaso, insistí:

– ¿lo juráis?

él sí ascendió a la cúpula del salón y descendió desde ella por los muros.

– hagamos, pues, la guerra santa, como nuestros antepasados, mientras dios nos mantenga.

antes de que se disolviese la asamblea, vinieron a decirme que el pueblo se había alzado en las eras de abenmordi y pedía a voces la guerra; una comisión suya subía desde la puerta de la explanada.

sin vacilar, salí a su encuentro rodeado por los notables. con los brazos en alto, como quien promete un anhelado premio, les prometí la guerra.

yo -y acaso todos- estaba seguro de que iba a ser la última de andalucía. y, con toda la devoción de la que era capaz, supliqué al omnipotente morir antes de que ella concluyese.

cuando en una fecha más o menos próxima -pero, en cualquier caso, taxativa- iba a dejar de serlo, me sentí sultán. la primera decisión que adopté fue la de organizar mi secretaría. al tipo de sultán que yo era, por el momento le servirían mejor los secretarios que las armas. las que había de emplear, antes que otra ninguna, era la habilidad, la precisión y la oportunidad. lo único que podía ganar era tiempo. para eso tenía que prolongar las negociaciones, a conciencia de adónde me conducirían.

y el tiempo, ¿para qué? para pedir ayuda a diestra y a siniestra.

los papeles carmesíes de mi cancillería debían inundar las tierras andaluzas y cualquier otra donde nuestro dios fuese adorado. y todo simultáneamente y a la velocidad del rayo. porque con poco tiempo tenía que ganar mucho. convoqué al visir el maleh, al alguacil mayor aben comisa y a abrahén el caisí, que aún mantenía relaciones comerciales con los cristianos que me interesaban y con la mayor parte de los musulmanes que iba a necesitar. (quiero aclarar que el caisí era el nombre en granada de quien para los cristianos se llamaba abrahén de mora.) les comuniqué, por si no lo sabían, aunque sospechaba que sí, el contenido de las cláusulas secretas de córdoba y de loja.

¿creía en la fidelidad de aben comisa? no, pero me convenía simular que sí: para quien se halla en la duda de ser o no leal, la sospecha es el empujón que lo lanza a la deslealtad. los tres estuvieron de acuerdo conmigo en que era necesario eludir el cumplimiento de los pactos. los nombré embajadores reservados, les entregué cartas acreditativas, y los mandé a la corte de córdoba para que trataran de encontrar una solución llevadera. eran hombres empedernidos en el regateo y la componenda; en peores circunstancias no podían ponerme.

nuestra oposición se fundaba en muchas razones, desechables todas para los reyes; pero era preciso insistir, repetirlas, retorcerlas, adornarlas. en primer lugar, aún no había expirado la última tregua de dos años. en segundo, con arreglo a la letra de los pactos, no había llegado el momento de cumplirlos; en ellos se convenía la entrega de granada ‘cuando pudiera ser’, y no podía: las bandas militares, los creyentes granadinos, el pueblo encrespado por la exhortación de los santones, al solo anuncio de la rendición me cortarían la cabeza, y así la entrega se frustraría. era imprescindible preparar el terreno; eso nos llevaría algunos meses. porque, si bien los reyes podrían entregar baza y guadix porque eran suyas, yo no podía disponer de granada, capital y reino, todo en uno, sin provocar una sublevación. no pedía yo tanto como ser desligado del compromiso, sino una prórroga que me permitiese cumplirlo de manera pacífica. éste fue mi mensaje.

entretanto dirigí una proclama a los musulmanes más representativos de los lugares rendidos por “el zagal”. los fustigaba con sus deberes religiosos; los incitaba a la rebelión y a la guerra santa; los comprometía a sostener con sus vidas y bienes la continuidad del islam en occidente; les sugería que evocasen las glorias de sus abuelos y el dolor de que nosotros, por cobardía, dejáramos perderse, en nuestra hora, tantas otras de esplendor y riqueza; y, en fin, les avisaba de lo que iba a sucederles cuando los reyes incumplieran, como era su costumbre, sus compromisos, y ellos se transformaran en incómodos huéspedes dentro de su propia casa. en consecuencia, los alentaba a resistir, a tratar conmigo a través de representantes furtivos, a conspirar entre ellos, a ponerse sigilosamente en armas, y a asaltar sus fortalezas y castillos aprovechando cualquier descuido de los conquistadores.

mis tres embajadores regresaron de córdoba con un ultimátum de fernando; no se había dejado convencer. a mí me otorgaba el concertado señorío ducal contra la inmediata rendición de granada: eso era todo. de lo contrario, actuaría por las bravas; anularía las estipulaciones favorables, y aplicaría con el máximo rigor las cruelísimas leyes de la guerra; yo mismo quedaría como esclavo a su merced. ‘el que avisa -acababa- no es traidor.’

casi a la vez, llegaron a granada los primeros ecos de mi invitación a los levantamientos.

eran más entusiastas de lo que había imaginado. necesitaba tiempo, tiempo, tiempo…, aparte de todo lo demás. envié mis apoderados al marqués de villena, que ejercía la capitanía general de la frontera en alhama, en ausencia de fernando. el marqués, tal como yo esperaba, alegó incompetencia; pero gané unos días. volví a enviar a aben comisa a la corte de córdoba con nuevas proposiciones dilatorias; en ellas hacía depender la entrega, ‘que yo deseaba tanto como sus altezas’, de las circunstancias del pueblo granadino, que los tanteos me daban como muy adversas. el recibimiento del rey a mi plenipotenciario fue terrible; no lo entretuvo ni una hora. me lo devolvió con una carta, en la que me amenazaba con hacer circular por toda granada cientos de copias de las cláusulas secretas, para que se enteraran todos de quién era su rey y de cómo los había vendido a cambio del auxilio contra “el zagal”.