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a unos soldados que iban a maniatarlos, los detuve. cogí las manos del “zagal” entre las mías.

nos miramos muy largamente. yo murmuré:

– abu abdalá. abu abdalá…

sin dejar de mirarlo, señale con la cabeza a su acompañante y les dije a mis hombres:

– a ése no quiero verlo. cortadle la cabeza.

– ¡señor! -gritó husayn arrodillándose.

cuando se lo llevaban a rastras los soldados, sin volverme, mirando al “zagal” todavía, dije en un alarido:

– acuérdate de mi hermano. yo no lo he olvidado.

no había olvidado nada: ni el anochecer lluvioso en que lo conocí, ni a mi perro “din”, ni a jalib, nada. porque nada se olvida. pero no era el momento de recordar.

con las manos del “zagal” aún entre mis manos, susurré:

tengo graves reproches que hacerte. hace mucho tiempo que nos deberíamos haber encontrado.

– ahora es ya tarde para todo -me contestó.

– ¿me entiendes tú? ¡necesito que me entiendas!

– ya es tarde para todo. también para entenderte. y además, daría iguaclass="underline" es como si ya estuviera muerto.

– únete a mí. juntos recomenzaremos.

– no. ahora “el zagal” eres tú, y yo soy “el zogoibi”. no le hago falta a nadie. apréndelo, boabdil. ésta es tu hora; aprende en mí.

con una torsión, desasió sus manos de las mías.

– déjame ir -dijo, y era más un mandato que una súplica-. nuestros destinos se separaron hace mucho.

yo no recuerdo nada. ni recordaré nada: esta noche no existe… yo no existo. lo que dejé caer está ahí, en esas manos tuyas. déjame ir.

– aún podemos triunfar, juntos tú y yo, como lo soñé siempre. aún podemos hacer tú y yo que nuestro pueblo triunfe. mírame, abu abdalá: aunque tengamos que refugiarnos en los riscos de la alpujarra. quédate. ¡quédate!

– en mí se personifica la derrota. “el zogoibi” no te traería suerte. adiós, boabdil. mátame a mí también y enseña mi cabeza, en lo alto de una pica, a tus soldados. quizá ésa fuese mi única manera de serte útil.

volví a oprimir sus manos; volvió a soltarlas de las mías.

– si no quieres mi vida, como la de husayn, deja que me vaya.

que dios te conceda la victoria.

pero aprende de mí.

le sostuve la brida del caballo mientras montaba. no montó con la misma agilidad de antes. puso su mano abierta sobre mi cabeza.

– adiós, boabdil -ladeó un poco su rostro, como si fuese a sonreír-. adiós otra vez, esperanza.

– ¡no te olvidaré nunca! -le grité.

pero ya no me oyó. el galope de los caballos se hundió en la noche. y yo me hundí en la noche también. miré a mi alrededor. estaba solo. de pronto sentí miedo.

a la grupa de su caballo él se llevaba demasiadas cosas; sin darse cuenta, se llevaba mi vida. me pareció mentira que cuanto hubo entre él y yo, y cuanto pudo haber, se terminara así: como un galope que se pierde entre la oscuridad.

en los siguientes días retornaron a mi obediencia las alpujarras y dalías y berja. nombré alcaides en sus fortalezas y regresé a granada. pero ya no era el mismo que había salido de ella.

en el mes de abril sufrí un decaimiento. me agotaba el cansancio de tener que tomar tantas y tan urgentes decisiones diarias; me encontraba solo, porque, a fuerza de no querer preocupar a moraima, dejé de contar con ella; y, sobre todo, comprendí lo que “el zagal” me sugirió: la imposibilidad absoluta, contra la que enfrentarse es vano y torpe. el rey fernando, ocupado con las tensiones de francia, postergó la campaña. yo comencé a dejar transcurrir los días entre la inactividad y los libros.

la primavera ganaba sus batallas, tan distintas de las nuestras, en los jardines del generalife. me distraían el rumor de las abejas y el olor de las rosas. procuraba no pensar sino en lo que tenía al alcance de la mano. y suspiraba. mi corazón reclamaba sus derechos: echaba de menos, en contra de mi propia voluntad, los hermosos e inaplazables cataclismos del amor.

yo me censuraba y me reconvenía; porque no era el momento oportuno, ni lo que mi pueblo me exigía, ni lo que me exigía yo. pero, en medio de estas contradicciones, naufragaba. hasta mis paseos por la alhambra se ensombrecían.

la alhambra es como un cuerpo.

igual que todos, tiene su música y su aroma que, con el clima y con las horas, cambian. en ella hay -y nunca lo había percibido como entonces- la perenne palpitación que es señal de vida. con el parpadeo de un par de mariposas, la luz y el agua se persiguen. las incesantes atarjeas, dentro de las paredes, como venas de barro, reparten su rumorosa y limpia sangre, y las arterias en las acequias. en la aparente quietud todo es movilidad.

el agua, por doquiera, entona su canto que subraya el cristalino sonido de lo visible. los muros, con sus versos reiterados hasta el infinito, jamás callan. los estucos y los artesones, coloreados para dar la impresión de ligereza, contagian su vibración a los paramentos y a las techumbres de marfil y de cedro. las cristaleras de colores, al incidir sobre los colores de los muros, los agitan aún más. el mutátil resplandor de día, y de noche las mechas temblorosas, provocan inquietas sombras que conmueven de arriba abajo los palacios. en el cuarto de los leones los dobles atauriques, con un vano por medio donde anidan los pájaros, tiritan de vida, y a su través se escucha el fragor de las aguas como en el seno de las caracolas. todo allí es traslúcido, minucioso y significativo a la manera de un tatuaje beduino… desde los altos artesonados profundos, casi sumidos en la oscuridad, del salón de comares he escuchado a menudo el nombre de las constelaciones. y los he visto dudar, estremecerse, balbucir arriba cuando la luz trepa, escurriéndose por los arabescos, hasta ellos, y los lame y los hace gozar un instante… qué confusas las vislumbres de la realidad que nos ofrece la alhambra. ¿dios es la luz en ella? la luz acaso es dios. ‘pero aquí está la vida’, me decía. todos los moradores de la alhambra, cualquiera que sea la época en que vivieron, en que vivimos, hemos compartido la convicción de que habíamos cesado; era cuestión de tiempo. por eso sus constructores eligieron no tener que elegir entre la verdad y la ilusión. laten las murallas, contempladas desde abajo, rezumando por sus huecos un vacilante resplandor, y, por si fuera poco, al dibujarse en el temblor de las albercas o en la rizada serenidad de los estanques, le dan más vida al sueño que a la vigilia. los grandes y variados intradoses, cuando se contemplan en el agua, se ven como hay que verlos: de arriba abajo, no al revés. quizá ahí resida el secreto de esta ciudad corporal y sumergida, llamada a desaparecer desde antes de existir, como el amor. como el amor, algo delicado y efímero donde jamás se sabe qué escoger: si la frágil materia o su remedo. ¿cuál es la torre reaclass="underline" la que construyó el hombre, o su imagen que se hunde dentro del aljibe? ¿qué perdurará más: la materia, o su representación? ¿qué es lo que nos sostiene: el sentimiento, o el presentimiento? o quizá su recuerdo… porque, en mi vida y en la alhambra, lo real se ha hallado siempre más distante que el reflejo de lo real.