no me pareció oportuno sentirme herido en mi dignidad. volví a enviarle a el maleh esta vez, indicándole que era justamente ese alzamiento del pueblo contra mí, y en consecuencia contra él, lo que era preciso evitar más que nada en el mundo. y para tratar personalmente de todo, le sugería un encuentro en alcalá la real, asegurándole que llegaríamos a una amistosa compostura. fernando aceptó; pero conocedor por sus espías -¿quiénes, dios, quiénes?- de cuanto yo tramaba, se presentó en alcalá -cosa que supe yo por mis espías- con una tropa que ocupó las afueras y el recinto. yo, que me acercaba a la villa disfrazado de arriero en una recua de el caisí, creí mejor regresar. eso supuso lo que yo temía; una declaración formal de guerra. había conseguido un mes de tiempo apenas.
ahora mi táctica fue dar la callada por respuesta. fernando entró, desde alcalá, por la vega a banderas desplegadas. sus capitanes disputaban entre sí por el honor de pisar el primero la alhambra. oíamos las gritas de sus soldados, el alegre galope de sus jinetes y el relinchar de sus caballos. yo mandé atrancar puertas y postigos, barrear las entradas, clausurar el castillo de alfacar, que era mi única fuerza extramuros.
prohibí que nadie saliera del recinto cercado, ni se asomase siquiera a las almenas. nadie tenía que disparar, ni responder a las provocaciones. desde la torre de la alcazaba vieja, agachado tras una almena, vi talar campos, destrozar sembrados, destruir molinos, incendiar alquerías, moverse las mesnadas como una plaga de langostas por la verde y feraz anchura de la vega. los cristianos no dejaron en pie ni un árbol ni una torre; pero no tropezaron con ningún andaluz a quien matar, ni a quien perseguir, ni a quien vencer.
granada sólo podía ser rendida por asalto o por sitio. para una cosa y otra se requerían muchos elementos imposibles de improvisar.
mis antecesores ziríes supieron, al trasladar la capital desde elvira a granada, dónde ponían su seguridad. para conquistarnos, los cristianos necesitaban tiempo como yo. hasta la primavera no estarían dispuestos: ésa era mi esperanza.
no de salvación, que no la había: mi única esperanza de poder esperar. y así fue: después de demoler algunos fuertes, como el de gabia, y de reparar los castillos de alhendín y de la malahá, tuvieron que volverse. el rey retornó a córdoba mordiéndose de rabia las yemas de los dedos. yo no me hacía ilusiones: sabía que la suerte estaba echada; pero esa mano había sido mía.
algunos capitanes renunciaron al viaje que sabían de ida y vuelta. después de haber visto tan de cerca granada, optaron por quedarse en alguna ciudad de la frontera ejercitándose mientras duraran los hielos del invierno. entre esos nobles y los míos se tramó una contienda de encuentros personales, de retos y desafíos con más de torneo que de guerra, con más de emulación que de eficacia. se produjeron hazañas individuales, creo que en muchos casos exageradas o inventadas por poetas desocupados y anhelantes. una de ellas fue la de hernando del pulgar, que, según cuentan, clavó un pergamino con una oración cristiana en la puerta de nuestra mezquita mayor. yo no vi el pergamino, ni el puñal, ni la oración cristiana; no creo que nadie de granada los viera. de todas formas, prohibí malgastar fuerzas, que tanto íbamos a necesitar, en galanteos y fachendas. una vez más tenía razón gonzalo fernández de córdoba: las guerras de romance habían concluido.
y llegó el mes de marzo. un atardecer, en el que el día que había sido muy claro comenzaba a nublarse, ataqué de improviso la alquería del padul. era la última conquistada por fernando. tomé su castillo por asalto, y pasé a cuchillo a la guarnición y a los mortadíes que la acompañaban. mi odio por los mortadíes, esos renegados que aconsejaban y guiaban a los cristianos orientándolos a los lugares más desguarnecidos, se había redoblado. cuando regresé a granada me entregaron muchos mensajes de aldeas de las alpujarras en demanda de socorro para sacudir su yugo; lo prometí sin la menor idea de cómo lo proporcionaría. al día siguiente salí con mis tropas camino de lanjarón. íbamos tan seguros sobre nuestros caballos -pienso que fue eso sólo- que pusimos en fuga varios presidios cristianos con los que tropezamos en algunos lugares. nuestra expedición no parecía tener un fin concreto; yo, sin embargo, sabía a la perfección adónde iba. iba al castillo de andarax, donde supe que se encontraba “el zagal” con muchos de los suyos. mandé con antelación un grupo de soldados que interceptara el camino de almería por donde yo estaba seguro de que “el zagal”, sin combatir, se alejaría. advertí a los míos que vigilaran como linces, porque temía que huyera disfrazado. mis hombres, ante el placer de la venganza, me obedecerían; ya previamente se frotaban las manos.
no le era necesario disfrazarse. cuando me lo trajeron, entre unos mortadíes, me costó mucho trabajo reconocerlo. sólo sus ojos lo denunciaron, porque huían demasiado de los míos. lo acompañaba, ese sí disfrazado, husayn. la noche era muy clara. se escuchaba un mochuelo y algún perro montaraz que respondía a otro. las gozosas fogatas del campamento salpicaban la ladera. yo me propuse recordarlo todo como lo veía, grabarlo todo en mí para después; creo que no lo logré. “el zagal” se apeó de su caballo, seguido de husayn. todavía guardaba un leve resto de prestancia. el primer indicio me lo dio su forma de andar un poco rígida. pero había engordado y había envejecido. un albornoz pardo lo envolvía sin gracia. avanzó hacía mí con las manos tendidas; husayn imitó su gesto de sumisión.